Opinión

Semilla de sol, viento y lago, por Ana Cristina Chávez

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I. Tengo raíces paraguaneras, mi familia paterna es de Punto Fijo, estado Falcón. Durante mi niñez y adolescencia, las vacaciones eran sinónimo de playas falconianas. Siendo una adulta, me fui a vivir y a trabajar en la llamada ciudad del viento. Fue gratificante descubrir la península con ojos de mujer crecida y disfrutarla de otra manera. Punto Fijo poseía los ímpetus de una urbe joven, con auge comercial y potencial turístico en desarrollo, que se conjugaban con la tradición del campo y de la costa marina que la bordean.

Al trasladarme a la capital del estado, mis visitas fueron menos frecuentes. Ahora estoy radicada en Maracaibo y cuidándome de la pandemia. Sin embargo, Paraguaná está sembrada en mí de forma ancestral, por tanto es una deuda pendiente regresar, recorrerla a profundidad y reinventarla en mi imaginario durante próximos viajes.

Si quieres acercarte a la península que conocieron nuestros abuelos, Alí Brett Martínez, en su libro «Aquella Paraguaná», nos da testimonio de la historia de esa tierra y de diversas vivencias de sus habitantes, paseándose entre la crónica, la poesía y la reflexión:

«Paraguaná es el chuchube columpiando su canto a las tres de la tarde desde los copos del cují mientras el viento de las vacas bate el chinchorro de los que sestean en los corredores.

Paraguaná es una mujer de manos encantadoras haciendo muñecas de trapo con recortes de cretona.

Paraguaná es el cují jorobado por el viento; es el chiguare convertido en la peluca del médano que termina donde comienza la fulgurante e interminable salineta.

Paraguaná es un camino con cruces que recuerdan a los que murieron de hambre en el año 12 o a los que fallecieron tupidos con semeruco.

Paraguaná era el balbuceo del chivato en los corrales en tiempos de frescura y rifazón.

Carirubana es femenina como la tarde, como la aurora, como la luz, como la gaviota, como las canoas y como las tijeretas que columpian sobre su mar todo el día avizorando las presas movedizas de los cardúmenes».

II. Paraguaná es una parte de mí, la otra mitad le pertenece a Maracaibo, en el estado Zulia. En la tierra del sol amada nací, me crié y me formé. Mi familia materna es de El Saladillo, histórico sector arrasado por un decreto presidencial convertido en maquinaria pesada y una piqueta inclemente, pero que permanece arraigado en el sentir y pensamiento de los maracaiberos.

En Punto Fijo, mi abuelo capitán de barco y mi abuela costurera, hacedora de muñecas de trapo y colchas multicolores que parían pintores y poetas, no se diferenciaban mucho de mi abuelo profesor de inglés y mi abuela dueña de un sazón inolvidable digno de heredarse, que residían en la capital zuliana. Ambas eran familias numerosas de siete u ocho hijos, como era común en la época, y habitaban en casonas de espacios amplios y patios que invitaban a jugar.

Sobre Maracaibo también se ha escrito mucho, pero el gentilicio se enaltece con cada gaita que le dedican a la ciudad de ayer, menos caótica y contaminada, pero de bullicio perenne.

A diferencia de como lo hago con Falcón, me cuesta pensar a Maracaibo de una manera más romántica o nostálgica, porque la memoria no me alcanza para evocar lugares preñados de misterios por develar, más allá del lago imponente y su puente poderoso. Maracaibo es para mí una cuna de afectos y un catálogo de sabores y olores propios de las cocinas familiares, condimentados con las risas de las reuniones de los domingos en la casa de la abuela Chinquita.

Como tantos otros, soy dos mitades unidas, dos historias de familia, linajes mezclados, coloso del lago y Cerro Santa Ana. Una semilla que germina de cara al sol y vuelve siempre a donde es feliz.

Por: Ana Cristina Chávez.