Opinión

El hubiera de un murciélago, por Ana Cristina Chávez

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El hubiera no existe, afirma la sabiduría popular, el curso de tu vida no cambiará si te aferras a un lamento eterno por aquello que dejaste de hacer. No tenemos a nuestra disposición una máquina del tiempo ni poseemos las habilidades del protagonista de la película «El efecto mariposa», aunque quizás vivamos en mundos paralelos y no somos conscientes de ello.

Si hubiera hecho tal o cual cosa, si hubiera comprado esto, si hubiera ahorrado más o invertido mejor el dinero, si hubiera continuado tal relación o la hubiera dejado ante la primera señal de alarma, son cuestionamientos comunes cuando pensamos en cómo nuestras decisiones definen el hoy. Pero, ¿a qué viene esta reflexión?, pues que recientemente en una madrugada de insomnio entró un murciélago a mi apartamento; se coló por la ventana de mi habitación, atravesó el breve pasillo y llegó a la sala.
Ustedes se preguntarán qué tiene que ver el pariente de Drácula con mi momento filosófico acerca del hubiera. Es sencillo, luego de un largo rato revoloteando en el salón, desapareció de mi vista, pero no observé el momento exacto en el cual debió escapar por el pequeño espacio que permanecía abierto en la ventana. Una puerta de madera y vidrio nos separó, protección que logré cerrar luego de la carrera rompe récords que protagonicé cuando vi volar sobre mi cabeza al animalito, a quien en principio confundí con una mariposa negra o tara bruja, como decimos en Maracaibo.
El tiempo que estuvo dando vueltas yo lo invertí buscando en internet los tipos de murciélagos que existen, cómo se alimentan y diversas recomendaciones para sacarlos de la casa, al mejor estilo de una exterminadora en la era digital. Pero mi intención nunca fue matarlo ni tampoco atraparlo, solo quería que saliera, sin embargo no me atreví a abrir la puerta.
Me imaginé atacada por el feo animal, con él prendido al cuello y me asusté. La sugerencia de mis familiares fue que lo dejara allí porque él se posaría en algún lugar y al amanecer lo sacaríamos. Como suponen, no dormí mucho, pude conciliar el sueño a las cinco de la mañana y al cabo de dos horas me desperté.
Llena de temor me dirigí a la sala, la puerta del pasillo continuaba cerrada, estiré el cuello lo más que pude para observar a través de los cristales y no vi al visitante. Con rapidez corrí hasta la ventana, logré abrirla y regresé a refugiarme. Esperé unos minutos y no percibí rastro del murciélago. Mi familiar me vio frente a la puerta con el teléfono en la mano, mientras consultaba información sobre la especie animal. Salimos juntas y registramos la cocina, encima de los gabinetes, por los artefactos eléctricos, debajo de las mesas, arriba y detrás de los muebles, en las paredes y techos, pero no hallamos nada. Yo insistí en la búsqueda y me aseguró que la luz del día lo enloquecería, y como los rayos del sol iluminan intensamente nuestro apartamento, él intentaría salir, pero en caso de ubicar un sitio oscuro para ocultarse, debíamos esperar la noche para comprobar si el murciélago seguía como huésped indeseable.
El solo hecho de pensar que el intruso permanecía con nosotras me preocupaba. Mi mente activa imaginó que al anochecer el animal aparecería, que emergería de los gabinetes de la cocina, de alguna mesa, o que incluso se había echado a dormir en una lámpara del techo.
Luego empecé con «los hubiera»: si en la madrugada me hubiera cubierto con una cobija de los pies a la cabeza y hubiera corrido para abrir la ventana, el bicho hubiera salido y yo estaría sin la angustia generada por la duda de la presencia o no del diminuto Batman en su versión originaria más temible. Aunque si corría, seguro hubiera volado sobre mi cabeza y rostro, así que mejor era arrastrarme desde la puerta del pasillo. ¿Pero debí arrastrarme o era más conveniente correr con la espalda y las rodillas flexionadas?, ¿hubiera podido abrir las ventanas fácilmente?
Imaginé algo similar a Brad Pitt en «La guerra mundial Z», cuando se ocultaba de los zombies dentro del laboratorio. También concluí que veo películas de terror y de suspenso psicológico y no he aprendido nada sobre enfrentar a los monstruos (murciélagos, en este caso). En fin, como no hice lo que hubiera debido hacer para verificar que el pequeño vampiro huyó de la casa, resuelvo el presente observando cada rincón de mi hogar, atenta a cualquier ruido extraño y cerrando bien las ventanas en las noches, porque de contagiarnos la rabia y desangrarnos los bolsillos ya tenemos suficiente en el país, con o sin murciélagos.

Instagram: @anachavez28
Twitter: @AnaChavez_