Dios y el mundo
El respeto y la educación, en una sociedad en crisis de valores
Estas dos palabras que oímos desde que fuimos niños y empezamos a hablar, es un binomio que nos ha acompañado durante toda la vida, siempre anda con nosotros, y en cualquier sitio o espacio se oye hablar del respeto y la educación. Así por ejemplo, tenemos el caso de San Juan Bosco, quien solía decir a sus profesores, “que se esmeraran no solo en formar buenos Cristianos, sino también honrados ciudadanos”. Ahora dígame usted. ¿Un buen ciudadano a que está llamado? Evidentemente a dar ejemplo y ser modelo para los demás, es decir, debe ser educado, honrado, y respetuoso. En cuanto al respeto, podemos decir, que es un valor aliado de la educación, porque el educado, es también por consiguiente respetuoso. En otro orden de ideas, vemos como la sociedad ha ido imponiendo nuevos modelos de comportamientos, conduciendo al ser humano a actos de violencia, ofuscación, por ejemplo, se colocan en vehículos música a volumen alto sobrepasando las medidas auditivas, se ve en nuestras avenidas cuando una persona espera la luz verde en el semáforo y, el que se encuentra detrás quiere pasar dirigiéndose con alaridos acompañado de palabras irreverentes, en las colas no falta el que se quiere adelantar porque se considera más listo que los demás.
Ser educado y respetar, es de los ciudadanos, no se pide incluso que pertenezca a una tolda política, a un credo o culturas diferentes, el respeto y la educación, son principios universales, se es educado y respetuoso en cualquier lugar del mundo. ¿Que cuesta pedir permiso y saludar a los demás? Naturalmente que esto comienza desde el hogar. El Papa Francisco lo dice en su encíclica, “Amoris Letitia”, en tres consejos a saber: “tocar la puerta, pedir permiso y dar las gracias”. La palabra de Dios es clara con estos dos valores cuando dice; “No le hagas a tu hermano lo que no te gusta que te hagan a ti”. Irónicamente en algunos casos quienes más insisten en que se les respete, resultan ser los que menos respetan al otro. No se trata de una postura. La educación y el respeto, es de todo ser humano, y quien más responsabilidad tiene, es el que está llamado a dar el primer ejemplo. Por eso la vida y testimonio de Cristo, convencía a tanta gente de su tiempo. Él era profundamente coherente, respetuoso de las leyes y de las personas, educado en el buen trato con todos por igual.
No se es educado y a la vez irrespetuoso, estas palabras no se pueden contradecir, porque el respeto lleva a la educación y el educado es respetuoso con el otro. Por eso lo trata con delicadeza y respeto, porque entiende que en la forma que trata a los demás será tratado. El respeto y la educación, ha de ser también como un medio que nos lleva a la concientización con el compromiso de dar un mejor trato a cada ser humano, sobre todo en este momento ante la pandemia del COVID-19, los migrantes, enfermos, ancianos, las mujeres, y los niños. Cada persona sin importar su edad, sexo, oficio, profesión o título, ellos merecen ser tratado con respeto y educación, el solo hecho de ser personas debe estar por encima de todo protocolo, es su dignidad la que merece el incondicional respeto. Recordemos el llamado de Jesús. “Cada vez que lo hagan con uno de estos mis hermanos más pequeños conmigo lo hacéis” (Mt 25,40).
A la hora de la verdad, todos somos personas y merecemos respeto y el mejor de los tratos con educación. Tengamos presente todos que cuando exijamos respeto y educación, se tú educado y respetuoso con tus semejantes. El respeto y la educación, no se improvisan, puesto que son valores que se nos han inculcado desde muy temprana edad, durante nuestros primeros años en el colegio se nos invitaba a dar los buenos días, buenas tardes, a pedir permiso y dar gracias. Si estos valores han estado con nosotros desde nuestra infancia, adolescencia, juventud y vida adulta. Nos hacemos la pregunta. ¿Qué ha sucedido en el tiempo con estos dos principios, que han ido desapareciendo de nuestro léxico y diario vivir?.
Esto indica que nos hemos dejado influenciar por una cultura de la indiferencia, donde no se ve al otro como a uno mismo, con derechos y deberes que la sociedad está llamada a brindarnos en igualdad de condiciones, y sucede cuando se ve al ser humano que es valorado por lo que tiene, los títulos, uniformes, insignias, carnet, y otros signos externos que se muestran para ser aceptados por una sociedad que impone los criterios para luego indicar quien es el que vale más. Son criterios inhumanos y de ofensa; al pobre, humilde, y sencillo, a quienes no se les trata con respeto y dignidad, porque no es visto como una persona sino como una cosa en la sociedad. Esto va contra los derechos humanos fundamentales, porque además, solo se toma en cuenta estas determinaciones superficiales para valorar y respetar al ser humano.
Es injusto tener que ver estos comportamientos de parte de algunos en la sociedad moderna con tantos avances, y que se caiga en el error del descarte al ser humano, como bien lo ha dicho en reiteradas intervenciones el Papa Francisco. Estas acciones contradicen el proyecto divino que nos invita. “A amarnos los unos a los otros” (Jn 13, 34). Un amor que no se improvisa, como bien lo dijo San Agustín de Hipona “Ama y has lo que quieras”. San Juan nos dirá, “Quien diga que ama a Dios a quien no ve y aborrece a su hermano a quien ve es un mentiroso” (1 Jn 4, 20-22). La sociedad de hoy esta urgida en la práctica de estos valores, para buscar en ellos un mejor trato y comportamiento digno con cada persona, donde se asuma que todos somos iguales y, por consiguiente se pide obrar con respeto y la educación ante cada ser humano, sin importar el color, la raza, credo, porque lo que realmente nos debe importar es la persona en esencia, como criatura de Dios llamado a servir y a amar su prójimo como a sí mismo.
Pbro. Yofrán Antonio Chirinos Hiraola.


