Letras al azar, por Ana Cristina Chávez
— Abrázame en cada respiro, me pediste vía telefónica.
— Te abrazo en cada latido de tu corazón, respondí.
Y así nos abrazamos en la distancia, como tantas veces lo hicimos mientras estudiaba al otro lado del mundo.
Nunca antes estuvimos tan cerca como ahora, cuando sentiste que la vida se te iba en cada bocanada. Soy tu oxígeno, te dije mil veces. Te regalaría mis pulmones, mi pecho, mi hombro, así como tú me diste tu carne, tu sangre, tu alimento, para verme crecer dentro de ti. Respiraremos juntos y saldremos de ésta. Y respiramos, y salimos, latimos y vivimos.
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Madre es pequeña, de pelo ensortijado y mirada franca, yo soy alto, con cabeza al rape y tatuajes desde el hombro izquierdo hasta la muñeca, en una maraña decreciente que ella siempre ha odiado.
— Tu brazo es como una jungla, está lleno de animales, colmillos y serpientes, pareces de todo menos un escritor, me increpa, mientras sacude su falda hindú y sus sandalias llenas de tierra. Ella acostumbra a pasar el día en lo que llama su santuario, un jardín un poco extraño, con piedras formando círculos, una hilera de suculentas de todos los tamaños y colores y helechos colgados de un techo improvisado al lado del garaje.
Un tatuaje del que ahora se arrepiente, se asoma insinuante en su espalda. De ella heredé su espíritu rebelde recientemente apaciguado con la edad y la sensibilidad de percibir el mundo a través de las marcas de mi cuerpo.
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Mis manos encanecidas en la espera del hombre perfecto,
se conocen de memoria mis valles y montañas.
Mi rostro ajado por el tiempo, sin la frescura de los 20,
con la impaciencia de los 40.
Que nada me turbe,
repito como mantra diario.
Sodoma y Gomorra me rodean, anciana prematura,
olvidada en la banca de la estación del tren.
Obvio palabrerío, necia decrepitud,
arrepentida del viaje sin rumbo fijo que me trae de vuelta como perdedora,
sin nada más en el bolsillo
que el polvo vencido de la vida.


