Miel y Salmuera … El libro como fruto prohibido

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Por: Ana Cristina Chávez Arrieta

Escuchar que una ciudad no tiene librerías es una pésima noticia, y sé que cada vez es más frecuente que en nuestro país desaparezcan este tipo de locales, pero oírlo a modo de lamento, de parte de un joven lector y escritor que seguro estará lleno de ansias por vivir la experiencia de recorrer las estanterías, mirar los textos en oferta y hasta tocar y hojear por largo rato el libro que quisiera poseer pero que su bolsillo no le permite, es aún más terrible.

   Las ventajas de las bibliotecas digitales y del acceso a libros en línea son innegables, pero mantener una relación a distancia por videollamadas no se puede comparar con la oportunidad de tocar, sentir y oler a la persona que amas, sudando con ella piel a piel, porque el libro puede convertirse en eso, en un amante, en objeto del deseo y en fuente de placer. Aunque a través de la pantalla puedes disfrutar por igual de una buena historia o de la fuerza de unos versos bien escritos, es ese poder del tacto, del relieve del papel, de la presentación del libro en sí mismo, lo que puede marcar la diferencia.

   Imagina una manzana, roja toda ella, brillante, con forma de corazón, allí delante de ti, completamente hambriento(a) y sediento(a). Observas la manzana y se te hace la boca agua, salivas, cierras los ojos, la sostienes en tus manos, sientes la lisura de su exterior, sin imperfecciones, la hueles, memorizas su aroma, le das un mordisco lo suficientemente grande como para tomar un bocado pulposo, en donde el jugo frutal se desprende ligeramente. En ese bocado dulce, suave, el líquido azucarado recorre tu lengua, se desliza delicadamente, lo saboreas un rato, no quieres que se acabe pero te resignas y abandonas a la suerte de tu garganta, el trozo deliciosamente diluido. Muerdes otro bocado, disfrutas la repetición de sensaciones hasta satisfacer tu apetito, porque tienes hambre pero también deseas gozar la experiencia de alimentarte. Sin embargo, ocurre que la manzana es solo una imagen en una pantalla. Está allí, de otra manera, quizá se acerque mucho a la realidad y active tus sentidos, pero a la vez sabes que no es tan tuya como debería. Algo así pudiera suceder con los libros digitales.

   Por lo tanto, volver a una librería luego de cierto tiempo siempre es una aventura. Los éxitos de wattpad plenan los anaqueles. Esta plataforma digital de autopublicación es la actual referencia literaria para los jóvenes, quienes semana a semana, esperan un nuevo capítulo de las historias que siguen con entusiasmo. Las casas editoriales han identificado un gran potencial de negocio en estos escritores y le han brindado la oportunidad de publicar libros en físico.

Pese a esta tendencia, Paulo Coelho continúa reinando en las mesas y vitrinas de la librería que visité, sus ejemplares se toman de la mano con cuánto libro de autoayuda existe y aquellos «escritos» por las influencers de moda como Lele Pons. Asimismo, Harry Potter está bien expuesto, mientras dos libros de Haruki Murakami no estaban tan a la vista, al igual que «El infinito en un junco», de Irene Vallejo, cuyo único ejemplar en exhibición se encontraba casi escondido. Una interesante edición de Drácula se ubicaba en la parte inferior de un estante, al ras del piso, y Rayuela, de Cortázar, en una esquina de la vidriera, porque los lugares privilegiados eran para autores de wattpad, al parecer más atractivos para el público.

   Luego de un análisis exhaustivo de mis cuentas bancarias, de las deudas pendientes, del cronograma de pagos de los aguinaldos en el sector público y de qué tan vacía estaba mi nevera, compré un libro. El último que había adquirido fue durante la Filven 2020 en la ciudad de Coro, porque muchos de los leídos recientemente los he descargado de la web o pertenecen a la antigua biblioteca familiar.

   Como muchas actividades, comprar un libro en Venezuela es casi un lujo, aunado a la reducida cantidad de librerías que existen, porque de bodegones y supermercados sí sabemos, pero espacios para la cultura poco vemos. De este modo, recorrí los pasillos de la librería con mi tesoro bajo el brazo, soñando que compraría tal o cual texto además de ese. Le daba calor o él me brindaba el suyo a través de la cubierta de plástico que lo protegía, nos sentíamos deseosos, con ganas de tocarnos, olfatearnos, bebernos. Finalmente aquí estoy, no solo imaginándome la manzana o viéndola en una pantalla, sino a punto de comérmela y gozármela bocado a bocado, con ansias pero conservando la delicadeza de una flor de cerezo en la primavera de Japón.