Venenos, Flechas y Cristianos

Comparte

Revisando las páginas amarillas como las arenas de los médanos, de Cultura Falconiana (Volumen 1, n° 1, 1980), en la sección Rescate, bajo el título Primera Descripción de Coro, dimos con una de las primeras noticias de la resistencia armada de los indígenas americanos contra las agresiones de los extranjeros venidos de ultramar. La relación la debemos a la pluma de joven Titus Neukomm, está fechada en Coro, el 6 de septiembre de 1535. En ella describe la apariencia, los ornamentos, las armas, los usos y la gastronomía de los pobladores originarios de la comarca. Dice de sus armas: “Para su defensa lleva el hombre un arco con el que tira muy seguro y lejos; y así como en nuestras tierras se fija hierro en las puntas, así ellos las hacen de hueso de pescado y de los dientes de pescados grandes. Las untan con el veneno de una planta, que si a alguno con ellas y sacan su sangre, este tal vez tiene que morir porque no hay remedio para ello.” Esta es la primera referencia a las toxinas que empleaban los aborígenes para incrementar la letalidad de aquellas  armas sencillas y eficaces.  Puede que esta sea la primera mención del temible curare, tan célebre después entre los conquistadores, misioneros, aventureros, exploradores, mineros y toda la diversa fauna humana que se adentró  en las selvas amazónicas de Venezuela, Colombia y Perú.

Por los mismo días de la carta del joven Neukomm, el 23 de febrero de 1535, Felipe von Hutten , agente militar, político y financiero de los banqueros Welser, escribía desde Coro a Matías Zimmerman en Alemania (el original se encuentra en el Archivo familiar de los Hutten en el castillo de Steinbach; vide: Felipe von Hutten: Cartas. Los Documentos del Conquistador de los Welser y Capitán General de Venezuela. Edición de Eberhard Schmitt & Friedrich Karl von Hutten): “No poseen otras armas que unas largas lanzas, hechas de palma, e unos arcos, con [flechas] de punta de jibión semejantes al hierro afiladísimas, que nos dificultan sobremanera el ataque. Con una destas flechas ha atravesado un indio una piel de venado tres veces doblada que yo le había colgado. Y así, aun cuando no conozcan el hierro, no hay razón alguna para menospreciarlos.”

Cuidado tuvieron Neukomm y Hutten en describir estas mortales puntas de diente, hueso y concha, e hicieron bien en alejarse de ellas tanto como les fue posible. Aunque a Hutten de poco le valdría porque sería degollado por el hierro hispánico de los sicarios enviados por  Juan Carvajal la noche del 17 de mayo de 1546 en las proximidades de El Tocuyo, donde Carvajal, en justiciera represalia, sería ahorcado  y descuartizado.

Neukkom hizo un dibujo de aquellos exóticos indígenas que hoy está perdido; pero su retrato hablado es suficiente para que algún artista asuma el deber de trazar en línea y color la efigie de los antiguos caquetíos. Junto a esas imágenes que atesora la memoria histórica de los vencidos, despuntan, como puntas de flechas envenenadas,  los hechos iniciales de la resistencia indígena en Tierra Firme, la primera línea es un epitafio lacónico:

“Con referencia al joven Ulrich Sailer no tengo que escribirte nada especial sino que murió miserablemente. Había ido a un agua grande [el lago de Maracaibo], distante cerca de cuarenta millas de aquí, a fin de proveer a los cristianos de maíz y comida y llevarla. En llegando con el navío, la mitad de los cristianos desembarcó en pequeños botes como los que tienen los indios, pues navíos grandes no pueden aproximarse a la tierra sino a una distancia de un cuarto de milla. Los indios recibieron a los cristianos con amistad y les dieron o vendieron lo que ellos tenían de maíz y comida. Y al tiempo que los cristianos quisieron volver, cogieron algunas bonitas mujeres de los dichos indios para llevárselas consigo. Entre ellos estuvo también el joven Ulrich Sailer, quién tomó una.

“Los indios no se opusieron a ello y hablaron entre sí. Cuando los cristianos quisieron trasladarse al navío grande, llevaron a los indios en los pequeños botes. Había unos catorce cristianos y tres o cuatro indios. Y cuando estuvieron a la mitad del camino hacia el navío, los indios hicieron zozobrar sus pequeños botes. Y como los indios están en el agua como las ranas, subieron inmediatamente en sus botes, y con sus arcos y flechas mataron a los cristianos en al agua, unos con otros, es decir cerca de catorce. ¡Dios les dé su gracia y misericordia!”

Parécenos percibir una como simpatía hacia los indios en la carta de Neukkom. Más allá de este espejismo, notamos la astucia y la decisión de los rebeldes: están dispuestos a comerciar e incluso a dejarse robar los frutos de sus sementeras, pero no permitirán que sus mujeres sean ultrajadas impunemente. Su venganza es una obra maestra en miniatura del engaño y las técnicas guerrilleras: Siempre estuvieron en desventaja numérica, pero fueron letalmente pacientes hasta tener la ventaja que daban las aguas marinas para disponer de sus enemigos y hundir para siempre sus cuerpos cristianos y lujuriosos en las olas ensangrentadas del Caribe.

Mgs. Sc. Camilo Morón

Fundación de Ciencias y Artes Cudán de Cuté.

Docente e Investigador UNEFM

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *