Investigación

La Guaira, dos meses después de los terremotos: radiografía de una herida abierta

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En La Guaira la gente está asustada. Cada réplica sísmica es un un déjà vu que enciende el pánico. El ambiente en las zonas más devastadas es parco. Hasta el momento van tres demoliciones controladas.   Todavía hay personas intentando recuperar el cuerpo de sus parientes de entre los escombros. Otros preguntan y muestran carteles de sus familiares, esperando hallarlos con vida, porque, comentan, estarían desorientados tras lo ocurrido. En simultáneo, sector comercial intenta levantarse aún en medio de la devastación

Fotografías: Roison Figuera


60 días después de que el suelo se partiera a las 6:04 de la tarde, La Guaira camina sobre una cicatriz abierta. El polvo de los escombros se ha metido en la memoria de un estado que intenta recomponerse entre paradas improvisadas, comercios que abren frente a la nada y carpas donde los vecinos se niegan a apagar la búsqueda. A dos meses del impacto, levantar los edificios caídos es solo la mitad de la batalla; el verdadero abismo está en sostener la vida y sanar el alma de un pueblo que se niega a dejar morir su tierra.

En medio del paisaje fracturado, una frágil dinámica intenta abrirse paso. El transporte público funciona de este a oeste. Paulatinamente, en las zonas más devastadas se han ido sumando otras unidades, incluso los autobuses que operan internamente en Caribe, la zona más golpeada. Los vehículos que conectan La Guaira con Caracas también volvieron a su parada habitual, situada en las faldas del complejo de las OPP 26 y 27.

Mientras los autobuses gritan «¡Caracas!», a unos pocos metros se extiende una franja que luce pálida y gris por el polvo de los escombros. Allí, mientras los chóferes buscan pasajeros, otras personas buscan el cuerpo —o lo que pueda quedar— de los seres queridos que perdieron en el doble sismo hace exactamente 60 días, a las 6:04 p.m.

Caribe ya recuperó el alumbrado público. Pasó de ser un pueblo oscuro y fantasma a tener luz en las calles y comercios que subieron su santamaría para intentar trabajar. El detalle es que lo hacen frente a un paisaje radicalmente distinto: ahora, al frente de esos locales solo hay ruinas.

Incluso hay licorerías con las puertas abiertas. Venden. De acuerdo con lo que comentaron a TalCual los vendedores del local Puerto Malabrigo —un bodegón y charcuteria que abrió sus puertas un mes después del doble sismo—, allí no solo despachan embutidos, también cervezas. «Aquí vienen personas que buscan a sus familiares. En medio del calor se las toman y se desahogan. Luego regresan a lo suyo». Cerca de ahí, en la misma parada hacia Caracas, algunos hombres se acercan a otra licorería en las noches.

Son cada vez más los edificios totalmente demolidos. En esos terrenos baldíos han colgado pendones que advierten «propiedad privada». Las calles de Caribe lucen solitarias si se comparan con el gentío de hace un mes; ya no se ve la marea de voluntarios de antes. Los entrevistados, insisten en un solo clamor: piden ayuda y que no los abandonen.

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Aun así, la vida se abre paso. Un restaurante llamado Pollo Campers, que en la emergencia prestó su sede para que policías y voluntarios pernoctaran, ya abrió sus puertas al público. Hay quienes se sientan a comer ahí. «No nos podemos oponer a que los negocios abran. La Guaira tiene que surgir», dice Adrián, un cliente del lugar.

En el estado, la zona comercial más activa late en el centro, en la parroquia Maiquetía. Comerciantes de la zona aseguran que hay momentos, sobre todo los fines de semana, donde todo se abarrota, especialmente los puestos de comida. «Todo se abarrota porque Maiquetía es lo único que estaba funcionando», apunta Abner Urbina, barbero y habitante del sector.

