Dios y el Mundo: Dios aniquilará la muerte y la enfermedad para siempre
Desde los primeros días del mes de enero han aumentado los casos de contagios por el COVID-19. Esta enfermedad engendra angustia, dolor y muerte a su paso, de allí que muchos se preguntan si es un castigo de Dios o si Él verdaderamente actúe en favor del hombre, si escucha nuestras oraciones.
Como sacerdotes, en nuestra labor de pastores de almas, asistimos a las personas en sus enfermedades espirituales y físicas. Conocemos las huellas tan dolorosas que la enfermedad imprime en la carne del enfermo, en su alma y en la de cada familiar y quienes les asisten. Nuestra condición de confesores y directores espirituales, hacen de nosotros unos nazarenos vivientes, en cuanto nos hacernos solidarios con la cruz de los enfermos y atribulados.
¿Qué decir de nuestro acompañamiento a las personas ante la muerte? Allí donde la ciencia médica no logra decir nada, donde las palabras humanas carecen de sentido, el sacerdote dirige los ritos de las exequias de los difuntos y brinda una Palabra que no es suya, que es Palabra de Dios, la única capaz de dar respuesta al dramático misterio de la muerte.
Como familia presbiteral (diáconos, sacerdotes y obispo) experimentamos en carne propia la enfermedad y la muerte. En el transcurso de ocho días la Arquidiócesis de Coro ha sentido la dolorosa partida de dos sacerdotes, pastores amados por su pueblo, tomados de entre los hombres y constituidos a favor de los hombres en las cosas que se refieren a Dios, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados (Cf. Hb 5, 1).
También los sacerdotes –como cualquier otro ser humano– pueden enfermar y morir a causa de la pandemia. Esto no significa que Dios nos castigue con la enfermedad, lo que supondría concebir a Dios como un ser malvado que infringe sufrimiento. Gran parte de su ministerio Jesús lo dedicó a curar a los enfermos, lo hacía incluso en Sábado (en el cual no se podía hacer ningún tipo de trabajo) porque para Él la salud y la vida son una prioridad (Cf. Lc 14, 2-5).
Jesucristo no es indiferente ante la enfermedad, Él es el Buen Samaritano que se acerca para curar nuestras enfermedades y sufrimientos. Porque Él es el primero en querer aliviar y curar la enfermedad del hombre, queda claro que la enfermedad no es un castigo que Dios imponga, sino una situación que acontece en el hombre a causa de la irrupción del pecado en el mundo. Ya en el Antiguo Testamento “Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal” (Catecismo de la Iglesia Católica 1502).
Pero, aunque Dios no nos envíe la enfermedad y la muerte, ¿por qué las permite? ¿Dónde quedan las oraciones hechas por la salud de los que Dios no libró de la muerte? Podemos y tenemos la oportunidad de mostrarnos quejumbrosos como Job ante los males. Por eso, pudiéramos decir también ahora, con lágrimas en los ojos: Señor, si hubieras estado aquí nuestros hermanos sacerdotes no habrían muerto (Cf. Jn 11, 21).
No es pecado quejarse con Dios ante la desgracia, ante la muerte, ante la enfermedad. Jesús en la cruz dijo a su Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; Mc 15, 34). Lo mismo que Marta, ante la muerte de su hermano Lázaro, Jesús experimenta la ausencia de Dios ante la inminencia de su propia muerte. Jesús ha reclamado la presencia de Dios, Marta la de Jesús, Job casi pelea con Dios por sus desgracias, nosotros…
Si nos quejamos ante Dios, si le reclamamos a Él, nos estaremos dirigiendo al lugar y a la Persona indicada. Únicamente Él puede dar la respuesta. A Marta le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Jesús es la respuesta al enigma de la muerte, puesto que “con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida” (Catecismo de la Iglesia Católica 1067). Aunque la muerte siga siendo incomprensible para nosotros sabemos que en Jesús está la vida verdadera, una que trascienda nuestra vida terrena, “en este valle de lágrimas”.
Por eso, frente a los últimos acontecimientos que vivimos como Iglesia arquidiocesana, junto a la familia de nuestros hermanos difuntos, y también unidos por los vínculos de la fe a quienes ya se nos adelantaron a nuestra verdadera Patria –el cielo– no podemos sino acoger con fe la Palabra que nos dice: “aniquilará Dios la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país – lo ha dicho el Señor–” (Is 25, 8).
No perdamos la fe, antes bien, entreguémonos en las manos de nuestro Padre celestial como Jesús en la cruz” (Cf. Lc 23, 46). Procuremos cuidarnos y guardar todas las medidas de bioseguridad, pero sobre todo, no dejemos de orar, de creer en Dios y en su Hijo Jesucristo que nos dice: “todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente” (Jn 11, 26).
Pbro. Alberth Márquez


