Miel y Salmuera … La Dedicatoria
Por: Ana Cristina Chávez Arrieta
Tomé el libro mientras pensaba en el autor, sin recordar que estábamos los cinco allí reunidos, juntos y abrazados en una dedicatoria escrita con letras delgadas y finas, que al principio buscaron redondearse pero que prefirieron apuntar al cielo de la página por unos segundos, para finalmente deslizarse serpenteantes y relajadas en la superficie del papel.
Juan Chávez López, Juancito, mi tío de boina y poesía, nos regaló su libro «La tristeza más alta» (Círculo de escritores del estado Cojedes, 1995) como quien ofrece agua en la cuenca de sus manos: “Para Vidal, Luisa, Ana Cristina, Gabo y Luisana, esta alegría de versos bordados en la tristeza que nunca fue.”
Estoy frente a un libro menudo, frágil en apariencia, pero profundo y certero. En él encuentro espacios y personajes conocidos; con el poeta comparto apellido, sangre y afectos, así que parte de sus textos se convierten en mutuos versos/vivencias.
El hogar, como sitio para la vida y el amor, se reconstruye en repetidas oportunidades y cada vez asume una forma nueva, un significado diferente.
En mi casa veneramos la vida,
la dulce sencillez de la madera,
los ancianos,
las muñecas de trapo y los poetas,
el mar con sus azules,
el sol de las verdades,
la lluvia y sus caderas
Los oficios del padre y la madre del autor marcaron su historia personal, se volvieron árboles que rinden frutos y anclan sus raíces de hilos y colchas en el centro del alma.
La casa está que arde
ha muerto mi padre en un certero enero
que se inició tumbando los faroles.
Él fue un capitán
definitivamente asediado por el mar.
Él fue un obrero cristalino
amalgamado siempre con la aurora.
La presencia de Paraguaná se percibe en la añoranza de la memoria, en el recuerdo del niño que fue y que nunca lo abandonó siendo un adulto.
Nací en la tierra
espumosa de ordeñar las cabras
y misteriosa de nombrar adioses.
Había un fogón con fuego necesario
y niñas que se reían
igual a un despertar de rosas.
Había un cerro en el centro,
en el norte, cuentos de aparecidos,
más allá los maizales,
los olivos, los ovejos, los tíos.
Heredero de la ternura y la sencillez maternas, Juan Chávez nos entregó este libro para que tuviéramos presente que la poesía debe tocar todo / todo, hasta la muerte / pero siempre el poeta / se abre al acoso de la vida / esperando un latido en cada verso.
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