«Se me vienen a sentar personas para que las atienda que me cuentan que lo perdieron todo, incluidos familiares. Solo los escucho. Es la forma de ellos de hacer catarsis y de darse amor en medio de tanto», confiesa a TalCual.

En otras esquinas, en cambio, los trabajos marchan a tropezones. El edificio Belo Horizonte es uno de esos casos: la estructura quedó severamente estropeada pero de pie. Ahí continúan los rescatistas, conocidos como perros de guerra, que escarban con las uñas entre escaleras improvisadas que conectan pisos suspendidos a decenas de metros de altura para recuperar unos 10 cuerpos.

Puerto Viejo, por su parte, parece un pueblo fantasma. Hay lugareños que se bañan solos en la playa, como quien busca un refugio elemental en el mismo mar que los vio nacer.

En las zonas se ha ido restableciendo el servicio eléctrico y el aseo urbano ha pasado de forma más constante, a diferencia de los primeros días de la emergencia cuando había basura en la calle, debido a la alta afluencia de personas, y desechos plásticos y de papel que dejaban.

Hasta el momento van tres demoliciones controladas: la torre C del complejo Luisa Cáceres de Arismendi, una de las torres de las residencias Samantha, ambos sitios en Playa Grande, y residencias Newport, en Caraballeda.

La gente está asustada. Cada réplica sísmica es una alerta, un déjà vu que enciende el pánico. El ambiente en las zonas más devastadas es parco; a medida que uno se aleja hacia sectores donde el golpe no fue tan profundo, la sensación de tristeza merma. Sin embargo, la propia dinámica diaria la desdibuja pero no la borra, porque es una cicatriz que lleva a cuestas cada ciudadano.

Duelo convertido en trinchera

A pocos metros de la parada de autobuses de Caribe, donde el polvo de los escombros aún blanquea la ropa de los transeúntes, el paisaje está dominado por las heridas abiertas del complejo residencial. De las cuatro torres que conformaban la urbanización, dos colapsaron por completo y las otras dos quedaron en pie, pero severamente afectadas e irrecuperables. Hoy, toneladas de restos y bloques se amontonan trágicamente en lo que alguna vez fue la piscina vacía del conjunto. En los alrededores, bajo carpas improvisadas, varios vecinos y voluntarios se niegan a levantar el campamento. Siguen allí, plantados entre las ruinas.

Entre ellos está Juan Andrade, un productor audiovisual que jamás en su vida había levantado una pala o un pico. El 24 de junio perdió a toda su familia en el derrumbe. Sin embargo, en lugar de ceder al desespero, se convirtió en uno de los rostros de la resistencia civil en la zona.

«Al principio de las cosas fue la vaina más horrible que yo pude haber vivido porque estoy perdiendo a toda mi familia, ¿sabes? No es que te digo que perdí a uno, perdí a dos, no, perdí a todos», relata Andrade al recordar el impacto inicial del doble sismo.

A dos meses exactos de la tragedia, la organización comunitaria no se detiene. De acuerdo con el voluntario, hace unos días (no precisó cuántos), un sondeo con un dron logró precisar que aún hay unas 72 o 73 personas bajo las losas, un número que podría ser mayor debido a las limitaciones técnicas del equipo. Juan denuncia que el agua volvió a subir peligrosamente hasta los sótanos, casi al nivel de los pies de quienes intentan escarbar abajo, por lo que urge la llegada de motobombas y más apoyo logístico.

Aunque reconoce el respaldo de un grupo de bomberos que cruzó a la zona para rescatar recientemente el cuerpo de Ivar Escobar —el padrastro de una de las vecinas—, Andrade lamenta la escasez de ayuda estructural. A pesar de sufrir de fractura del túnel carpiano en ambas manos, lo que le impide hacer fuerza o levantar peso, él se mete entre las ruinas impulsado por una convicción inquebrantable.

