La muñeca de las Piñerez, por Isaac López
Entre los emigrantes colombianos llegados a Paraguaná en el siglo XIX, después de la Guerra de Independencia, figura Manuel Piñerez. El cronista Juan C. Esteves señala que procedía de Cartagena, era médico cirujano y arribó a la península en 1855, siendo un joven de 22 años. (Juan C. Esteves. Cronista de la tierra Paraguanara, 2008: 61) El Expediente del pleito entre los poetas Justiniano Madriz y Telasco Sierraalta, de 1885, contradice lo señalado por Esteves. El documento señala a Piñerez como «empírico», ayudando al médico Juan Antonio Sandoval en el reconocimiento de heridas. (Archivo Histórico de Paraguaná, Fondo Registro Subalterno, Año 1885, subcarpeta 1, fol. 2)
Ese altercado entre Madriz y Sierraalta ocurrió en la hoy calle Falcón de Pueblo Nuevo, al lado noroeste de la plaza, justo a la salida hacia el pueblo de El Vínculo, el sábado 31 de octubre de 1885. Allí los poetas se agarraron a tiros y a garrote limpio. Al ser de mayor gravedad el daño causado a Sierraalta, éste fue llevado a la casa de Manuel Piñerez para las curaciones requeridas. El inmueble estaba ubicado detrás de «la casa pública», en el mismo lugar donde años después estuvo el hogar de la maestra Nidya Chirinos, y hoy es un espacio vacío, lleno de monte y basura.
Al parecer trajo a algunas de sus hermanas a vivir con él desde Colombia, y también casó varias veces Manuel Piñerez, por lo cual su familia fue profusa. Su primera esposa paraguanera fue Manuela Delgado García, hija de Manuel Delgado y Aurelia García, y por tanto copropietaria de la casa de hato «La Boca de Carajaima». De esa unión nacerían sus hijos Eusebio, Ana María -casada con el editor coriano Eugenio Blanco Salzedo-, Graciano, Sansón, Consuelo, Reyita, Edelmira, Celia y Delfina (Virgilio Arteaga. Médano, 12 de julio de 1997, p. 16). Al ser la mayoría mujeres, entonces se le llamó «la casa de las Piñerez».
La casa de las Piñerez se distinguía por la profusión de adornos. Emigrantes colombianos, como ya se ha dicho, tenían una variedad de objetos que llamaban la atención de quienes les visitaban o de los transeúntes que frente a la morada pasaban. Relojes, floreros, manteles, mesitas con infinidad de adornos, cuadros de paisajes o ninfas. Porcelanas y finos cristales eran el deleite en aquel pueblo de finales del siglo XIX.
Pero el gran atractivo, lo que más llamaba la atención de la casa de las Piñerez, era una hermosa muñeca de ojos azules de vidrio y larga melena, a la cual le cambiaban traje e implementos cada día, y que por espacio de unas horas -como si de una niña de verdad se tratara- sentaban en un mecedor en el zaguán de entrada.
Todas las tardes los pobladores saciaban su curiosidad pasando frente a la casa y viendo la muñeca. El juguete se convirtió en un atractivo especial. Las Piñerez se afanaban y progresivamente los cambios eran más llamativos. Sombreros y pamelas, lindos trajes y capas bordados adornaban aquella hermosa muñeca de porcelana que durante un buen tiempo fue la atracción del lugar. La fama se extendió a otros pueblos de la comarca, y desde varios puntos venían a ver aquella maravilla. Largo rato duró la estela del perfume de la muñeca de las Piñerez.
Desde entonces, es decir, desde hace unos cien años, cuando a una muchacha de Pueblo Nuevo o de Paraguaná se le encuentra elegantemente vestida se le dice: «Estás más pulía que la muñeca de las Piñerez».
Tradición oral de un pueblo, cultura y vivencias que se repiten de generación en generación.


