Miel y Salmuera | Ser en narración
por: Ana Cristina Chávez Arrieta.
Narrar y narrarse es un arte en extremo difícil, requiere de estrategia, táctica y dominio de la escritura y oralidad. Narrar y narrarse para demostrar a otras personas que sabemos contar historias y en medio de ellas exponer quiénes somos y lo que hemos hecho, amerita un ejercicio de memoria y de despliegue de habilidades persuasivas, sobre todo cuando en el discurso se busca convencer y atraer a los lectores, a modo de flautista de Hamelín o como una suerte de encantadora de serpientes.
Narrar y narrarse necesita musicalidad, ritmo y un son vibrante en la palabra. Pero además, si se pretende acompañar a otros individuos en el arte de la narrativa, se debe poseer una visión de orquesta, acoplarse a las notas con sentido de otredad e igualmente saber abrazar y bailar.
Como periodista y docente venezolana, oriunda de la ciudad en donde se logró el Récord Guinness de la banda de música folclórica más grande del mundo, el ritmo me corre por las venas, aunque confieso que no sé tocar ningún instrumento y desafino la mayoría de las veces que abro la boca para cantar. Sin embargo, nací y vivo en Maracaibo -«la tierra del sol amada» como diría nuestro poeta Rafael María Baralt- en donde la gaita zuliana resuena en los hogares durante cualquier mes del año. Así, con estos dotes de musicalidad he cultivado mis capacidades narrativas, influenciadas un poco por el ambiente donde crecí, pero también por las raíces heredadas de poetas y escritores con quienes comparto apellidos y vínculos consanguíneos.
«Lo que se hereda no se hurta», afirma el imaginario popular y yo agrego que si bien se podría nacer con ciertas habilidades para determinada actividad, cada quien es responsable de desarrollar esas capacidades a través del estudio y la práctica constante. Por tal motivo me considero una escritora en formación, pues no he alcanzado mi óptimo desempeño. De allí que la lectura y la preparación permanentes me acompañen en mi transitar cotidiano. En consecuencia me pregunto:
¿Puedo narrarme desde la perspectiva de una escritora?, ¿soy capaz de ayudar a otros a narrarse y a descubrirse como escritores?, ¿sé hallar la historia perfecta, darle forma, color, música y el tono ideal para ser leída o escuchada por grandes audiencias?
¿Soy una alfarera de la palabra y construyo verbos como tinajas que almacenan agua y amores?
¿Estoy hecha de tierra, esfuerzo, constancia y manos que amasan pan, muelen maíz, siembran abrazos y cosechan familias en el idioma de los comunes?
¿Soy la lengua que une pueblos, llama la lluvia, trajina bajo el sol y teje historias y mantas?
¿Soy quien cuenta, quien escucha, quien observa y quien hace barro, huella y sonrisa?
En definitiva, puedo ser eso y más si me lo propongo. Es cuestión de asumir el riesgo, atreverme, tomar las riendas, abandonarme, fluir en el río de las palabras, golpearme contra las piedras y mostrarme como soy. El tiempo lo decidirá todo.