«Aquí no tenemos solamente ropa, no tenemos lavadora ni televisores; aquí tenemos vida. Tenemos personas que están luchando por fuera», afirma con firmeza. Y añade una reflexión sobre su nueva vocación: «Aquí en La Guaira fuimos topos no porque queríamos, fuimos topos porque la situación se dio (…) Yo en mi vida había levantado una pala o un pico, y mira lo que me tocó hacer: sacar cuerpos debajo de 20 metros, ver un pulgar, ver lo que sea. (…) Dios le da las peores pruebas a sus mejores guerreros, y los mejores guerreros están ahí metidos todos».

Para Juan, quedarse en La Guaira es una cuestión de justicia y afecto: «Al fin y al cabo La Guaira no tiene la culpa de lo que pasó (…) La Guaira necesita más personas como nosotros».

Juan Andrade - La Guaira

A pocos metros de allí, Tamara Flores comparte esa misma trinchera de dolor y solidaridad. Ella perdió a sus tres nietos —dos niñas que estaban en la fiesta del piso siete y un niño que jugaba en el piso cinco—, pero acude diariamente a la zona para respaldar a los vecinos que aún buscan a los suyos, preparándoles café, buscando hidratación o trayendo comida.

«Esto ha sido una experiencia muy desagradable, una pesadilla que no sé si ya desperté o aún estoy aquí en esa pesadilla», confiesa Tamara, recordando que el complejo albergaba entre tres y cinco personas por apartamento, y que todavía faltan por recuperar entre 45 y 50 cuerpos, sin contar las visitas que se encontraban ahí.

Para Tamara y los suyos, la respuesta del Estado ha sido precaria. «Todo lo que se consigue aquí es porque mucha gente tiene familia en el exterior o han visto los videos y han decidido colaborar», explica. Con esos aportes autogestionados y los fondos del condominio lograron alquilar maquinaria pesada y comprar martillos de aire para romper las placas.

Tras haber pasado más de 25 días esperando a pie de escombros, y recibiendo apoyo psiquiátrico junto a su única hija —quien también perdió a sus tres hijos y trabaja en el Metro de Caracas—, Tamara describe lo que significa sobrevivir a esta catástrofe: «Mis hermanos nunca me dejaron sola. Estaban pendientes de que si iba a llorar, llorara, que gritara, pataleara, rompiera, hiciera lo que quisiera (…) Esto es un duelo eterno, esto va a doler toda la vida. Pero ahí vamos, tratando de superar, porque la vida sigue».

Así como ellos, Jonathan Pati ayuda en las OPP 26 y 27. También en Caribe. Pati dice que el amor de infancia por La Guaira —y los recuerdos de cuando su hermana vivía cerca, en el edificio Guacuco— lo arrastró a la zona desde los primeros días. Tras atender el caos inicial, su compromiso se selló con una promesa hecha a Álvaro Méndez, uno de los rescatistas locales de la torre G en la OPP 26: «Álvaro, cuando yo cumpla mi compromiso (de recuperar el cuerpo de tus parientes) voy a volver a mi casa».

Jonathan trabajó hombro a hombro con los experimentados Topos Adrenalina de México, empezando desde abajo en la delicada logística de alimentos, cavas y desinfección de herramientas, hasta formarse en videoconferencias de más de tres horas para estudiar las características estructurales de los derrumbes.

«Cuando ellos se fueron hicieron como una ceremonia bien bonita en Macuto, me dieron una sudadera. Me dio mucha sorpresa», recuerda con emoción sobre el reconocimiento recibido. Para él, el rescate no es improvisación, es un método estricto: adecuar la zona de trabajo, trazar pasajes seguros para evitar deslizamientos de arena y, solo entonces, proceder a la exploración. «Cuando nosotros realizamos y cristalizamos el hallazgo, ya tú tienes prácticamente el 50% de la operación ya hecha», resume con la rigurosidad de quien ha aprendido a mirar las ruinas con los ojos de un especialista.

