Dios y el mundo
La fe vence las pandemias
¿Qué papel puede cumplir la fe ante las pandemias del hambre, la enfermedad y la corrupción que nos azotan? Los hombres y mujeres creyentes que nos presenta la Biblia (Abraham, Job, María de Nazaret…) y la vida de nuestros beatos (Carmen Rendiles, Candelaria de San José, María de San José y José Gregorio Hernández) revelan que la fe es una fuerza interior que vence los problemas más difíciles, otorgando paz y esperanza.
Vivimos un momento trágico como humanidad. Es tan dura la realidad que nos hace preguntar dónde está Dios en este tiempo de pandemia, cuestionando nuestra fe. Para nosotros, venezolanos, la situación es más grave, basta señalar brevemente tres de las pandemias que nos flagelan para traer a la vista lo que no necesita anteojos:
El hambre y la mala alimentación. Para nadie es un secreto que son poquísimos los venezolanos que hoy se alimentan tres veces al día. La pandemia del hambre está alojada en nuestras casas desde hace mucho tiempo y de manera silenciosa ha minado y sigue minando las fuerzas, la salud y la vida de niños, jóvenes y adultos.
La enfermedad. Siendo una condición humana que en sí misma implica sufrimiento, se convierte para el venezolano en algo deshumanizante cuando postrado en la cama de un hospital –si consigue cupo–, imposibilitado para trabajar y convirtiéndose en una carga económica para la familia, se siente poco menos que persona.
La corrupción. Esta forma de injusticia social es el cáncer que más come la vida de los venezolanos, las células cancerosas de la corrupción ya no se encuentran en un sólo órgano (gobierno e instituciones públicas) sino que se han expandido provocando una metástasis cancerosa en el seno de la familia. La corrupción es peor que el COVID-19, está en el aire, la inhalamos diariamente. Pero, más aún, está en el corazón. Sí, la corrupción brota de un corazón avaro que se olvida del bien común y obra a espaldas de la conciencia moral.
Hemos señalado estas realidades nacionales sin ánimo de buscar culpables. Lo hacemos, ante todo, porque “nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos” (EG 183).
El pueblo de Israel experimentó el hambre (cf. Ex 16,3), la enfermedad (cf. Is 53, 4) y la corrupción (cf. Lv 19, 35) pero en medio de todas esas pandemias vivía su fe en Dios. Ser el pueblo que Dios se escogió como heredad no les eximió de los sufrimientos. Tal vez podamos decir lo mismo de Venezuela, consagrada al Santísimo Sacramento desde 1899.
La fe “nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor,
un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y
construir la vida” (LF 4). Este
fiarse en Dios es poner la mirada en el cielo, es confiar que nuestra vida está
en manos de un Padre tierno (cf. Os 11, 1-4) que cuida de nosotros porque nos
ama. Él puede vencer la enfermedad (cf. Mt 14, 14), saciar el hambre (cf. Sal
107, 9) y hacernos justicia (cf. Tt 2, 11-12).
Confiar en Dios brinda paz, confianza y dinamismo interior. El pueblo venezolano cuenta con ejemplos concretos que hoy están en los altares y que en cierta manera nos dicen “¡Todo es posible para quien cree!” (Mc 9, 23).
Es esto lo que revela la beata Madre Candelaria cuando escribía a Monseñor Sixto Sosa: “Hay veces que no tenemos, como pasa en las casas pobres, más que el consuelo de la oración… Espero del Señor nos dé paciencia para ganar el cielo, padeciendo aquí, donde es valle de lágrimas”.
Ante la llamada Gripe Española que alcanzó nuestro país en 1918, cuando se contaba con un médico por cada cinco mil habitantes, uno de ellos, por su caridad y servicio, recibe el título de “Médico de los Pobres”. En esta época trágica, el amor del Dr. José Gregorio Hernández por los pobres se destacó más que nunca y, más allá de curarles, les brindaba consuelo y esperanza porque era un hombre de fe.
Constatamos, en estos testimonios, que es posible vivir la fe en tiempos de “pandemias”, mejor aún: la fe es la fuerza interior –otorgada por Dios– que vence las pandemias.
Pbro. Alberth Márquez
Vice-rector del Seminario Mayor “San Ignacio de Antioquía”


