La gran contradicción, por Omar González Moreno
Nicolás Maduro preso, Delcy Rodríguez gobernando representa la gran contradicción venezolana
Venezuela protagoniza una de las paradojas más desconcertantes de la historia política.
Nicolás Maduro está preso en Nueva York, enfrentando graves acusaciones judiciales, mientras su vicepresidenta y cómplice de la destrucción y saqueo de Venezuela, Delcy Rodríguez, continúa gobernando desde Miraflores con buena parte del aparato político, institucional y represivo que sostuvo al chavismo durante casi de tres décadas.
Esta es la contradicción fundamental de una transición que, nueve meses después de la captura de Maduro, todavía no ofrece respuestas definitivas sobre el restablecimiento de la democracia.
Esto demuestra que los regímenes autoritarios y corruptos no desaparecen necesariamente con la salida de sus principales dirigentes.
Sobreviven mediante sus estructuras de poder, sus intereses económicos, sus mecanismos de control y la capacidad de sus élites para adaptarse a nuevas circunstancias.
Delcy Rodríguez representa precisamente esa continuidad. No es una figura inocente al régimen corrupto y violador de los derechos humanos anterior. Fue protagonista de sus principales decisiones políticas y económicas y una de sus más importantes representantes internacionales.
Resulta, por tanto, legítimo preguntarse ¿puede dirigir una auténtica transición democrática quien fue parte fundamental del sistema que debe transformarse?
La respuesta no depende exclusivamente de las personas, sino de los hechos.
Una transición verdadera exige independencia, desmantelamiento de los mecanismos de persecución política, liberación de todos los presos políticos, garantías para el regreso de los exiliados y, fundamentalmente, elecciones presidenciales libres.
Nada de eso puede sustituirse mediante acuerdos petroleros y de otros recursos, concesiones económicas o entendimientos diplomáticos.
Washington puede negociar petróleo con Caracas. Puede contribuir a estabilizar la economía venezolana y promover inversiones. Pero ningún acuerdo internacional reemplaza la soberanía popular.
El petróleo puede comprar estabilidad económica -que no es el caso en Venezuela- pero jamás legitimidad democrática.
Existe, además, otra contradicción difícil de explicar, como es que mientras Maduro enfrenta a la justicia estadounidense, su cómplice principal establece acuerdos con el mismo gobierno que ordenó su captura.
Son preguntas que merecen respuestas transparentes.
Mientras tanto, María Corina Machado continúa enfrentando obstáculos para regresar a Venezuela, persisten denuncias de persecución política y el país sigue sin una fecha concreta para elegir a su presidente.
La provisionalidad no puede convertirse en una forma permanente de gobierno.
Una transición sin calendario electoral corre el riesgo de transformarse en una interminable sala de espera, donde cambian los discursos, se multiplican las negociaciones y permanecen intactas las estructuras fundamentales del poder.
Venezuela necesita estabilidad, pero también libertad. Necesita inversiones, pero igualmente instituciones independientes. Necesita reconstrucción económica, pero, sobre todo, recuperar el derecho a decidir su destino.
La gran pregunta ya no es cuánto tiempo permanecerá Maduro en una prisión estadounidense ni cuánto tiempo continuará Delcy Rodríguez en Miraflores.
La interrogante verdaderamente trascendental es cuándo volverán los venezolanos a ejercer plenamente su soberanía.
Porque la democracia no consiste simplemente en cambiar de nombre, sino en devolver el poder a los ciudadanos.
Maduro está preso. Delcy en el poder. Y Venezuela continúa esperando una transición que no puede reducirse a cambiar de administrador sin cambiar el sistema.
La caída de Maduro fue un acontecimiento histórico. La democratización de Venezuela sigue siendo una tarea pendiente.
Sin mas que agregar, nos leemos la próxima semana.
Por Omar González Moreno