En Catia la Mar, en el edificio Belo Horizonte los «Perros de guerra» —un grupo de rescatistas que nació en medio de la emergencia, conformado por familiares de personas que fallecieron por el fenómeno natural— siguen intentando recuperar cuerpos de fallecidos de entre los escombros. Han recuperado más de 40 cadáveres. lo han hecho con prácticamente con sus propias manos y recursos. El Estado los ha dejado huérfanos. Faltan diez cuerpos por recuperar.

«Lo más duro para el grupo que tenemos nosotros y que nos causó mucha tristeza y aún la tenemos, porque todavía no lo hemos botado, como se dice, fue cuando agarramos en el piso 7, metimos las manos para sacar los cuerpos que estaban ahí y lo primero que jalamos fue el cuerpo de un bebé de 10 unos meses. Eso fue lo más fuerte. Lo más doloroso verlo en la mano de nosotros como tal», relata uno de los voluntarios a TalCual.

Rastro de los ausentes

A dos meses de la tragedia, el dolor no solo se mide por los cuerpos recuperados, sino por el vacío insoportable de quienes aún no aparecen. Mientras en las zonas de colapso los equipos de voluntarios trabajan en la recuperación de fallecidos, en los alrededores del litoral la zozobra se manifiesta de formas distintas: en rumores, en testimonios cruzados y en la esperanza terca de quienes se niegan a aceptar el silencio.

Ese es el caso de Pedro Gómez, quien viajó desde Puerto Píritu (Anzoátegui), en el oriente del país, aferrado a una versión que desafía las estadísticas oficiales. Pedro busca a su primo, Andrés David Miranda Mendoza, de 18 años, quien vivía en el edificio Miramar —estructura colindante al Costa del Sol— y cuya desaparición sigue siendo un misterio en los registros.

«Es el único familiar que nos falta, ya encontramos a su madre y a su hermano bajo los escombros del edificio Miramar, que ya fueron retirados», relata Pedro, cuya voz apenas contiene el desgaste de semanas de búsqueda.

Aunque el edificio (Miramar) donde residía Andrés luce hoy despejado y no dejó rastros de sus pertenencias, la esperanza de la familia se sostiene en un hilo: el testimonio constante de vecinos y conocidos que aseguran haber visto al joven deambulando por el campo de golf y otras áreas de la urbanización en días recientes.

«Me han dicho que sí, que evidentemente hace dos días lo vieron por esta zona, recogiendo materiales. El testimonio que más frecuente nos dicen es que él hablaba incoherencias en cierto tiempo», explica. Para Pedro, el periplo ha sido una carrera de resistencia psicológica. Tras haber regresado a La Guaira dos días después del sismo y haber permanecido allí gran parte de estas ocho semanas, ha tenido que confrontar la crudeza de lo irreversible mientras mantiene la búsqueda del que, según los rumores de la calle, sigue con vida.

 

«Ver los cuerpos de mis familiares fue algo a nivel psicológico muy fuerte», admite, reconociendo que, a pesar de la devastación, ha encontrado en los guaireños una red de apoyo improvisada y genuina. «Me he puesto en contacto con muchas personas de aquí que la verdad estoy agradecido con eso, porque son personas de muy buen corazón y me están apoyando también con la búsqueda de mi familia».

La historia de Andrés y la búsqueda de Pedro —una esperanza que flota entre los escombros como un fantasma— retrata la otra cara de estos sesenta días: la de las familias que no pueden cerrar el duelo porque no tienen una tumba donde llorar, ni una certeza a la cual aferrarse. Son los ausentes, aquellos cuyos nombres aún circulan en los testimonios de los lugareños y que mantienen viva, entre la incertidumbre y el asombro, la búsqueda en un estado que aún no termina de contar a todos los que se llevó el 24 de junio.

Cerca del perímetro de búsqueda que sigue diariamente Andrés, se encuentran Angie León, Carmen La Rosa y José Luis Aguero; la primera se traslado de Monagas para buscar a su padre Giovanni León. La Rosa y Aguero buscan a su hija Nairolet Aguero. Coinciden en la desesperación que sienten algunos días tras ver que varios cuerpos que se recuperan no son los de sus parientes.

