Opinión

Miel y Salmuera: ¿Salirme o no del grupo de Whatsapp? He allí la cuestión

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Tener un teléfono inteligente implica mayor conexión con otros, no mejor comunicación, solo tener la posibilidad de interactuar más con el resto de las personas, compartiendo imágenes, audios, videos, documentos y enlaces web, así como ampliar las opciones para entrar en contacto con información de todo el mundo. Es decir, te abre puertas al conocimiento y te ofrece vehículos para socializar en red.

Una de esas alternativas es el whatsapp y sus grupos de encuentro, siendo los de familiares, compañeros de trabajo, amigos, difusión de noticias, de vecinos y los de ventas, los más comunes. A estos se suman los vinculados a intereses y motivaciones personales.

En mi caso estoy en los siguientes: uno del trabajo, dos de familia (paterna y materna), dos de vecinos, dos de ventas, uno de educadores, uno de oración, dos de política, tres de fanáticos de BTS, uno de fogones ecológicos, cuatro de cultura, uno de periodistas y dos de noticias, lo que hace un total de veintidos grupos, que al parecer, comparado con otras personas, son pocos.

Por supuesto, con el pasar del tiempo he salido de muchos, bien porque ciertos integrantes destilaban extrema toxicidad, porque cambié de intereses o porque preferí mi salud mental y no seguir leyendo, viendo o escuchando ciertos mensajes. De por sí, la comunicación interpersonal es difícil, pero recurrir solo al recurso escrito complica el asunto, sobre todo cuando los participantes de los grupos no han desarrollado bien sus habilidades de comprensión lectora y de escritura.

El uso inadecuado de los signos de puntuación, el desconocimiento de la gramática y ortografía, así como escasa claridad en la idea que se desea transmitir, junto con la incorrecta construcción del mensaje, afectan el proceso de comunicación vía Whatsapp. Por consiguiente, el uso de audios breves y precisos pudiera ayudar en el intercambio.

Otro elemento interesante lo constituye el empleo adecuado de los emoticones y los stickers, los cuales aportan expresividad y significado a lo que se escribe. Depende del criterio de cada quien acertar en la selección de estas imágenes, para no propiciar la mala interpretación del discurso.

Además del Whatsapp, el Telegram ha ganado popularidad y guarda similitud en los beneficios y alternativas que ofrece, pero lo supera en lo concerniente a almacenamiento, difusión y utilidad.
Sin embargo, para muchas personas, el WhatsApp sigue siendo su preferido, permitiendo -como elemento negativo- la rápida distribución de noticias falsas entre los usuarios de la plataforma y la discusión (no como debate, sino en tono de pelea) acerca de la situación política y económica del país, que termina desviando el propósito inicial de cada grupo y provocando a veces, la salida de varios de sus integrantes, ya sea de manera espontánea o porque el administrador decidió retirarlos.

Beatriz García (El País, 2020), afirma: «de pronto un grupo de Whatsapp creado con el objetivo de mantener a la familia unida, saber de nuestros amigos de toda la vida o estar al tanto de lo que ocurre en el colegio de nuestros hijos se ha convertido en una auténtica batalla dialéctica en torno a la actualidad política. Ya no importa el objetivo para el que el grupo fue creado. Ahora somos todos expertos en pandemias con muchos años de experiencia y politólogos que siempre saben lo que es correcto y lo que no. La tensión empieza a aumentar, los enlaces de diferentes medios de comunicación comienzan a compartirse con rabia, el «en mi humilde opinión» se convierte en un «vamos a ver» y al final pasa lo que todo el mundo teme: alguien ha abandonado el grupo», explica.

En el artículo, García cita a la psicóloga Silvia Ramos, quien recomienda centrarnos en lo que nos ha unido en esa amistad y no tanto en lo que nos separa, recordando por qué se está en ese grupo y no perder dicho objetivo.

Acerca de si es necesario contestar o no todos los mensajes de los grupos, la psicóloga sugiere: «Debemos decidir dónde gastar nuestra energía, elegir muy bien nuestras batallas y ser respetuosos a la hora de dar una opinión. Es imprescindible pensar dos veces antes de mandar ese mensaje y reflexionar sobre si lo que estamos compartiendo puede ofender o hacer daño a alguien del grupo. Si es así hemos perdido por completo el objetivo del mismo. Por último, no hay que dar respuesta a todos los mensajes con los que no estamos de acuerdo, eso es agotador».

Al respecto, García aclara que «por mucho que argumentemos, ofrezcamos datos, fuentes fiables y todo lo imprescindible para tratar de convencer a otro de que llevamos la razón, es esencial saber que es muy complicado hacer cambiar de parecer a otra persona. Muchas veces los seres humanos solo escuchamos lo que queremos oír y nadie ni nada es capaz de sacarnos de ahí. Nuestros prejuicios son tan fuertes que ni todo el sentido común del mundo es capaz de derribarlos».

Aunado a lo anterior, ante el encierro obligado por la pandemia y la continua pérdida de vidas, nos encontramos más susceptibles emocionalmente, lo cual se manifiesta en las relaciones que hemos establecido tanto en el mundo personal como a través de las redes sociales y plataformas digitales. Así, nuestro temperamento puede manifestarse en la interacción virtual también, y lo que en una situación real implicaría culminar la discusión y salir de la habitación dando un portazo, en el mundo digital se convierte en un ligero movimiento de manos que se traduce en salir del grupo y eliminarlo. Una acción necesaria en ocasiones, para evitar el insulto liberador pero poco educado.

Y aunque los expertos en protocolo digital aconsejan no salir de los grupos sin informar previamente al administrador y al resto de los integrantes, y mucho menos hacerlo en medio de un acalorado debate, la realidad es otra, no siempre reflejo de lo correcto, lo adecuado y el deber ser. En fin, qué se le va a hacer.

Por: Ana Cristina Chávez: [email protected]