“Dios y el mundo”

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Seguir a Jesús hoy (I PARTE)

Espiritualidad del seguimiento y la imitación. Cuando hablamos de espiritualidad, nos referimos a un modo de vivir según el Espíritu. Fíjese bien que no hablamos de un modo de hacer oración o de creer, vamos más allá, porque la espiritualidad abarca todas las dimensiones de la persona: su cuerpo y afectos, sus relaciones y palabras, sus pensamientos y todas las acciones. No hay un solo rincón de nuestra vida que no sea movido por eso que llamamos  espiritualidad y esto porque somos espíritus encarnados.

Ahora bien, existe un modo concreto de vivir la propia existencia a la luz de una persona y sus opciones fundamentales, Jesús de Nazaret, su vida es para nosotros norma fundamental y camino seguro de crecimiento y madurez. Y en relación con él, han existido históricamente dos paradigmas de espiritualidad: la imitación y el seguimiento. Ambos paradigmas se complementan y fusionan, pero se distinguen el uno del otro.

Hablemos de la imitación. Imitar significa reproducir algo tal y cual un original o prototipo. Vivir una espiritualidad de la imitación, consiste en reproducir en la propia vida los rasgos fundamentales de Jesús, sus acciones, palabras y hasta gestos. Es hacernos copias de Jesús. En este paradigma, la fidelidad consiste en la exactitud con la que se copia el modelo original, cualquier cambio es visto como tergiversación o desviación. El peligro que  se corre con este tipo de espiritualidad es doble: por un lado, se tiende a hacer rígidas las respuestas y la vida, porque es muy difícil que Jesús haya podido responder a todas las circunstancias que  le rodeaban y que nosotros demos siempre las mismas respuestas que él dio. Por otro lado,se puede caer en un anacronismo, es decir, que nosotros busquemos dar respuesta hoy con las mismas palabras y opciones de ayer. Sin embargo, siguen siendo válidos algunos ejes universales: la opción por los pobres, la primacía de Dios en la vida, el amor como ley fundamental, la encarnación como método de salvación, el amor entrañable como distintivo del discípulo de Cristo.

Hablemos del seguimiento. Seguir significa ir detrás de una persona haciendo el propio camino. Aquí es fundamental la correlación histórica. El que sigue, imita a Jesús en sus opciones fundamentales pero hace una fusión de horizontes: pasado y presente. Es decir, a partir de la opción hecha por Jesús ayer, se hace una opción hoy. Con respuestas para el hombre de hoy. Esto exige flexibilidad y mucha creatividad. En este paradigma, la fidelidad no consiste en la repetición exacta del pasado, sino en la correlación del presente, hacer hoy lo que Jesús haría. Es fidelidad a Jesús y fidelidad a los nuevos tiempos. Es hacer significativo a Jesús para la humanidad de nuestro tiempo. Esta espiritualidad es mucho más exigente que la de la imitación, porque exige un proceso de continuo discernimiento y un conocimiento profundo del evangelio y de Jesús para poder descubrir la voluntad de Dios y realizarla.

¿Por qué seguir a Cristo? En las diversas narraciones de las llamadas de Jesús a sus discípulos, varias veces aparece la invitación de Jesús a seguirlo. Imaginemos a Jesús de camino hacia. Es ésta la idea que tienen en la mente los evangelistas, un Jesús dinámico, en movimiento constante. Juan lo resume en ese viaje del Verbo: la palabra que desde la eternidad estaba en el Padre, acampó entre nosotros para transmitirnos esa vida divina y hacerse camino al padre, y luego regresa donde su Padre llevando consigo a todos aquellos que han creído en él y lo han seguido en ese camino de glorificación. Los evangelios sinópticos (Marcos, Lucas y Mateo) ven a Jesús camino de la cruz, toda su vida y opciones vienen dadas por el misterio de la cruz y su contracara que es la resurrección.  La invitación al seguimiento es una manera de explicitar la fe. Seguir a Cristo es ante todo la fe hecha obra, es obediencia gozosa a la llamada del Señor. Es una vinculación y alianza estrechas entre el Señor que llama y el discípulo que responde ofreciéndose a él y a la humanidad como lo hizo Cristo, desde la cruz y el sacrificio de todo cuanto se tiene y se es, para que todos sean salvados y tengan vida eterna.

El seguimiento de Cristo es la condición indispensable para la felicidad de toda persona humana. Recodemos aquel pasaje del encuentro de Jesús con aquel hombre rico (Mc 10, 17-30; Lc 18, 18-23; Mt 19, 16-26) la escena nos remite a un hombre bueno y fiel cumplidor de los mandamientos de Dios que va tras Jesús buscando una novedad, porque, probablemente, aunque se encuentra bien, no llevaba dentro de sí la plenitud; Jesús reconoce su bondad, pero ve en él un hombre  aferrado a sus  seguridades, incapaz de desprenderse para ser feliz; convencido de que iba caminando bien y le faltaba sólo algún detalle. Ese detalle que busca es lo que Jesús le ofrece y no está dispuesto a aceptar: “ve y vende lo que tienes, dáselo a los pobres y luego, ven y sígueme”. Aquel hombre viendo sólo lo que iba a dejar, no  percibió la profundidad de a quién iba a ganar: a Jesús. Por eso, el rico se hace pobre aunque conserve su riqueza; esta riqueza se transforma en pobreza al vaciar su corazón y encerrarlo en las murallas de la indiferencia y de  la idolatría del poder. Ese desprendimiento era la condición sin la cual no era posible seguir a Jesús; y es que a Jesús se le sigue desde la pobreza y la mendicidad, para alcanzar la inmensa riqueza que es él mismo. Jesús le ofrece la libertad y él prefiere seguir siendo un esclavo de aquellas seguridades que le oprimen haciéndole creer que es libre y sin las cuales él se siente desamparado e infeliz. Su dependencia de cuanto tiene es una esclavitud mortal. Al rechazar la propuesta de Jesús, la conclusión es lógica: se queda lleno de nada y vacío, pues ha dicho no a la vida, que es Jesús. Rechaza la propuesta de ser señor para seguir siendo esclavo de las cosas y del dinero, de sus inclinaciones básicas.

Pbro. Gilberto García

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