Opinión

Paraguaná, la otra isla de Antonio Lavino, por Isaac López

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Uno podía pasar horas con Antonio Lavino, con su fabla de gente generosa, hablando de los inicios de «la ciudad del viento». De esos tiempos en los cuales el Cerro Arriba de Carirubana, la zona entre los campos petroleros de la Shell y Judibana, era un Macondo donde llegaban gentes de todos los rincones del planeta construyendo casuchas de barro o madera, enrolándose con los ficheros de contratistas en los trabajos de las refinerías. 

Fue Antonio Lavino un testigo de excepción del crecimiento de Punto Fijo. Desde las escenas de gente bañándose en plena calle, haciendo colas detrás de un camión que llevaba agua desde El Taparo y de prostitutas en cada esquina en la década de los cincuenta, hasta la efervescencia económica de entrada del dos mil que modernizó a la ciudad con amplias avenidas, extensión urbana, consolidación populosa de sus barrios, surgimiento de modernas urbanizaciones, importantes centros comerciales y explosión artificial del consumo de bienes sostenida en el generoso otorgamiento de divisas que hizo de la península Zona de Interés Turístico y Zona Libre Comercial, burbuja económica y falso desarrollo aparte.

Lavino Brito llegó en 1951 desde La Palma de Gran Canaria a Paraguaná. Vino sólo por unos meses a apoyar a un amigo en desgracia, pero una tarde de Punto Fijo conoció a Carmen Blanco y se enamoró de ella, desde entonces se hizo paraguanero. Su historia es una historia de amor y de solidaridad. A una mujer, una familia, y a una tierra tantas veces cantada.

Hombre de trabajo, perseverancia, disciplina, perteneciente a una amplia comunidad de emigrantes, Técnico especialista en mecánica, Antonio se destacó por su esfuerzo y dedicación al ramo automotriz. Fundó varios talleres como aquel llamado «La Esperanza» y durante un tiempo fue formador en la Escuela Técnica Industrial de la ciudad que tanto aman Guillermo De León Calles y Douglas Jatten Villa. Para él uno de sus mayores orgullos era el testimonio de eficacia, conocimiento y honradez manifestado por muchos de los muchachos formados en sus talleres.

Era también Antonio Lavino un líder con carisma. Su simpatía y don de enseñar los volcó como laico comprometido, y era un agradecido a su Dios por lo que la vida había devuelto a su sacrificio de muchos años. Director del Secretariado de Cursillos de Cristiandad de la Diócesis de Coro, y Miembro Principal de la Junta Organizadora de la Diócesis de Punto Fijo, yo le decía que él debía ser el Obispo, no esos otros dormilones, pusilánimes y retardatarios. Lavino era un tipo inteligente, conciliador y respetuoso. Claro que era necesario y útil para unirnos a todos los paraguaneros en obra trascendente. El se reía de lo que seguramente consideraba un sacrilegio mío.

Antonio representaba la otra Iglesia, esa que emergió de la renovación de los años sesenta, la de la fe contagiosa y alegre, la de las manos unidas en oración pero también en compromiso comunitario. La de un Jesús también hombre y obrero.

En 2001 lo entrevisté en su casa para incorporarlo como uno de los Rostros de Paraguaná. Lo hice con la convicción de que su rostro era también parte de ese mapa de esfuerzos que nos hizo. Porque aunque muchas veces no lo parezca, y se comporte como hermano engreído y mezquino, Punto Fijo también es Paraguaná. Me hubiera gustado mucho conversar más con él. En 2002 nos acompañó junto a otros protagonistas del libro como Fausto Goitía, Domingo Hidalgo o Perucho Vargas a la presentación del libro en Adícora. Murió en 2004, pero como escribió su eterna novia: «lo que se quiere no se olvida y lo que se ama no muere.» Le guardo y le guardaré siempre profundo cariño y recuerdo. Lo tuve por un amigo, y siempre buscaré las enseñanzas de su vida de ejemplos. Me contenta haber tenido la fortuna de conocerle y tributarle. Isaac López, abril 2020.

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