Opinión

Bosque en llamas, por Ana Cristina Chávez A.

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        Miel y Salmuera                                                                              

   Esta noche sucedió de nuevo, aquí está Bruno, en medio de este cementerio de árboles. Un bosque de serpientes que parecen devorarse entre sí. Ningún otro ser vivo en todo el lugar, solo el chiquillo que tirita de frío en la boca del lobo, una espesura moribunda de fauces siniestras.

   El mismo sitio, la misma sensación de vacío en el estómago, fue disminuyendo con el paso del tiempo, sin desaparecer del todo. Pero hoy es diferente y Bruno lo presiente. En lo profundo de la tierra late un corazón desbocado, ¿o acaso será el suyo? Debajo de los árboles, aferradas a las entrañas de la tierra como cadáveres sedientos, yacen las raíces de los restos de árboles centenarios. 

   Bruno escucha los pasos de alguien agitándose, la respiración entrecortada, y se descubre a sí mismo, temblando. No siente sus labios ni sus manos. Sabe lo que ocurrirá en cada oportunidad. Ya van cinco noches, eternas como cinco años de su vida. El viento helado corriéndole por la nuca se aproxima, el niño trata de huir y una fuerza superior lo detiene, observa a su alrededor, está solo, cierra los ojos, y al abrirlos, Árbol está allí.

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Bruno, esta noche nos vamos, ya lo tengo todo listo, quiero que al llegar a casa no nos encuentre y estemos lejos. Le dijo Madre, mientras le servía la cena. El chiquillo escuchó atento las palabras de la mujer, y al terminar quiso despedirse de sus amigos del vecindario.

-No, no puedes, mientras menos personas sepan lo que haremos, será mejor, le explicó.

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   Árbol es un gran tronco seco del que brotan gusanos cocinándose en una secreción purulenta, despide un olor putrefacto que impregna el ambiente. Bruno lo percibe, impávido, como detenido en el tiempo.

   Árbol se acerca, extiende sus ramas, o los restos de ellas. En Árbol todo es repulsivo, su textura, su color cenizo, su olor a madera podrida, los insectos que habitan en él. Su voz, su honda voz de ánima sepulcral, un sonido hueco que retumba en los oídos del niño, pretende ser un susurro inaudible, pero allí está, como sobreviviente. Bruno la escucha en su cabeza una y otra vez. Cinco noches, cinco años sin fin, dan lo mismo. 

  Árbol se ríe y el sonido retumba en el bosque, el niño llora, quiere gritar, correr, pero no puede, ni una sola palabra, solo silencio. Estar quieto es su mejor opción, o la única posible.

Resiste un poco más, todo pasará; se consuela, cuando llegan estas noches interminables.

   Tras la carcajada de Árbol se produce la tormenta, un caos de restos de plantas,  hojas secas, esqueletos de ramas y animales, atraviesan la oscuridad. La tierra se estremece y las raíces-serpientes se arrastran, se enredan en los pies del pequeño, aprisionándolos como cadenas.

   El bosque entero cobra vida en medio de la muerte que lo circunda. Raíces-ratas se apoderan de sus tobillos, suben por sus rodillas, queman sus muslos. Arañas-ramas trepan por su cintura, presionan su pecho, rodean su cuello, ahogándolo. Bruno siente que se asfixia, las venas brotan de sus sienes, pero sabe que esta será la última vez que experimentará tal angustia, nunca más se quedará sin aliento. Mientras, Árbol sigue allí, con sus ramas mortecinas extendidas, nefastas, ojos de fuego, imagen fantasmal.

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  Fue más rápido de lo que pensó, Madre lo tenía todo preparado. Las maletas -las necesarias- pocos enseres (los de mayor utilidad), los subieron al carro y marcharon. Los acompañaban mujeres desconocidas de apariencia confiable. Hacía algo de frío, pero nunca como en el bosque. La brisa helada reconfortaba sus mejillas, que en poco tiempo retomarían el rubor de la niñez.

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   Al regresar a casa se encontró solo. Nadie, únicamente él y se eterno aliento a tabaco y alcohol. Vientos huracanados azotaron el lugar, muebles derribados iba dejando a su paso, sus brazos de anciano dotados de una fuerza incontenible mostraban las huellas de heridas de agujas, de lesiones. Ya nada más pasaría. Se rebelaron, y eso alimentó su furia. Enardecido, buscó en el fondo del armario. Allí estaba: plateada, brillante…y con municiones.

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   Bruno se siente próximo a la muerte, como sucedió las otras noches, pero esta vez es distinto, cuando el chico está a punto de lanzar su último hálito y despertar de la habitual pesadilla, Árbol se desvanece, fundido en el fuego creado en la oquedad de su cuerpo-tronco. El niño observa al anciano monstruo devorado por las llamas-gusanos que albergaba, y respira. El pequeño respira.

   Comienza el amanecer, el bosque se llena de los primeros rayos de luz. Bruno al fin puede descansar y salir para siempre del mal sueño.

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