Los candidatos, por Ana Cristina Chávez A.
Miel y Salmuera
En dos meses tendremos unas nuevas elecciones en Venezuela, como si no fuera suficiente el difícil proceso de decisión (sin CNE de por medio) por el que atravesamos a diario los habitantes de este país, acerca de qué comprar para que medio rinda la comida y satisfacer el resto de nuestras necesidades, porque no solo de pan vive el hombre. ¿Como o me aseo?, ¿como o tengo para limpiar la casa y la ropa?, ¿me alimento o solo engaño al estómago?, ¿compro comida o arreglo el equipo electrónico que se me dañó?, ¿como o me visto y reparo los zapatos rotos? (Sin olvidar los medicamentos y algo tan vital como es la recreación). En fin, las elecciones cotidianas de la vida ya son bastante complejas para tener que pensar además, en unas parlamentarias y cómo se podrá legislar en una nación donde entre gallos y medianoche sacan una “ley constitucional” de debajo de la manga.
Las campañas electorales, muchos años antes de las redes sociales y la pandemia, se prestaban para diversas situaciones y lemas: hombres que sí caminaban, iban de frente y daban la cara; candidatos que mostraban sus capacidades atléticas saltando charcos, otros que se ufanaban de sus habilidades para los refranes, unos que mostraban su carisma y cualidades vocales entonando rancheras, corridos o música llanera. Unos pocos exhibían su don de aguante para dormir en un rancho cerro arriba, lejos de la comodidad de su hogar, entre otras bondades, atributos y súper poderes que frecuentemente afloran en los candidatos en tiempos de campaña. Segura estoy que los más avezados en materia electoral tendrán numerosas historias y anécdotas que contar en torno a la propaganda política usada en el país.
La dictadura del instagram y tuiter ha sustituido en gran parte a los medios tradicionales como la radio y la televisión, y por lo visto hasta ahora, el muro de facebook prevalece sobre las paredes de calles y avenidas, para publicar diversos post en lugar de hacer pintas, cuestión que agradece el ornato urbano, pues las paredes de las ciudades y pueblos históricamente son las más perjudicadas durante las campañas electorales. Así, las redes sociales ayudan a posicionar en el imaginario colectivo las figuras de los aspirantes a un curul, cargo de gobierno o silla presidencial.
No hay mucha diferencia entre cargar bebés, besar viejitas, regalar bicicletas, repartir alimentos a pie mientras sudas como un carretillero, o llegar montado en un camión cargado de bombonas de gas a ese pueblo de aspecto fantasmal, producto del olvido en el que lo tenían sus gobernantes. Y si hablamos de la misoginia, machismo exacerbado y comentarios denigrantes para atacar al adversario y no procurar el debate de las ideas, no terminamos nunca. Porque nos consta que los candidatos tienen lengua para hablar y embarrarla bastante; pero cerebro, formación e ideología, no sabemos.
Así, las personas van conociendo a políticos de oficio junto a los aspirantes a ingresar a ese mundillo, por lo que al transcurrir los días, la gente se pregunta quiénes son los candidatos perfectos para darles su voto de confianza. ¿Serán hombres o mujeres?, ¿rubios, morenos, altos o bajitos?, ¿de escaso cabello o con sedosa melena?, ¿robustos o delgados?, ¿serios o de risa fácil?, ¿carismáticos, mala sangre, o sin chocancia?, ¿responsables o descuidados?, ¿falsos y oportunistas?, ¿trabajadores o echa carros?, ¿revolucionarios, de oposición, o acomodaticios?, ¿que conformen un equipo de gente dedicada y laboriosa, o que integren un combo de habladores de pistoladas?
¿Quién lo sabrá?, ¿cómo serán?, ¿de
dónde vendrán?, ¿serán de La Habana?, ¿serán de Santiago? tierra soberana. ¡Ah!
no, no, no, esa es otra canción… disculpen. Las dudas persisten y una ya
no sabe qué pensar. Pero como siempre ando de atrevida o más bien peco de
ingenua e ilusa, tengo varias noches imaginándome al candidato ideal, esa
persona que reúna las mejores cualidades para ocupar un cargo de relevancia y
con alto nivel decisorio, tanto en el parlamento nacional, como en cualquier
escenario, bien sea la presidencia de una junta de condominio, una vocería de
un Consejo Comunal, la gerencia de una empresa, la dirección de una alcaldía,
un despacho ministerial o la Presidencia de la República.
Mi candidato ideal tiene que ser en
primer lugar, echao pa´ lante, es decir, que asuma retos sin temores y que sea
capaz de enfrentar obstáculos haciendo gala de su constancia. También debe
responsabilizarse de sus palabras y acciones, las cuales deben ser cónsonas
entre sí. Ya estoy cansada de esa pobre gente que se la pasa prometiendo villas
y castillos o criticando a diestra y siniestra, pero que no cumple lo que
promete y mucho menos, brinda soluciones adecuadas. Mi candidato perfecto
no puede ser una persona oportunista, pero sí debe saber reconocer las buenas
oportunidades para lograr el crecimiento y desarrollo del colectivo que guía.
Debe pensar siempre en el bienestar común antes que en el propio, actuando con
una visión de conjunto y de progreso.
No puede aliarse -y mucho menos
arrodillarse- ante el patrono, los imperialismos o cualquier forma de poder
autoritario y antidemocrático. Por supuesto, debe ser honesto, ante el mundo y
sobre todo consigo mismo. No puede andar con medias tintas ni ser un lame
suelas complaciente con el que llame “su jefe”.
Mi candidato idóneo tiene que ser
auténtico, confiable, respetuoso y fiel a sus ideales. No debe venderse al
mejor postor ni colgar los guantes ante el primer problema que se le presente. Tampoco
debe creer que al ocupar el cargo por el cual fue electo, solucionará todas sus
dificultades económicas y mejorará sus finanzas. Mi candidato de ensueño debe
poseer visión estratégica y tener clara la misión que le encomendaron; por
tanto, no puede enterrar el pasado pretendiendo que los electores olviden que
ya una vez confiaron en él, pero que los defraudó cuando renunció a sus
responsabilidades, exhibiendo así, una manifiesta falta de compromiso con el
colectivo. “Voten por mí, esta vez sí cumpliré con mi palabra y trabajaré.
Les juro que no los voy a abandonar para enfocarme solo en mi lucro personal y
en el de mi flamante esposa trofeo bien repotenciada…”
Para mí, el mejor candidato a ocupar un cargo de representación popular, debe
ser ante todo, revolucionario de hecho y de palabra; que vaya a la raíz de los problemas,
al origen de la crisis, que no tenga miedo de enfrentarse contra la corriente y
fijar posición soberana. EI candidato idóneo, que puede ser tanto una mujer como
un hombre, o estar en las filas de la sexodiversidad, tiene que vestirse de
pueblo, de masa que lucha por el bienestar común. Sé que el asunto no es fácil,
por eso, mientras realizo mi respectivo examen de conciencia rumbo a las
próximas elecciones nacionales, los invito a elaborar un listado personal que
les permita dibujar con exactitud al candidato o candidata perfectos para
ustedes, aunque sea para pareja sentimental. ¿Será que exijo mucho y eso
explica mi eterna soltería?, ¿serááááá?, ¡nos seguimos leyendo!


