Miel y Salmuera: Florecer, de Maracaibo a Japón

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Como mariposas amarillas, a principios de la semana pasada, las flores de Curarire volaron por las redes sociales de los habitantes de Maracaibo. Los espacios del Jardín Botánico de la ciudad, con sus alfombras color sol, fueron los protagonistas de las más variadas imágenes.

Al igual que en la canción de Simón Díaz, el amor llegó de esta manera y los Curarires florecieron, mostrándose orgullosos, imponentes, felices, frondosos, porque sabían que eran los causantes de cuatro días plenos de belleza.

Un poco antes, al otro lado del mundo, un espectáculo similar se observaba en las calles y parques japoneses: las flores de cerezo, también llamadas flores de Sakura, de un delicado color rosado o blanco, llenaban de entusiasmo a los lugareños.

En Maracaibo y Japón, con 13 horas de diferencia y a más de 14 mil kilómetros de distancia, la naturaleza anunciaba por igual, la llegada de la primavera, agradecía las lluvias iniciales y festejaba la posibilidad de transformarse.

La tierra del sol amada y el país del sol naciente compartieron la misma alegría: ver emerger la vida y la floración de los árboles, pero también despedirla, con la esperanza de un renacimiento.

De manera consecuente, la Pachamama nos sorprende, cada gesto sencillo de un insecto que vuela, el paisaje que nos envuelve, el rocío de la mañana y la brisa fresca en el rostro son motivo de admiración.

El amarillo vibrante de la cadencia marabina y el rosa romántico de la discreción japonesa, se encontraron, coincidiendo por pocos días como cada temporada, recordándonos lo efímera que es la vida y que aun estando en lugares antagónicos, siempre tenemos un elemento común con los otros.

Por eso, José Luis Sampedro propone: «Deberíamos vivir tantas veces como los árboles, que pasado un año malo echan nuevas hojas y vuelven a empezar». Color Curarire o color Sakura, pero volver y coincidir.

Por: Ana Cristina Chávez

La Mañana

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