Miel y Salmuera … Dos cuentos de Navidad
Por: Ana Cristina Chávez Arrieta
Si hay algo que no me encanta es la Navidad. Así como acaba de leerlo, en verdad no me apasiona, fascina ni enternece, aunque me vean comiendo con gusto mi porción de ensalada de gallina, hallaca, pernil y pan de jamón -sin aceitunas por favor- y lista para la pose junto a las decoraciones de la temporada.
Me estresa el bullicio de la gente mientras compra y los locales abarrotados de personas contando dólares, ¿será cochina envidia? pero es que actualmente no estamos en igualdad de condiciones. A mi espíritu navideño le cuesta manifestarse, y aunque cumplo con la norma social católica de celebrar el nacimiento del Niño Jesús, eso de madrugar para ir a Misa de Aguinaldo no va conmigo.
Desde hace poco tiempo escribo mis propósitos de Año Nuevo, pero no vuelvo a leerlos ni por simple curiosidad, así que planificar acciones y trazarme metas para el período que inicia se queda en letra muerta, pero luego poco a poco va resucitando con el transcurrir de las semanas, conforme me sacudo la modorra decembrina.
Como le pasa a la mayoría -¿porque sí le ocurre a ustedes, y no solo a mí, cierto?- el año que está por terminar no es ni el 40% de lo que imaginaron que sería. Sin embargo, ahí andamos, con los vaivenes propios de la vida, disfrutando de buenos momentos y de otros no tan positivos; caminando, tropezando y levantándonos, fingiéndonos felices y en oportunidades siéndolo de verdad. Y como soy educada y modosita, les deseo a quienes me leen cada jueves una ¡Feliz Navidad!, así que para no cortarles su buen espíritu de celebración les regalo un cuento del escritor falconiano Olimpio Galicia Gómez, titulado Un pesebre fantástico». ¡Saluuud!
<< La Navidad de mi infancia, en mi pueblo de la península, giraba con toda su emoción en la elaboración y posterior adoración del pesebre. En un rincón de la sala se colocaba una tela azul claro cubriendo la parte alta de la pared, con estrellas plateadas, una luna menguante y, colgada oscilante de un hilo, otra estrella con cola flotando sobre el establo donde estaba la Virgen María, San José, la mula y el buey. Todos nos animábamos con la abuela y mi madre a ayudar en la elaboración, montando cajas, acomodando la barba e palo y colocando las ovejitas, los pastores, angelitos, caballos, vacas, un espejo cual laguna con sus respectivos patos nadando y hasta un tigre al que, con la energía bondadosa que emergía de ese ambiente, se le olvidaba que a su alrededor caminaban ovejas y otros animales con los que podía preparar un suculento almuerzo.
Después de acomodado todo, se concluía la jornada colocando tecos en toda la ribera del pesebre. Estos tecos son plantas xerófilas, con hojas alargadas y espinas en sus bordes, con un colorido que va de un rojo oscuro en su base, pasando por un carmesí hasta llegar a un verde radiante, lo que las hace esplendorosamente hermosas pero peligrosas por sus espinas. Los tecos, aparte de dar el toque especial de belleza al pesebre, cumplían su misión de impedir el acceso de nosotros los niños para alcanzar cualquiera de las figuras que lo adornaban.
Hubo un año cuando ocurrió algo extraño con el pesebre de mi casa. Cada noche desaparecía un personaje y aparecía después en un sitio distante. Así, la Virgen María fue encontrada en el fogón de la cocina por mi madre un día en la mañana. San José apareció debajo de una mesa después de una ardua búsqueda de todos los integrantes de la familia. Baltazar, uno de los Reyes Magos, fue hallado escondido en un escaparate. Todo esto creó alarma, no solo en mi casa, sino en toda la comarca, cuyos ciudadanos acudían, preocupados, cada mañana a averiguar cuál personaje protagonizó la fuga en la noche anterior, especulando, además, que esto era un presagio de mal agüero y que se debía descubrir la causa.
Una noche montaron vigilia para acabar con el misterio, pero el sueño pudo más, y a la mañana siguiente faltaba otro integrante de la familia de Jesús en nuestro pesebre, sin que nadie entendiera cómo había desaparecido. A las doce de la noche del 24 de diciembre, como todos sabemos, se coloca el Niño Jesús en su humilde cuna del establo, esta vez contaba con un colchoncito de nieve artesanal. Después del alboroto de los cohetes, triquitraquis, saltapericos, música y alegría por el nacimiento del Niño Dios, todos fuimos dominados por Morfeo. A eso de las cuatro de la mañana, mi madre despertó debido a mi insistencia. Yo estaba de pie al borde de su cama, con el niño Jesús en mis manos, con los ojos desmesuradamente abiertos y con un temblor de mi voz, le decía: está desnudo, hace mucho frío, tapalo. Se lo entregué y me devolví sonámbulo a mi chinchorro.>>
Miel y Salmuera


