El anti testimonio de los cristianos es la mayor causa de la incredulidad

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Pbro. Alberth Márquez

Dios y el mundo

La fe se transmite  más con el testimonio que con las palabras.  Cada cristiano está llamado en razón de su bautismo a transmitir la fe. Si en el mundo hay falta de fe, quiere decir que los cristianos no estamos dando testimonio. Por tanto, si queremos que la fe en Dios aumente hay que dar testimonio de Él.

Dentro y fuera de la iglesia se escucha en tantas ocasiones: ya no hay fe como antes, la gente poco se casa por la Iglesia, las fiestas religiosas tienen cada vez menos trascendencia en las parroquias y comunidades, da igual si los hijos se bautizan o no, etc. Son signos de una descritianización de la sociedad.

Lo anterior quizá podamos atribuirlo exclusivamente a las personas que no viven en el seno de la Iglesia, en un grupo de apostolado como laico comprometido. Pero si interrogamos la realidad veremos que en el seno del cristianismo se viven estos mismos fenómenos, convirtiéndose en anti-testimonio. ¡Cuántas familias se dicen cristianas católicas y viven en situación de adulterio, con hijos sin recibir los sacramentos de iniciación cristiana y muy lejos de celebrar las fiestas religiosas!

Hay faltas mucho mayores a la fe que ocurren al interior de la Iglesia, una de ellas es la hipocresía. El hipócrita es aquél que no es auténtico, que únicamente aparenta pero no “es” verdaderamente como aparece, no es más que un actor. Existen personas que “aparentemente son muy religiosas” pero quienes le conocen de cerca saben que esto es falso. El hipócrita no puede suscitar la fe en quienes le rodean porque él en el fondo no cree sino que aparenta creer.

Unida a la hipocresía se encuentra la doble vida. El hipócrita debe cargar con su disfraz de creyente en Cristo para ponérselo cuando la ocasión lo amerite, y ser verdaderamente él cuando nadie lo ve.  Las personas en esta situación viven una constante mentira que les divide interiormente, los frustra, los angustia y las enferma física y espiritualmente, aunque no se den cuenta de ello o –peor aún – no quieran reconocerlo.

Lo peor de llamarse cristiano y no vivir las exigencias de la fe es que con ello nos convertimos en un obstáculo para que los otros se encuentren con Dios. El anti-testimonio se convierte para los otros en una barrera difícil de superar en el camino de acceso a Dios, en una excusa para mantenerse en el pecado, en la inmoralidad. ¿Qué feligrés querrá orar si su párroco ni la Misa celebra con devoción? ¿Qué joven creerá en el sacramento del matrimonio si sus padres cristianos católicos viven en adulterio?

Ningún cristiano debe olvidar que su traje a portar siempre es Cristo, hemos sido revestidos de Él cuando nos bautizaron. No podemos aparentar ser cristianos, hay que vivir en Cristo y como Cristo, en la verdad, en el bien, en sus mandamientos. ¿De qué le sirve a un  hombre ganar el mundo entero y perder su alma? (Mc 8 36, 37).

El problema de la fe en el cristianismo y en el mundo actual, en el fondo es un problema de testimonio, de coherencia de vida y autenticidad. Con Cristo no hay medias tintas, se es Cristiano o no se es, “el que no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Por tal motivo, si decimos que la fe se está perdiendo en el mundo debemos preguntarnos cada uno como bautizado qué testimonio estoy dando o si somos una barrera para que los otros crean.

Antes de buscar mejorar la organización de la Iglesia, implementar los medios más sofisticados de evangelización, y todo lo que podamos imaginar para suscitar la fe en los otros, debemos mejorar nuestro testimonio, ser coherentes con el Evangelio de Cristo. Hace mucho más bien a la fe un que vive la justicia, que un cristiano corrupto; un pastor evangélico que vive la fidelidad con su esposa, que un sacerdote fornicando.

Cristo movió a muchos a seguirle y continúa haciéndolo hoy porque su vida era el mensaje: enseñaba el amor amando, a perdonar perdonando, a servir sirviendo. Su testimonio de amor y servicio suscitaba la fe en un Dios que ama y sirve al hombre. Un ejemplo arrastra mucho más que mil discursos por elocuentes que sean y esto también se aplica a la fe. Vivamos la fe si queremos que el mundo abunde la fe, vivamos el amor si queremos que se acabe la guerra y reine el amor. El anti-testimonio es causa de incredulidad, el testimonio de vida cristiana suscita la fe, la esperanza y el amor.

La Mañana

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