Ecos de Occidente: Una mirada a la historia de Dabajuro
Una estirpe admirable marca el inicio de la historia de Dabajuro. Los indios Caquetíos moldearon en cada pieza de barro la esencia de este pueblo. Dabajuro según su toponímico significa “loza de barro” haciendo referencia a la labor que por excelencia realizaran sus primeros habitantes.
Existieron grandes hornos dispuestos a la elaboración de artesanía utilitaria de las comunidades indígenas. De allí surge la serie Dabajuroide, que se exhibe con orgullo en algunas salas y museos de Venezuela y de la cual quedan muchas piezas por descubrir.
Con la colonización pasa a ser hato de producción, entre cuyos dueños perteneció a la Mantuana Rosa de Quevedo, por ello aparece un mapa publicado en España por Don Juan López donde este poblado tiene el nombre de Quevedo.
Asi mismo, según el Profesor Adrián Hernández Baño existe un titulo expedido en 1594 por el entonces Gobernador Diego de Osorio donando unas tierras en un asiento de Hato en las Sabanas de Dabajuro a favor del Capitán Diego Gutiérrez y sus yernos.
La totalidad de las tierras que actualmente son el occidente falconiano conformaron una distribución territorial extensa llamada Cantón Casicure. No existe asentado un registro de la fundación de Dabajuro, siendo solo hasta 1773 cuando surge Dabajuro a la vida nacional cuando es nombrada parroquia eclesiástica por el Obispo Martí en su visita a Borojó, tomando en cuenta que la familia Millano tenía un oratorio al frente de su hato, situado en lo que hoy es el centro de Dabajuro.
Como la mayoría de los pueblos de Venezuela, Dabajuro tuvo las vivencias del trabajo agrícola, comercial y el auge petrolero.
Dabajuro perteneció al Distrito Buchivacoa, siendo el 24 de septiembre de 1987 cuando gracias a una gran lucha emprendida por todo el pueblo se proclama Dabajuro como Municipio Autónomo, gesta que apertura el impulso definitivo hacia el progreso.
Dabajuro experimentó a principios de la primera década de este siglo uno de los crecimientos poblacionales más importantes de Venezuela. Hombres y mujeres con profundos valores y amor al trabajo son sin duda el mayor patrimonio de esta tierra.
Redescubriendo entre las publicaciones del maestro Rogerio Espinosa, quien supo interpretar el futuro de Dabajuro concatenando su pasado y presente, podemos ver un nuevo enfoque para nuevos tiempos a puertas abiertas:
«Dabajuro espera, no oculto, atisbando con esquives y malicia, la llegada del enemigo aleve, sino, oteando el acercamiento de las huestes del progreso que han de traerle la curnocopia de abundancia, como verdadera reivindicación para su futuro vivir, con cielos despejados, aureolas de plena luz febea y horizontes desmarcados y claros que lo sitúen en el sitial que realmente se merece».
Posdata para esquivar el olvido:
Hoy decidí plasmar un resumen de la historia de Dabajuro con la intención de invitarles a superar esta dolorosa amnesia generacional.
Espero sean portavoces de lo que somos. Puedan decir con orgullo que los indígenas dabajuroides hicieron las mejores piezas utilitarias del país en barro; contar sobre un Cine Bolívar que fue al mismo tiempo un medio de comunicación excepcional en Venezuela solo con un megáfono; que hubo una botica llamada «La Indulgencia” en la hoy «Casona» que es la misma «Casa de la Humildad» que Don Deogracia Gutiérrez construyó bajo su administración y dónde quizás haya un túnel.
Que una de las diversiones de los muchachos de otrora era bañarse en «El tanque de agua”; hasta hace unos 25 años no dormíamos pensando en que nos iba a salir La Llorona y que en semana santa nos prohibían pelear entre hermanos porque según «las pailas del infierno se abrían”; contarle a nuestros hijos que hubo una casa llamada «El Cielo”; que las «veladas artísticas» eran auténticas manifestaciones de una cultura contemporánea impecable, con una plaza Bolívar que es lugar común tan excepcional en el sentir del corazón de un dabajurense y que cada 13 de junio es sagrado para vernos.
Hemos tenido 3 Retornos a Dabajuro cada 25 años y hay tradiciones únicas en el país como la forma de llevar la «procesión del Nazareno”. Tenemos lugares y personajes que nos robaron el cariño gratis y eterno, sin tener líneas ya para escribir sobre «cepillados de Ñañai» o «los perros de Gabino» porque solo con pensar en este esbozo sé que voy comenzando un nuevo peldaño en la meta de no olvidar lo que somos.
Lourdes Díaz Güerere


