Miel y Salmuera: Carta al honorable artista
Honorable artista:
Pueblo de San Guillén, durante una noche de luna llena.
Le escribo nuevamente, a más de dos años de nuestra última carta. Recuerdo con claridad, cómo acostumbrábamos a intercambiar poemas y textos diversos, y cómo los suyos, muchas veces eran ilustrados con hermosos dibujos. Imágenes que con frecuencia, bastaban para transmitir emociones; frente a ellas las palabras sobraban, y en ese trozo de papel rasgado cuidadosamente, las alas de las libélulas cobraban vida y hacían volar mi imaginación. Campos floridos de múltiples colores, marinas nocturnales y mi rostro originario enmarcado con líquida cabellera brotaban de sus manos creadoras, semejantes a aves cantoras que envuelven los sentidos.
Pero de todas las figuras que emergían de sus habilidosos dedos, la del colibrí era su preferida; dígame: ¿aún conserva el escrito que le obsequié un diciembre?, ese que expresa: “Pinta, porque es su pasión en libertad, su fuente de vida. Pinta, porque se alimenta de jardines. Pinta, porque cuando renazca, volverá convertido en chupaflor para beberse todos los colores del mundo en un beso eterno”.
Por favor, sea sincero, ¿todavía guarda mis palabras apuntadas como arañas que recorren la piel?, ¿o tal vez las destruyó como hice con las suyas en un necesario ritual de sanación? Discúlpeme si lo ofendo, pero no puedo mentirle, separarnos me dolió profundamente y me resquebrajó el alma; sin embargo, estábamos preparándonos para eso, debimos intuirlo, nos fuimos alejando lentamente pero nos negábamos a pronunciar las palabras definitivas, porque siempre -luego de unos días sin compartir alientos- recobrábamos presurosos las horas perdidas, los besos ansiados, las caricias reprimidas. Sabíamos que lo nuestro no funcionaría, que no estábamos dispuestos a dar el paso crucial, a olvidarnos de la gente, del daño que podíamos hacerle y a pensar sólo en nosotros.
Usted me lo propuso, tenía un plan, dudé, lo pensé mucho, no sabía si eso sería lo correcto, no estaba segura de convertir nuestra relación en una historia permanente, que ese andar a ratos, que ese amor volátil pero placentero, pudiera transformarse en un sentimiento para la eternidad. Señor artista, a diferencia de usted, tengo el grave problema de la impuntualidad, acostumbro a llegar tarde a todos lados, y en esa ocasión, al entrar a su vida también lo hice extemporáneamente, cuando ya tenía su existencia organizada, por lo que estar conmigo era empezar de nuevo y maldecir al mundo. Ese era el miedo latente, manifiesto, que percibí con frecuencia y del que estaba consciente, pero pretendía ocultar.
Hoy agradezco su llamada del seis de enero, cuando tres minutos fueron suficientes para trastocar mi universo y arrojarme contra los cristales de la realidad. Esa mañana, apreciado artista, de sus labios no brotaron versos de Benedetti, sino la más cruda verdad explicada con voz entrecortada y un delicado sollozo; esa verdad que nos negábamos a reconocer, por dolorosa, pero que permitió que hoy, a más de dos años de confrontarla, con las heridas cicatrizadas y el corazón rejuvenecido, podamos mirarnos a los ojos, sonreír, hablar sobre poesía, intercambiar libros, y así, ligeros de equipaje, sin rencores, culpas ni remordimientos, nos encontremos sintiéndonos libres, con el amor, el respeto y la admiración intactos, porque al estar juntos somos capaces de percibir lo mejor de nosotros, sin manos que cercenen el espíritu, sin palabras que juzguen, sin inseguridades que celen; hoy sólo permanecen vigentes las pasiones que nos unieron y que continúan enlazándonos: el arte, la literatura, la poesía, la escritura, la capacidad creativa, la lucha revolucionaria…
Adorado artista, usted está grabado en mí como huella indeleble, pero ahora, ese amor ha mutado y ocupa otro lugar, uno especial, donde sólo las mejores personas tienen cabida. Mientras tanto, sigo viviendo, asumiendo riesgos, continúo amando infinitamente, esta vez más segura de quién soy, sin temores, sin cadenas y con la misma entrega de la primera ilusión, porque entendí que el amor es eso: una aventura constante a la que no podemos temer, es pasión, entrega, confianza, dedicación y alas para volar. Las alas que necesito para vivir y ser libre hasta el fin de mis días.
Un abrazo profundo. Agustina, la de siempre…
Ana Cristina Chávez