Situaciones como las que vive Andrés, León y la familia Aguero se repiten en el oeste. En Playa Grande, además del edificio Belo Horizonte, en el urbanismo Luisa Cpaceres de Arismendi más de una veintena de personas sigue desaparecida. La situación en este lugar se complico por lo inestable que quedaron las edificaciones. Madres, padres, hermano, continúan la búsqueda de sus seres querido en este lugar, y otras estructuras de la zona, como el edificio Jurel.

La vida en el limbo

Mientras en las torres de Caribe se busca entre los escombros, en otros puntos de La Guaira la tragedia ha mutado hacia una forma de existencia estática: la vida en el refugio. En la Escuela Miguel Suniaga, el patio central se ha convertido en el hogar improvisado para decenas de familias. Allí, internamente la institución sufrió daños considerables, obligando a los desplazados a pernoctar a la intemperie, bajo el sol y la lluvia, desde el primer día.

Zuly Campos, una de las damnificadas que reside en el patio, describe la cotidianidad como un ejercicio de renuncia constante. «Uno viene con el estrés de la calle, de estar pendiente de si llega un carro con ayuda, de contar bolsas para que alcance para todos, y cuando llegas al refugio tus hijos te quieren abrazar, quieren tu atención, y se te choca todo», relata con la voz quebrada.

Para Zuly, el golpe más duro es el desdibujamiento de su rol como madre. Confiesa que a veces pasa un día entero sin comer para asegurar que los niños tengan algo, y que ha tenido que prohibirles el uso de teléfonos para evitar que se enfrenten a la crudeza de las imágenes del sismo que circulan en redes.

«Cuando estoy sola, se me cae el mundo encima. Prefiero estar distraída hablando con cualquiera, caminando para allá y para acá, porque no he podido llorar mi luto», dice a TalCual.

La convivencia no es sencilla. Alondra Sánchez, quien coordina parte de la logística en el mismo refugio, admite que la precariedad alimenta las fricciones. «Hay conflictos. A veces la gente quiere tener más, y nosotros nos quedamos sin lo poco que tenemos para tratar de calmar las cosas», explica.

Alondra dice que 80 familias esperan noticias de un patólogo que determine si sus viviendas son seguras. Comenta que siente el peso de ser el puente entre la desatención estatal y la necesidad.

«Estamos aquí casi escondidos; la ayuda no llega como tal, nos manejamos a través de contactos». Para ella, como para Zuly, la incertidumbre es el techo que los cubre: el miedo a abandonar sus pertenencias en los apartamentos y que sean saqueadas, frente a la inseguridad de vivir en un refugio donde, a veces, los recursos personales se agotan en el intento de mantener la paz comunitaria.

A pesar de todo, ambas coinciden en algo que parece ser el mantra de los sobrevivientes: no hay plan de salida. Zuly no se halla fuera de La Guaira; Alondra tampoco. «No nos hallamos en otro lugar», sentencian.

El riesgo de la asfixia

La misma persistencia que se encuentran Sánchez y Campos, se observa en las vías principales. A pocos metros de Playa Coral, Jornesky Romero ha vuelto a levantar su puesto de jugos. «He aprendido que a través de la dificultad uno tiene que aprender a reverdecer», afirma con una seguridad que choca con la realidad de sus números: las ventas han bajado drásticamente en comparación con los días previos al sismo.

Aun así, cada día Jornesky cumple un ritual de resistencia: arma y desarma su kiosco improvisado, quitando palos y guardando extensiones, expuesta a la lluvia y a la intemperie. «Si llueve, me tengo que meter allá», señala hacia un refugio precario. Lo que pide no es un subsidio extraordinario, sino herramientas básicas para mantenerse en pie. «Necesitaríamos un kiosco, realmente», dice, mientras rechaza tajantemente la idea de irse. «Porque es mi tierra. El hecho de que estemos pasando por un momento de dificultad no quiere decir que le voy a dar la espalda».

