Opinión

Tararear la memoria

Comparte
image_pdfMira en PDFimage_printImprimir

Miel y Salmuera

Ana Cristina Chávez A.

  “Todos tenemos una canción psicológica”, afirma mi vecino, un señor salvadoreño de la tercera edad, testigo de la lucha guerrillera en su país de origen, y que recuerda -como si fuera ayer- pasajes de su adolescencia y juventud. Él explica, con una voz que conserva el tono centroamericano y la musicalidad de la nostalgia, que esa “canción psicológica” consiste en un asunto, tema o vivencia que resultó impactante para la persona, hasta el punto de no olvidarla pasado el tiempo, se hace recurrente y perdura como idea o discurso repetitivo.

   Pienso que con frecuencia la “canción psicológica” a la que se refiere, puede ser no solo una anécdota, una experiencia o un tópico en particular, sino una melodía. Un tema musical que nos late en el cerebro además de hacerlo en el corazón, porque es pegajoso, la letra nos envuelve o porque traduce lo que vivimos en un momento determinado. Es esa canción que no puedes dejar de tararear y que te persigue por días e incluso años, según tu estado anímico.

   Investigaciones científicas demuestran la relación entre música e inteligencia, al dinamizar áreas del cerebro encargadas del lenguaje, la memoria y la concentración, de allí su utilidad cuando vamos a estudiar, realizar trabajos manuales repetitivos, pero también creativos, entre diversas actividades, aclara el doctor Facundo Manes en su artículo “¿Qué le hace la música a nuestro cerebro?” (2015), https://elpais.com/elpais/2015/08/31/ciencia/1441020979_017115.html.

   Para escribir, acostumbro a escuchar música, preferiblemente en otros idiomas. Necesito melodías que me activen y me ayuden en el ritmo del discurso que voy construyendo, sin interferir en el texto, pero eso no es excluyente, porque el español es mi lengua natural para cantar (y desafinar).

   La música es vibración que conecta con nosotros, acordes que resuenan en el espíritu y nos motivan a actuar y a sentirnos de determinada manera. El reggaetón despierta el instinto animal, dice un amigo, por eso los chamos se ponen a perrear, asegura. Y mientras usted mueve su pelvis y cadera al ritmo de J-Balvin, Bad Bunny, Anuel, Karol G, entre otros, no piensa mucho, solo disfruta. Y si no se acuerda, no pasó, porque borró casette.

   No tan alejados de la sexualidad regguetonera, para los amantes del vallenato son comunes las escenas lacrimógenas, el despecho, las ganas de embriagarse y el rencor hacia la pareja infiel. Una vez me tocó viajar desde Coro hasta Maracaibo en un carro del terminal, a ritmo de:

¡Malo! a mi corazón lo voy a poner malo.

La que venga me la gozo y la despacho.

Y no me entrego a nadie

No me enamoro de nadie

y así sabroso la paso.

                                       (Malo. Los genios del vallenato)

   Sin mentirles, fue una hora completa de esta suerte de declaración del Conde de Montecristo de Valledupar. Pero lo cumbre es que al llegar a mi casa, alguien de la comunidad contigua estaba pasando por la misma crisis existencial y aspiraba convertirse en un vengador del amor, escuchando la canción a todo volumen, con bis incluido (Los Avengers del acordeón, pues). Entonces, pasó lo que tenía que pasar: me aprendí el coro. La letra con sangre entra. Tienen razón.

   Los gustos musicales son diversos, y la variedad en la vida es importante, por eso debemos abrirnos a un universo de posibilidades. No me niego a cierto tipo de canciones o géneros, pero si no resultan de mi preferencia los escucho una vez y listo. No podemos decir “De esta agua no beberé”, porque posiblemente luego te consigas bañándote en ella.

   Champeta, vallenato, trap, reggaetón, están a la orden del día, y los escuchamos con frecuencia en emisoras radiales, locales públicos y fiestas. Después de oír con insistencia este tipo de canciones, nos las aprendemos y hasta empiezan a gustarnos. De allí lo relevante de rodear de buena música a nuestros niños, ayudándolos a forjar sus intereses y preferencias, educándoles el oído, para que donde vayan, aunque bailen los temas de moda, puedan reconocer un buen arreglo, una hermosa melodía o una letra imponente.

   Un corazón fracturado siempre será un corazón fracturado, pero las penas de amor cantadas al son de un vallenato o al arrullo de Pablo Milanés, definitivamente pesan distinto, y aunque sigan doliendo, con Milanés obtendrán una maravillosa liviandad:

Por mi parte esperaba que un día el tiempo se hiciera cargo del fin

Si así no hubiera sido yo habría seguido jugando a hacerte feliz

Y aunque el llanto es amargo piensa en los años que tienes para vivir

Que mi dolor no es menos y lo peor es que ya no puedo sentir

Y ahora tratar de conquistar con vano afán

Este tiempo perdido que nos deja vencidos sin poder conocer

Eso que llaman amor para vivir

Para vivir

                                       (Pablo Milanés. Para vivir)

A mi manera…

   Sabemos que hay canciones que nos evocan momentos y personas. “A mi manera”, en todas sus versiones, siempre me recordará a mi tía Lupe Arrieta, quien vivió como quiso y nunca tuvo tapujos para exigirnos que esa fuera su melodía de despedida o más bien, de presencia eterna, y lo logró: escuchar ese tema es sentirla a ella.

   A lo largo del tiempo, la música nos acompañará donde estemos, se impregnará en la piel, en las vivencias, marcará etapas, se hará besos, caricias, energía, cansancio, alegría, tristeza, rencor, melancolía. Se meterá en la cabeza, su fuerza se irradiará hasta el corazón y el espíritu todo. Completamente rendidos seguiremos cayendo a sus pies y no nos quedará más que tararear esa melodía-huella, hasta el conjuro de la siguiente canción.

¡Nos continuamos leyendo (y cantando)! [email protected]

Deja una respuesta