Perdida en el supermercado, por Ana Cristina Chávez
Miel y Salmuera
En el supermercado donde acostumbro ir a comprar, cambiaron la ubicación de los productos. Desde que llegué en diciembre a la ciudad, acudo a ese local por su cercanía a mi vivienda, además de tener precios razonables y ofertas los fines de semana.
Casi como autómata llegaba a los pasillos y conseguía lo que buscaba, luego de un estudio exhaustivo de los habladores en los estantes y un ir y venir a la máquina chequeadora de precios.
Sin embargo, noté que semanas atrás algunos productos, como el café, fueron cambiados de estante, seguían en el mismo pasillo pero ahora estaban en el anaquel del frente, a modo de espejo.
También observé que en perfumería ocurrió lo mismo con casi todos los productos; era como un gran salón de los espejos, donde lo que usualmente estaba de un lado ahora se encontraba del otro, como reflejo. Así que la búsqueda para surtir mi despensa tomaba unos minutos más mientras me orientaba.
Pero como si no fuera suficiente, no solo realizaron cambio de estantes -que ya lo tenemos- sino que ahora los trasladaron a otros pasillos, así que los productos, ¿dónde los hallaremos?
Entonces, cuando me estaba habituando a los nuevos lugares, me vuelven a cambiar lo que quiero comprar. Eso sí, no como ocurrió años atrás, cuando muchos productos de primera necesidad estaban desaparecidos y solo los conseguías con bachaqueros. No, nada de eso. En esta oportunidad hay en abundancia. Producción turca, brasileña y venezolana conviven en armonía junto con las «delicateses» importadas de Estados Unidos, siendo estas últimas exhibidas aparte con sus diferentes marcas de mantequilla de maní y al lado de vez en cuando, de café colombiano gourmet.
El asunto es que en el supermercado de mis andanzas, no solo hubo cambio de estantes y pasillos, ahora el aumento de los precios fue sin piedad, demasiado evidente, así que el ligero incremento de mi salario como docente universitaria será tragado de nuevo por los comerciantes, perfectos tiburones ¿o pirañas? de las ventas. (Diooos, y yo nunca aprendí a nadar, únicamente a medio chapotear).
Por lo tanto solo me queda pedir auxilio, aplicando el sálvese quien pueda, mientras en el súper ponen a prueba el neuromarketing, con sus pirámides de productos, carritos con ofertas de combos, cambio estratégico de pasillos, instalación de nuevos anaqueles y presencia de promotoras de bebidas, gelatinas, tortas y quesos.
Degusta, que algo queda, no sé si en el bolsillo, pero sí en el paseo en pandemia, porque para mí, desde hace un tiempo, ir al supermercado cuenta como salida, aunque me pierda, pues el GPS de mis finanzas no encuentra la vía de escape.