Si el drama humano late en las ruinas de Caribe, la realidad económica del estado se debate entre la supervivencia y el colapso administrativo. Shirley Camarán, representante de la Cámara de Comercio de La Guaira, advierte que, a dos meses del sismo, el panorama comercial no es solo desalentador, sino crítico: «La emergencia no ha cesado; mientras no se dictaminen medidas que solapen este proceso, la operatividad de los negocios sigue en caída libre».

Según el levantamiento estadístico que la Cámara ha gestionado desde finales de junio, 80,5% de los comercios registra una afectación severa en su operatividad y un 85,4% estima que no podrá sostener sus nóminas en los próximos tres meses. «Son cifras alarmantes», subraya Camarán.

«Si no ponemos especial atención, esta nueva realidad solo nos llevará a un escenario de cierres masivos e informalidad forzada, porque el comerciante, al no poder cumplir con sus obligaciones tributarias frente a una infraestructura destrozada, simplemente se verá obligado a bajar la santamaría permanentemente», añade.

El contraste es palpable. Mientras Maiquetía se mantiene como el casco comercial más activo —al no haber sufrido afectaciones directas visibles—, zonas como Catia La Mar, la Avenida El Ejército, Macuto, Caraballeda y Tanaguarena luchan por un oxígeno que no llega. Allí, el pequeño empresario o el playero, que intenta retomar la venta con el trasfondo de escombros, se enfrenta a una realidad de bajísima afluencia y nula conectividad.

Camarán es enfática al señalar que las soluciones no pueden esperar: «Hemos trabajado propuestas para mesas de diálogo, pero aún no han ocurrido. Lo que necesitamos es una flexibilización fiscal urgente o una exoneración regional temporal que nos permita postergar las cargas tributarias. Prolongar este vacío de atención es tentar al comerciante a abandonar su puesto, algo que va en contra de la reconstrucción que tanto anhelamos».

Para la representante gremial, cuya gestión ha implicado proponer leyes y protocolos de emergencia mientras ella misma procesa los daños en su propio hogar, la respuesta debe ser humanitaria antes que burocrática.

«La Cámara de Comercio ha estado presente en cada tragedia histórica de este estado —desde el deslave del 99 hasta el covid— y hoy no es la excepción. Pero estamos ante un escenario donde la resiliencia tiene un límite. El comerciante que hoy abre sus puertas frente a una ruina no lo hace por lujo, lo hace por necesidad de subsistencia. Ignorar su realidad es condenar al estado a una parálisis definitiva», sostiene.

Atención médica

A dos meses del sismo, la emergencia en La Guaira ha mutado. La marea inicial de solidaridad internacional y contingentes de emergencia ha mermado, dejando al descubierto carencias estructurales de salud y el impacto acumulado del trauma. En este escenario, la brigada voluntaria de la Universidad Central de Venezuela (UCV) —que movilizó insumos desde el primer día a través de la Federación de Centros Universitarios— ha reconfigurado su despliegue estratégico. Tras seis semanas de atención ininterrumpida en Playa Grande, donde se convirtieron en un faro de confianza institucional, el equipo de entre 35 y 40 profesionales diarios se trasladó al Club Tanaguarena para intentar llegar a las zonas que aún permanecen desasistidas.

«La universidad funcionó como el centro de acopio más grande de Caracas, y desde el segundo día empezamos a bajar con insumos médicos para quienes perdieron sus hogares y, con ellos, sus tratamientos crónicos», relata María Fátima Garcés, vicerrectora académica de la UCV. «Aquí la gente se dirige a la UCV porque sabe que es una institución con una reputación intachable de 300 años. La gente confía en nosotros».

