Coro, la piel que habito

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«Hay flores y agua fresca en los ventanales, por si la canción que se fue con Rafuche quisiera volver. Las calles del centro visten nuevos trajes coloniales, mientras la miseria viste el mismo camisón de ayer…»

La tristeza marca la evocación de la ciudad de barro. ¿Cómo se lee la ciudad, cómo la vemos? ¿Cómo nos relacionamos con ella? ¿Qué significa hoy Coro para nosotros, corianos-falconianos? ¿Abuela vetusta, madre ingrata, perversa madrastra, anciana demente encerrada en el último cuarto de la casa?

Yo evoco a quienes la han amado. Nombro Coro para decir Luis Alfonso Bueno, Mario Jacobo Penso, Olga Hidalgo de Curiel, Tito Guerra, Francisco José Iturriza, Cástulo Mármol Ferrer, Hermán Henríquez, Ana María Reyes, Raúl López Lilo, Rafael Sánchez, Bhilla Torres de Molina, Hugo Fernández Oviol, Arcadio González Acosta, César Seco, José Barroso…

¡Cuánto nos cuesta reconciliarnos con Coro!!! «¡Ah mundo tierra reseca, que estás soñando con cambiar, y las cabras que te quedan van buscando su corral!»

En la larga lucha por su patrimonio cultural nuestras contradicciones e incoherencias. Los extremos que somos. O defendemos a ultranza una noción monumentalista obcecada en materiales y usos, o despreciamos la arquitectura de las grandes casas del centro porque representan a las élites y el yugo colonial. Preferimos entonces emborracharnos con cocuy de Pecaya, porque eso es baile de Las Turas y nosotros nos reconocemos en los pueblos originarios. Eso sí, solo mientras duran los tragos, la euforia.

La desintegración cultural, económica, social… es discurso constante en el tiempo. Podríamos rastrearlo en cincuenta años de prensa regional. Mene de Mauroa es Maracaibo, Santa Cruz de Bucaral y Churuguara son Barquisimeto, Tucacas y Chichiriviche son Valencia, mientras al norte de la entidad quieren aserruchar el istmo y construir un estado independiente llamado Punto Fijo. ¿Qué se habrán hecho Paraguaná y los paraguaneros? La rosa de los vientos fundadora de un entorno se diluye mientras se hacen los preparativos de la fiesta.

La ciudad caquetía a la cual llegó Juan de Ampíes en 1527 se llamaba Coro, que quiere decir «viento» en la lengua de los ancestros. ¿Será ese nuestro destino, sucumbir tragados por el remolino como el Macondo de García Márquez?

Fundada en el territorio de la antigua Curiana los siglos la hicieron también española y africana, judía y arabe. Sin embargo, todos sus habitantes se han llamado corianos, vivan en Cabure o en Mirimire, en Moruy o en Capatárida. Se llamen Cahuao o Tellería, Rodríguez o Mavo, Cuba o Sepenfel, Curiel o Saher, Croes o Arends, Revilla o Trómpiz, Faneite o Chirinos. Todos somos corianos. Aunque en los últimos tiempos la ciudad no ha sabido dialogar ni consigo misma.

Violada y abandonada, maltratada por malos hijos, se apresta a celebrar 500 años de su fundación española. Los buldócer vuelven a ser los encargados de engalanar el recinto. Se amplía la avenida sobre las calles Falcón y Zamora. La pulsión es el cambio, dejar de ser, borrar el rostro que odiamos cada día. Como si con la cirugía compráramos la modernidad, el cosmopolitismo barato que los medios nos venden.

Ese espacio devastado habla de la continuidad de prácticas y formas de relacionarnos. Las fotos y vídeos que hoy vemos en las redes sociales, «el ecocidio» y el traslado de la estatua de Manaure, son las mismas que muestran periódicos como La Mañana o Renovación en julio de 1968, cuando los encargados de la construcción del Palacio de Gobierno llamaban a celebrar un edificio que nunca ha podido dialogar con el entorno. Pero es más bonito, pues no se parece a esas casas viejas.

La ciudad renuncia a su memoria para comprar, ayer y hoy, una modernidad copista y fingida.
Los historiadores que la habitan no saben quién es Carlos González Batista, no pertenecen a su estirpe. Suponen se trata de un fantasma rondando entre el Balcón de los Arcaya y la Casa del Tesoro. Ocupan cargos solo para hacer diagnósticos, no para compromisos. La Ley de Resguardo del Patrimonio Documental fue aprobada, no se ejecuta, pero nadie dice nada. Para lo menudo es el escándalo en el pueblo que no dejamos de ser.

Los pobladores hurgan en los basureros, recogen leña en los alrededores. Mendigan un poco de pan. No hay gas, no hay agua, no hay lumbre ante tanta oscurana. Solo hambre y calamidad sufrientes en La Guinea, en Cruz Verde, en Curazaíto… Alí Primera es una cachetada contra sus seguidores que desgobiernan desde los alrededores de la catedral. Inconsecuentes falsarios.

El Coro triste de la canción solo podrá ser conjurado por los hombres de arena cuando sus calles tiemblen al paso del gigante que hoy es enano desidioso y grosero. El paisano no acaba de llegar, su grito no pasa de la sombra apacible del cardonal. Mientras tanto, la Cruz de San Clemente muere de comején y pena. Como los otros, vuelven a tumbar a Coro para construir la nada.

Isaac López

La Mañana

Medio de comunicación impreso mas importante del estado Falcón, con 67 años de trayectoria.

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