Opinión

Miel y Salmuera / Primeras letras

Comparte
image_pdfMira en PDFimage_printImprimir

Por: Ana Cristina Chávez Arrieta

   «Me gusta escribir. Me gustó hacerlo con un lápiz a los seis años, con una pluma fuente a los nueve, con un bolígrafo a los doce y en una máquina verde a los catorce. Hubo un tiempo en que las niñas tomábamos clases de mecanografía. Nos enseñaban a escribir con los diez dedos y teníamos que aprender con acierto el lugar en el que estaban los signos. Aún escribo sin ver el teclado, con la memoria que encuentra la interrogación a la derecha y las comillas a la izquierda. Solo bajo la cabeza de vez en cuando, como una gallina que busca su maíz: las letras.» Así responde la autora mexicana Ángeles Mastretta a la pregunta de cómo escribe. Y si a mí me formularan la misma interrogante, seguro iniciaría de igual manera que ella: «Me gusta escribir», pero ¿desde cuándo lo hago?

   Mis padres guardaron mis primeros textos publicados en un periódico cuando apenas contaba con cuatro años de edad. Sin embargo, ¿realmente fui yo quien plasmó esas ideas en un papel? como toda infante mis letras de estreno fueron puntitos y rayitas para luego evolucionar a pequeños círculos que tal vez mostraba con orgullo. «Tres colores son muy pocos para una bandera» es uno de esos relatos que me bautizaron en el mundo de la publicación, donde puedes ver esas pocas palabras acompañadas del dibujo de una niña de amplia cabellera rizada portando el estandarte tricolor; la antítesis de mi melena líquida que empieza a tornarse rebelde con la crisis hormonal de los cercanos 50 años.

   ¿Cómo escribo y cómo fueron mis comienzos? Si hablamos de soportes tecnológicos cada vez lo hago menos en papel y más usando los teclados de la computadora, la tablet y el celular. Como Mastretta, viví las prácticas escolares de mecanografía con la máquina prestada de mi abuelo materno, un profesor de inglés y teniente de los bomberos que entendía la palabra, la buena educación y el código de vestimenta de las corbatas como una forma de salvar vidas. La marca de esa máquina no la recuerdo, mi memoria no es tan privilegiada como la de la autora de «La emoción de las cosas» (2012), de donde tomé el fragmento del artículo titulado «Así escribo».

   Pero como los recuerdos se van difuminando con el pasar del tiempo, antes de preguntar a mi mamá, prefiero imaginarme cargando ese pequeño artilugio de teclas movibles y rodillo rumbo al colegio, mientras en la clase de las tardes evocaba la vez que a pocos centrímetros del suelo le anunciaba a mis padres que esos dibujos recién creados guardaban dentro de sí breves historias que merecían ser contadas. Por eso y más, amo escribir, aunque me equivoque y siga destrozando la hoja que no supe destrabar de la máquina de mi abuelo.