Sin embargo, Garcés lanza una alerta sobre la escasez crítica que enfrenta el personal en terreno: «La ayuda ha ido bajando y, al ver los campamentos actuales, notas que no es la misma atención que al inicio. Nuestra deficiencia mayor ahora son los fármacos. Atendemos pacientes con mucha anemia, niños con bajo peso, pero no tenemos suplementación de hierro o ácido fólico. Lo mismo ocurre con hipertensos y diabéticos: detectamos la patología, pero no tenemos qué entregarles para que sigan su tratamiento. Las familias, en su condición socioeconómica actual tras la tragedia, no tienen cómo adquirirlos por su cuenta».

En la consulta odontológica, la realidad es igualmente reveladora. El profesor José Adolfo Cedeño, quien coordina a su equipo en Tanaguarena, explica cómo el trauma se somatiza. «Estamos atendiendo entre 72 y 80 pacientes diarios. Al principio, cada respuesta era más trágica que la otra; situaciones de pérdida familiar masiva hacían que los colegas terminaran cargados emocionalmente, absorbiendo todo el estrés que el paciente drena durante la consulta».

Cedeño profundiza en una conexión clínica que suele ignorarse: el colapso inmunológico posterremoto. «Muchos de los problemas bucales de estos pacientes no fueron causados por el sismo, pero sí se exacerbaron de forma violenta. El estrés crónico, la pérdida de familiares y la inestabilidad generan una caída inmunológica tal que procesos infecciosos latentes —como restos radiculares o fracturas antiguas— se dispararon. De repente, pacientes que habían convivido con una molestia menor, presentan inflamaciones faciales severas. Ayudarlos a recuperar su condición bucal, incluso su estética, es fundamental. Cuando una persona que ha perdido a toda su familia recupera su integridad física, empieza a afrontar la realidad desde otro lugar. Nuestro aporte no es de rescate físico, pero sí es vital para la rehabilitación de las secuelas que la tragedia dejó en el cuerpo».

Reconstrucción del tejido social

Si bien los médicos atienden los daños visibles, la psicóloga Meury Rivero advierte que la verdadera batalla de La Guaira se libra en la psique de sus ciudadanos. La adrenalina del rescate ha disminuido, y el ciudadano promedio ha dejado de ser un «superviviente activo» para encontrarse de frente a una realidad devastadora.

«Estamos en una fase de contacto con la nueva realidad», explica Rivero. «Ya no es la supervivencia física, es empezar a procesar lo que quedó. Tenemos duelos múltiples: la familia, el hogar, el empleo, pero también la pérdida de la tranquilidad. Es un duelo complejo, especialmente por la incertidumbre de los desaparecidos».

Para Rivero, la clave de la reconstrucción no reside en intentar «superar» el dolor rápidamente, sino en entender que el duelo no es un interruptor que se apaga. «El duelo es un transcurrir, un proceso con etapas de avance y retroceso. Si no se trabaja, derivará en un duelo patológico, que terminará manifestándose en enfermedades físicas graves».

La psicóloga hace una advertencia vital sobre el personal de primera línea (rescatistas, médicos y voluntarios): «Están operando con un cuerpo lleno de cortisol. Es un cerebro en alerta permanente que rebasa cualquier capacidad humana de respuesta. Si no cuidamos la salud mental de quienes rescataron, en el futuro no tendremos una crisis de salud mental, tendremos una crisis de salud física generalizada».

Su propuesta para el estado es el «abrazo colectivo»: la reconstrucción del tejido social a través del empoderamiento de las comunidades. «Tu mejor compañero hoy es el otro. La reconstrucción empieza por identificar quiénes quedamos en la comunidad, cuáles son nuestras fortalezas y cómo vamos a enlazar con los demás. No se trata de olvidar, sino de encontrar el ‘para qué’ vamos a seguir viviendo. La salud mental también está en el cuerpo, y si no comenzamos el trabajo hoy, las secuelas nos pasarán factura mañana».

TalCual