Moverse
Miel y salmuera
Este año atípico que está por culminar, se caracterizó por la movilización, pese a las exigencias de la cuarentena de resguardarnos en casa y salir lo estrictamente necesario. Ciertamente se movilizaron, movieron y removieron sentimientos, emociones y sensaciones de diversa índole, desde el miedo, la nostalgia, la tristeza, la angustia, la resignación, la fortaleza interna, la incredulidad, la valentía y la osadía.
Experimentamos de todo y aprendimos a refugiarnos en pasatiempos, trabajo en línea, estudios virtuales y en el cuidado propio y de nuestros seres queridos. Con crueldad, el virus se llevó a personas amadas y nos duele aún. Con bondad, el virus nos enseñó a convivir con otros, a demostrar nuestro talante y a desarrollar la paciencia y tolerancia que tanto nos hacía falta.
Este año, aun permaneciendo en casa, nos movimos y por supuesto, ya no somos los mismos y el mundo tampoco. Salimos de nuestra zona de confort y nos adentramos en un universo complejo: el de nuestra mente-corazón-intuición. Si afuera ya era difícil la realidad, por dentro lo era más. En el primer artículo de esta temporada de Miel y Salmuera, titulado «Surfear la pandemia» (https://lamananadigital.com/miel-y-salmuera/) les expliqué que me aferré a una tabla salvadora: la escritura, un oficio que amerita práctica continua y trabajo diario, que va de la mano de la lectura como hábito. Escribir es una labor en la que he incursionado con atrevimiento y sigo dando mis pasos en modo aprendiz.
De esta manera, la escritura me ha permitido remover mis cimientos, construirme y reconstruirme, aunque de vez en cuando paralice la obra y no tenga cómo pagarle la jornada a la obrera que soy.
Este año, se cristalizó el regreso a mi ciudad natal, luego de vivir 17 años en tierras caquetías, ya era algo planificado y decidido desde el 2019 pero la pandemia y sus restricciones retrasó el viaje. La movilización fue una odisea, saber cómo me iría, decidir qué llevar, qué resguardar, qué regalar, qué vender, también lo fue, pero conté con manos solidarias que no me desampararon y lo agradezco.
Moverse en nuestro país no es fácil, no solo por lo que implica el servicio de transporte y sus elevados costos, sino por las circunstancias que vivimos. Sin embargo, cada nuevo año requiere movimiento, desde la tan necesaria limpieza decembrina hasta emprender acciones que trasciendan la lista de propósitos que siempre olvidamos cumplir.
En el 2020, el año de la pandemia, me moví de lugar: el físico y el emocional, no sin cierto temor y expectativa, como esa vez cuando niña, un 24 de diciembre nos quedamos a dormir en casa de mi abuela materna y mi mayor preocupación era que el Niño Jesús no sabría llegar allá porque no le escribí la dirección en la carta. Mi madre me dijo que sí iría, que él sabría dónde estaríamos mi hermano y yo (hay que confiar, agregaría la Ana adulta), y efectivamente, en la mañana de Navidad, el pequeño recién nacido nos dejó los regalos justo al pie de la cama, pese a que estábamos en una habitación y un hogar distintos.
Créanlo, el Niño Jesús siempre sabe dónde estaremos, aunque nos movamos por dentro y por fuera, el mundo se paralice por un instante, se renueve, se remueva y siga, porque nunca nos abandona. Que tengan una feliz Navidad, nos continuamos leyendo.


