Opinión

Seducción, por Ana Cristina Chávez A.

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Miel y Salmuera

Cuando juego a seducir termino seducida,

vencida,

destrozada.

Me desnudo sin tapujos,

me entrego,

y resulto en pérdida total.

Me ofrezco, confío

 y gimo,

como ave herida en pleno vuelo.

                                                   Ana C. Chávez.

   ¡Qué difícil es seducir! No es cuestión de mostrar más o menos piel, de asumir una pose sugestiva, entornar la mirada, fruncir los labios o cruzar las piernas. Tampoco de recurrir a artimañas de Don Juan barato. Me refiero a saber usar un verbo envolvente, jugar con las palabras de manera que provoquen emociones, sensaciones en quien las lee o escuche. Hablo de encadenar el discurso a la piel y corazón del receptor, estableciendo un pacto sensorial con él, para transformarlo en creador y protagonista del texto compartido.

   Cuando escribo “hembra frutal con aroma a papaya y mandarina”, el lector debe percibir el perfume profundo de la naturaleza, imaginarse el bocado derritiéndose al contacto con los labios y la tibia lengua; visualizar las venas del cítrico en la piel femenina, como arañas que acarician; ver la pieza abierta, pulposa, develando sus semillas breves y húmedas, empaparse en los jugos que manan al separar los dedos de los redondos puños ambarinos… Dejarse seducir, evocando a través de la palabra, una serie de imágenes, olores, sabores y texturas.

   Alex Grijelmo (2007), afirma: “La seducción parte de un intelecto, sí, pero no se dirige a la zona racional de quien recibe el enunciado, sino de sus emociones (…) No se basa tanto la seducción en los argumentos, como en las palabras, una a una (…) La seducción de las palabras no necesita de la lógica, de la construcción de unos argumentos que se dirijan a los resortes de la razón, sino que busca lo expresivo. No apela a que un razonamiento se comprenda, sino que se sienta.”

      Seducir es un acto consciente, que amerita estudiar al otro. Creer que aplicando fórmulas manidas, desgastadas, alcanzaremos nuestro propósito, denota  irrespeto. La construcción del discurso debe poseer un criterio de otredad, donde se apela al conocimiento personal que se tiene del mundo, para comunicarlo con sentido estético y empático, pensando en a quien nos dirigimos y en las emociones que podemos generar en ese individuo.

   El periodista español asegura: “el lenguaje, pues, constituye en primer lugar un hecho sensorial, que percibimos con el oído y con la vista.” De allí la importancia del sonido de los vocablos usados, lo que explica por qué en el segundo párrafo empleé el término papaya en lugar de lechosa. El sonido de la p se emite juntando los labios y provocando una leve explosión al separarlos. Estallido que igual se produce al beber el jugo dulce y espeso de la fruta o al observar recostada y desnuda a la persona que amas. Papaya es una palabra que puede resultar atractiva en su sonido y forma.

  Es importante entonces, cómo suenan las palabras en sí mismas y cómo es la voz que las pronuncian. ¿Es aguda, grave o nasal?, ¿tiene buena dicción, lleva adecuadamente el ritmo y musicalidad del discurso?, ¿es una voz clara y vibrante, o más bien oscura o susurrante?, ¿acaso retumba como trueno o se escucha como si viniera del fondo de la tierra?

   Podemos seducir a través de la voz, siempre que sepamos cómo usarla para enfatizar lo que decimos.En tanto, debemos desarrollar habilidades histriónicas de cierta manera, aprender a utilizar nuestro cuerpo y cualidad vocal para comunicar, expresarnos y atraer al otro. Es necesario entender el valor de la palabra hablada y escrita como maleficio, arma, conjuro, estratagema, castigo o bendición.

   Grijelmo explica que “la poesía acudió siempre a los sonidos seductores, conocedora de este valor inmenso de las sensaciones que saben distinguir los sentidos (…) El lector se deja conquistar por la belleza y la evocación de las palabras porque así disfruta del juego que el poeta plantea. Después, si eso le agrada, podrá analizar la métrica, el ritmo y las aliteraciones, desentrañar los mecanismos de la hermosura. Pero ya habrá terminado entonces el vínculo de la seducción”.   

     Por consiguiente, dejarse seducir por las palabras es un acto de entrega, implica desligarse de prejuicios y razonamientos que cercan el placer. Por otro lado, para convertirse en un seductor hay que mirar al otro, escuchar sus expectativas, sentir su cuerpo sin tocarlo, y en colectivo, renombrar al mundo creando horizontes mutuos.

Cuando salgo de casa llevo conmigo a las palabras.

Entonces comienzo a descubrir las cosas,

veo esto y aquello con asombro de neófito

en una ventana. O quizás no veo ni descubro

nada nuevo y asombroso sino que nombro y nombro.

Fue por eso bueno traer conmigo a las palabras.

Fue útil tenerlas a mano, conmigo, en alguna parte

de mi mente para comprobar que todo lo que descubro se reduce a ellas.

                                                                    Juan Calzadilla. “Nombro, no descubro”.

¡Nos seguimos leyendo!

                                                                                                                      [email protected]

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