Miel y Salmuera | Recordar más allá de la muerte
Por: Ana. Cristina Chávez Arrieta
Cada 02 de noviembre la iglesia católica conmemora el Día de los fieles difuntos, para honrar la memoria de los adultos que fallecieron. Visitas a cementerios, instalación de altares y celebración de misas son actividades tradicionales en esta fecha donde los recuerdos se activan para revivir los mejores momentos con nuestros seres queridos.
Eduardo Galeano en su obra titulada El libro de los abrazos indica que la palabra recordar proviene del latín re-cordis, que significa volver a pasar por el corazón. Así, experiencias memorables se albergan en el centro del pecho y fluyen como agua con cada palpitar, limpiando, sanando, pero también lubricando emociones y preparándonos para lo que sigue: continuar viviendo.
Es justo durante la existencia terrenal cuando las palabras y actos deben conjugarse para demostrar a los otros lo que sentimos por ellos, pero nos acostumbramos a ocultarlo e incluso a disimularlo por pudor, soberbia o por miedo. Galeano, con sencillez y asertividad lo expresa en la siguiente historia que lleva por nombre La muerte: «Ni diez personas iban a los últimos recitales del poeta español Blas de Otero. Pero cuando Blas de Otero murió, muchos miles de personas acudieron al homenaje fúnebre que se le hizo en una plaza de toros de Madrid. Él no se enteró.»
En contraste, en ese mismo Libro de los Abrazos el autor uruguayo nos presenta este texto titulado Llorar: «Fue en la selva, en la Amazonía ecuatoriana. Los indios Shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados, a la orilla de su agonía. Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:
– ¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?
Y contestaron los que lloraban:
– Para que sepa que la queremos mucho.»
Por eso es crucial que festejemos en vida a nuestros afectos, para que se enteren y sepan que los tenemos presentes y siempre los recordaremos cuando les toque marcharse.


