Miel y Salmuera: QUIEN ESPERA, DESESPERA
El Diccionario de la Real Academia Española define «Esperar» como: 1. Tener esperanza de conseguir lo que se desea. 2. Creer que ha de suceder algo, especialmente si es favorable. 3. Permanecer en sitio adonde se cree que ha de ir alguien o en donde se presume que ha de ocurrir algo. 4. No comenzar a actuar hasta que suceda algo. 5. Dicho de una cosa: ser inminente o inmediata. Ejemplo: Mala noche nos espera. 6. Poner en alguien la confianza de que hará algún bien. Ejemplo: Esperar en ti.
Como pueden ver, esperar tiene algo de parálisis, pero también mucho de fe. Esa relación entre esperar y esperanza resulta poética, pero en la realidad esperar puede tornarse en un hecho frustrante, sobre todo cuando quien espera es impaciente.
La hora venezolana es eso, el tiempo medido según los relojes de los habitantes de esta tierra de gracia, que por lo general tienen 15, 30 o más de 60 minutos de retraso con respecto a la hora legal, así que una reunión de trabajo fijada para las 9 am puede iniciar a las 11 am sin ningún inconveniente, porque tú sabes, es hora venezolana. Y bueno, te la tienes que calar mientras el estómago ruge de hambre, consciente de que el almuerzo está lejos.

Cuando me ha tocado hacer esas filas interminables en los bancos, me preparo psicológicamente para esperar, llevando el libro de turno más otro por si la espera se prolonga, pues me angustia estar allí, solo mirando a los cajeros y tratando de ser amable con los desconocidos que buscan conversación o que se instalan con su monólogo sin que hayas pagado entrada para la función.
Si estoy en la calle y debo esperar sin haberlo planificado, busco algún tema sobre el cual escribir, previa observación del lugar, detallando a las personas o al ambiente. También camino un poco tratando de hallar en mi mente lo que no se me ha perdido o aquello que me pueda sorprender.
En los últimos años, si estoy en mi casa y me toca esperar a alguien para salir, me dedico a tomarme selfies, aprovechando el maquillaje, el pelo planchado y la ropa distinta a la pijama habitual.
En esto de esperar -y desesperarte mientras lo haces- influyen varios aspectos: las condiciones ambientales del lugar donde te toca ver pasar los minutos, la compañía y la gratificación que te pueda traer lo que estás esperando.
Todo es relativo y depende del cristal con que se mire, así que decidir si la espera valió la pena o no, es asunto de cada quien. «Lo bueno se hace esperar», aseguran, y eso tiene algo de verdad, pero no es raro que lo esperado con tantas ansias no cubra nuestras expectativas, convirtiendo el acto de esperar en una experiencia negativa. Por lo pronto, prefiero esperar creyendo y confiando en los otros, me llevo mis chascos, pero qué se le va a hacer.
P.D: La idea de este artículo surgió mientras esperaba en las afueras de un edificio, sentada en las escaleras; tomó fuerza cuando esperaba para entrar a una reunión y se concretó esperando el desayuno.
Ana Cristina Chávez


