Miel y Salmuera … Crónica de un vallenato anunciado
¿Cuánto vallenato mañanero podrá resistir un cuerpo de 1.54 centímetros y 60 kilos?, como es el mío, no mucho. Desacostumbrada ya a la rutina laboral que tuve por tantos años, esta semana me tocó despertar muy temprano y salir a la calle. Responsablemente, elegí el medio de traslado más adecuado en función de mi capacidad financiera y de la ubicación del lugar a donde iría, pues sé la importancia de cada dólar ahorrado, cuando de asistir a consulta médica y pagar los exámenes de laboratorio respectivos, se refiere.
Vivir en Maracaibo y usar el transporte público es una odisea. Si abordas un bus o un microbús sabes que debes hacerlo con rapidez, casi corriendo, porque compites con la impaciencia del chofer y con las habilidades atléticas de los colectores que suben y bajan al mejor estilo de Yulimar Rojas. La noche antes tienes que preparar tu voz haciendo gárgaras de agua con sal, para superar el volumen del vallenato de turno y poder anunciar la parada con prontitud, si no quieres que te dejen varias cuadras después.
Sin embargo, en un carrito por puesto el asunto es más amigable, pues el conductor y los pasajeros siempre están dispuestos a entablar una conversación, mientras cuidas que tu ropa no se enganche en los resortes del asiento o en el mal trabajo de latonería que caracteriza a ese tipo de automóviles. Pero si optas por los autobuses, debes tener en cuenta que tu flexibilidad y capacidad para meter la barriga siempre es puesta a prueba mientras atraviesas el pasillo y evitas golpear a los pasajeros ubicados en las puertas de acceso.
Entonces, en esta oportunidad, con el tiempo a mi favor, consciente de que en las mañanas todo el transporte está abarrotado, y frente a la insistencia del colector del microbús que detuve, accedí a subirme en él. Eso sí, las medidas de bioseguridad en el mundo que era ese bus no existían: muchas personas sin mascarilla, compartiendo alientos y roces, en una suerte de orgía de los sin plata para el taxi ni para carro propio. Me tocó ir parada al inicio, balanceándome en un ir y venir al ritmo de cada frenazo.
Imagínense a un hombre escupiendo por la ventana, a una mujer sin tapabocas tosiendo, y a mí limpiándome las manos con gel antibacterial cada dos minuto, mientrasa procuraba que el chico situado de pie a mi lado no se acercara de más y desde mi asiento recién ocupado no tuviera panorámicas indebidas de su anatomía. Pero mi vista se rige por el instinto y se posó en su brazo derecho extendido hacia arriba -nada musculoso, por cierto- que exhibía un tatuaje a modo de composición. Pensé en preguntarle si era bartender, pues los dibujos eran una copa de martini, una coctelera, un vaso y otro recipiente que no logré identificar, junto a una figura humana del tipo letrero de baño público. Todo era muy pequeño y sencillo, alineado de forma horizontal y en tinta negra. Deslicé mi mirada hacia su cadera y observé que en el bolsillo derecho tenía un bolígrafo, «para anotar las órdenes, seguramente», pensé. Hasta aquí llegó mi escaneo o buceo etnográfico, porque me aproximaba a mi destino. Pero antes, durante el recorrido, los pasajeros nos deleitábamos con un vallenato que gritaba con felicidad ¡que viva la soltería!, un entusiasta himno muy idóneo para las 8 am.
Sorteado el primer obstáculo concerniente al traslado, debí caminar varios metros hacia el centro médico, no sin antes toparme con una hilera de kioskos de comida; unos tarantines olorosos a grasa de pastelitos, empanadas y tequeños, alimentos contraindicados a los enfermos del hospital, pero que disfrutan sin culpas quienes los visitan y acompañan en su padecimiento. No escapé de un piropo matutino, de parte de un señor reunido con otros individuos. Ya había percibido su mirada fulminante antes de pasar a su lado, y a través de la reja que nos separaba, escuché algo relacionado con belleza, días y bondad. Apuré mi andar porque debía estar a las 8:30 am en el sitio y sin saber muy bien si habría salida por donde caminaba, sentí una gota en mi rostro que mojó mis lentes, «lo que faltaba, está lloviendo».
Una pertinaz llovizna empezó a caer, «hubiera pagado el taxi» me reclamé, y aceleré la caminata. Observé la puerta que comunicaba la zona con el otro lado de la avenida, vi a lo lejos lo que parecía la entrada del instituto médico y me dirigí hacia allá. Para entonces, había arreciado la lluvia y saltando unos charcos llegué al punto indicado. Subí las escaleras y abrí la puerta, una bocanada de aire frío me cubrió, mientras seguía mojada por la llovizna, «¡ay no, me voy a resfriar!», pensé. Luego el procedimiento de rigor: anunciarme con el especialista, pagar la consulta y esperar ser atendida. Como dato curioso, la secretaria del lugar le dijo al médico que parecía doctor de programa de televisión. Y ciertamente luce así, similar a los de Chicago Med, E.R o de cualquiera de esas series gringas en las que los médicos son altos, rubios, bien parecidos, de ojos claros y amables. ¿Les dije que mi vista es instintiva?, creo que sí, pero me concentré tanto en el motivo de la consulta médica que después lo olvidé.
De regreso a mi casa tomé otro bus, con menos gente, pero amenizado por igual con el infaltable vallenato y la retahíla de un vendedor que ofrecía «tres caramelos por un millón de bolívares, para deleitarse el paladar», luego de repetirlo corrigió el precio a un bolívar, mientras el cantante de vallenato le advertía a una mujer que no coqueteara con él porque estaba casado y era fiel, recomendándole que se echara un balde de agua fría para pasar la calentura. Así que entre la celebración a la soltería y a la fidelidad conyugal, transcurrió mi viaje de ida y vuelta, en una mañana que pudo terminar más rápido si me hubiera montado en un taxi pero que no me hubiera permitido escribir la crónica de hoy.


