Opinión

Miel y Salmuera / La clase de historia

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Por: Ana Cristina Chávez Arrieta

   En el año 1990 vi mi primer mundial de fútbol, conocido como el de Italia 90. Semanas antes una vez al día observaba el álbum de barajitas de mi hermano, y a medida que él completaba las imágenes de los jugadores de cada selección, yo iba armando mi oncena ideal con los futbolistas que a la edad de trece años me parecían más guapos. Para entonces, Italia me resultaba cercana por la pasta y la pizza, pero también por un tío político que tocaba acordeón, conservaba su acento nativo y la mirada del mar mediterráneo.

   En esa época estudiaba bachillerato con un grupo diverso de compañeros y compañeras; como es común en la cultura venezolana y sobre todo entre las personas nacidas en Maracaibo, el chalequeo se viste de apodos fundamentados en alguna característica física especial, en actitudes o hasta en un apellido exótico. La nariz prominente y los ojos saltones de uno de los chicos fueron suficientes para que lo denominaran Gonzo, personaje del programa Los Muppets. Para otro de los estudiantes su apellido Ivanoff pasó a convertirse en strogonoff y cuando el calor arreciaba en las canchas del colegio y el sudor chorreaba a borbotones por su adolescente humanidad lo apodaban Pepe Le Pew, en referencia al zorrillo de las caricaturas de la Warner Bros.

   Igualmente parte del equipo docente tenía su sobrenombre: la profesora que impartía la cátedra de religión era La loca de la cruz; el profesor de castellano, dueño de una pronunciada calva, una barba canosa y un incomprensible entusiasmo al momento de explicar la trama de La Ilíada y la historia de sus personajes, era Aristóteles. Pero había uno en particular que con la distancia de los años aún constituye un enigma para mí, no solo porque era profundamente inexpresivo, sino porque al igual que los docentes que acabo de mencionar solo lo recuerdo por su apodo: Droopy. Él era el encargado de las asignaturas Historia de Venezuela y Cátedra Bolivariana, así que imagínense al académico de baja estatura, hablar pausado en un tono casi inaudible, de tez blanca, ojos claros, párpados caídos, bigote estilo brocha, mejillas colgantes y un andar parsimonioso que sin duda representaba a cabalidad a la figura de las caricaturas, un perrito de aspecto triste y conversación lenta.

   Sin embargo, quienes vimos las comiquitas sabemos que Droopy era astuto y valiente y siempre vencía a sus contrincantes, características que podían intuirse en alguno que otro comentario del profesor durante sus clases y que apoyaba con una leve sonrisa, pero eso no le restaba aburrimiento a las sesiones llenas de fechas y acontecimientos para memorizar que poco les interesaban a nuestras hormonas en ebullición. A pesar de esto, muy a su modo Droopy nos dio la mejor lección de historia del tiempo presente que podré recordar del bachillerato.

   Conmigo estudiaban un hijo de colombianos y una hija de alemanes, ella era seria, disciplinada y ahorrativa, y él era apasionado del fútbol, algo escandaloso y peleador. El martes 19 de junio de 1990, en el horario de la clase de Historia de Venezuela jugaban Alemania y Colombia y mi compañero en esa oportunidad llevó un pequeño radio para escuchar el partido. Como era habitual nos esperaba un encuentro  tedioso consistente en leer en silencio y responder un cuestionario del libro, mientras en Italia celebraban el evento más importante del fútbol mundial que reúne a millones de fanáticos cada cuatro años. Yesid -ese era el nombre del estudiante- le pidió permiso al profesor para encender la radio durante la clase y él aceptó con una sonrisa cómplice pero con la condición que fuera con el volumen muy bajo. Efectivamente, en el salón que albergaba a no más de treinta y cinco jóvenes había un silencio casi sepulcral, con nuestros rostros metidos de lleno en los respectivos libros y cuadernos, pero con los oídos en la lejana señal radial que sintonizaron al final del aula.

   Momentos antes de iniciar el juego, el profesor le preguntó a Gloria a quién le iba, puesto que sus padres eran alemanes pero había nacido y crecido en Venezuela, por ende la puso en la disyuntiva de inclinarse a favor de Latinoamérica o de Europa. Creo que la respuesta de ella fue tan equilibrada como inesperada y es que le daba igual quien resultara ganador. Así que pasamos a las instrucciones de la clase sin más comentarios. Mientras tanto Yesid y un grupo de estudiantes estratégicamente sentados a su alrededor estaban atentos a la narración deportiva, interrumpida en ocasiones por los lamentos de los chicos ante las jugadas fallidas del equipo colombiano.

  Como recuerdan, en las postrimerías del partido los alemanes anotaron un gol, ya en el aula estábamos resignados a la derrota del minuto 88 y la cara del profesor Droopy era una oda a la melancolía. Cuando habíamos perdido todo vestigio de esperanza un grito ensordecedor llenó el ambiente: Colombia -representada por la certera puntería de Freddy Eusebio Rincón-   metió un gol en el minuto 90 y el juego terminó igualado 1 a 1. Un empate con aroma a triunfo que dibujó una sonrisa en nuestro docente. Era la segunda ocasión que Colombia clasificaba a un mundial de fútbol luego de 28 años y la primera vez que pasaba a la ronda de octavos de final.

   Ese día en la ciudad de Milán, al mejor estilo de Droopy, con su apariencia inofensiva y pequeña pero capaz de doblegar a sus rivales cuando se enoja, la selección dirigida por Francisco Maturana sumó un punto y avanzó; al mismo tiempo en Maracaibo, con el sencillo gesto de permitir que un fanático escuchara radio en un aula de clases y fuera parte de los protagonistas de la historia futbolística de un país, mi profesor contribuyó a la unión de los pueblos y a demostrar la importancia de los medios de comunicación en la vida cotidiana, dándonos cátedra como Simón Bolívar y su Correo del Orinoco.