Escribir la memoria, por Ana Cristina Chávez

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Estamos hechos de retazos, fragmentos de memorias, raíces y frutos. La impronta familiar, las historias
en torno a quiénes somos y de dónde venimos se quedan por siempre en nosotros aunque no lo
deseemos.

Mario Benedetti en «Variaciones sobre el olvido» afirma: «No podremos llegar a ser vanguardia de nada ni de nadie, ni siquiera de nosotros mismos, si irresponsablemente decimos que el pasado no existe… La memoria o su vicario el subconsciente, van acumulando una antología de las esencias atesoradas, de las imágenes que entre otras cosas son signos de identidad, de las palabras que fueron revelaciones, de los goces y sufrimientos decisivos».

El autor uruguayo asegura que «la memoria individual solo acaba con la muerte, esa inquerida meta del
futuro, pero mientras tanto, mientras el tiempo nos va llevando de la mano, y a veces de los cabellos,
por la vida, el futuro se va empequeñeciendo y en esa reducción nos reserva deterioros, decadencias,
pérdidas varias y sucesivas, en tanto que el pasado, por el contrario, aumenta de espacio, se va
convirtiendo en nuestra única riqueza inexpropiable».
La memoria familiar y personal nutren la labor de los escritores. «La vida no es la que uno vivió, sino la
que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», declara Gabriel García Márquez. En este sentido,
se puede recurrir a la evocación de hechos y a las reflexiones íntimas como testimonio y como narrativa
del yo, no solo con la intención de presentar una autobiografía sino en busca de la auténtica y propia
naturaleza.
Isabel Allende, en su libro «La suma de los días», comparte un diálogo con su agente literaria Carmen
Balcells, relacionado con las vivencias y dinámicas familiares como fuente de inspiración y centro de la
escritura:

  • Escribe unas memorias, Isabel.
  • Ya las escribí, ¿no te acuerdas?
  • Eso fue hace trece años.
  • A mi familia no le gusta verse expuesta, Carmen.
  • Tú no te preocupes de nada. Mándame una carta de unas doscientas o trescientas páginas, y yo me
    encargo de lo demás. Si hay que escoger entre contar una historia y ofender a los parientes, cualquier
    escritor profesional escoge lo primero.
  • ¿Estás segura?
  • Completamente.

Una elección que de manera acertada hicieron la propia Isabel Allende en libros como «Paula», «Mi país
inventado», y «La suma de los días»; la mexicana Ángeles Mastretta, autora de «La emoción de las cosas»
y el estadounidense Paul Auster, en «Diario de Invierno» y «La invención de la soledad», quienes
plasmaron sus historias de vida y las de sus familias evocando recuerdos, conversaciones, nostalgias,
alegrías y tristezas, como una forma de comprender sus raíces y su presencia constante en el hoy, para –
en palabras de Gladys Madriz- «configurar la propia identidad en un tiempo presente, darle horizonte al
plano actual, contar el cómo se ha llegado a ser el que se es».
Propósito evidenciado por Mastretta cuando confiesa: «Ando a tientas por un libro. Y por ninguno. El
que más cerca tengo es el que se pretende una memoria de mis padres. ¿O un intento de saber quiénes
fueron? Para nosotros cinco, la figura enigmática de todas nuestras vidas ha sido mi padre, porque
murió cuando yo tenía veinte años y Sergio quince; en medio, Verónica tenía diecinueve, Carlos
dieciocho, Daniel diecisiete. Y todos, ni se diga yo, estábamos en la luna. Teníamos a mi papá en ese
lugar donde están los padres cuando lo único que nos interesa es el futuro; no nos preguntamos quién
había sido, ni siquiera intuíamos quién era.»
Pero no basta con mirar alrededor para descubrir a los otros, también hay que mirar dentro de uno
mismo para comprenderse, tal como nos convoca Paul Auster: «Habla ya antes de que sea demasiado
tarde, y confía luego en seguir hablando hasta que no haya más que decir. Después de todo, se acaba el
tiempo. Quizás sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha
sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy. Un
catálogo de datos sensoriales. Lo que cabría denominar fenomenología de la respiración».
En definitiva, una invitación a escribir y a respirar para vivir, atesorando lo mejor de la memoria hecha
historia familiar y personal, juntando los pedazos que somos. ¡Nos seguimos leyendo!

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