Opinión

De cenicientas y otras empatías, Ana Cristina Chávez A.

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Miel y Salmuera

A principios de año sufrí un percance con unos zapatos que tuve guardados por meses y que al ver la luz del sol, junto al calor del asfalto, prácticamente se derritieron (era asombroso ver cómo se desparramaban por los lados y no por culpa de mis piecitos de princesa). Quedé en la calle, descalza, y aún me faltaban tres cuadras para llegar a mi destino, facilitar una clase de dos horas y regresar a mi casa.

Me encontraba en la calle Ampíes de Coro, cuando noté que por mis pies circulaba una brisa poco común, aun cuando portaba sandalias corridas de tacón medio, que dejaban al descubierto parte de mis dedos. Al bajar la mirada, observé que estaban rotas, y claro, empecé a entrar en crisis, porque los participantes del diplomado me esperaban y yo estaba lejos de mi hogar.

Recordé que en la zona se encuentra una histórica zapatería. Con la inocencia que aún guardo, entré al reconocido comercio, pensando que podría adquirir algún par de calzados a bajo costo. Recorrí las vitrinas y detalle la mercancía en exhibición, pero mi sueldo de docente universitaria no da para una adquisición de ese tipo. Salí, decepcionada y angustiada, avancé unos metros y me topé con el local de la señora Lida, donde reparan zapatos (recientemente me enteré del nombre de la dueña y de su amplia trayectoria en el área), le mostré las sandalias y se sorprendió de su deplorable estado. En ese momento me sentí como una Cenicienta moderna, la señora me comentó que tenía calzados que nunca fueron a buscar luego de arreglarlos. Ubiqué un par negro y lo pagué a un precio extremadamente solidario. Así, en esta historia, la persona que rescató a la Cinderella de piel canela, no resultó ser hombre sino una mujer zapatera.

Creo que todos tenemos anécdotas particulares con calzados: un tacón roto, la sandalia reventada, la tapita volada, la suela que se despegó… en fin. Algunos relatos serán más graciosos que otros, pese a que en el momento nos haya parecido lo contrario. Estando en mi lugar de trabajo se me rompieron varios zapatos, y siempre conseguí salir airosa de la situación, recurriendo a amigos que fueron a mi casa a buscar otro par, gracias a mi previsión de llevar un calzado extra en el maletín o porque los trabajadores de la oficina de reproducción, donde sacaban copias y arreglaban libros, contaban con pega de zapatero.

Una vez, camino de regreso a mi vivienda, se me desprendió la suela de un zapato, así que recorrí dos cuadras y media, arrastrándolo. Aún me faltaban unas cuadras para llegar a mi refugio, y mientras cruzaba una esquina, visualicé a un grupo de personas sentadas afuera de un sitio donde reparaban zapatos. Uno de los señores gritó: -¡Allí va una accidentada!, de inmediato caminé hacia ellos y les expliqué la situación, lo que me preocupaba era cuánto me iban a cobrar por repararlo, pero me dijo que nada, y para mi sorpresa, cosió el par con mucho profesionalismo y no por salir del paso. Luego me sentí en deuda con el señor zapatero y le llevé otros calzados y carteras para que los arreglara.

Y así nos pasa con frecuencia, sabemos andar en nuestros propios zapatos, los moldeamos, suavizamos, nos acostumbramos a ellos. Hay algunos con los que parece que caminamos sobre motas de algodón, otros nos hacen un callo en el  pie o nos molestan en el juanete. Hay unos cuantos con los que nos sentimos divinas, todas unas divas y nos estilizan las piernas. Los mejores y más cómodos los usamos a diario hasta que no puedan más.

En tiempos de crisis, debemos valorar nuestros calzados y comprender las dificultades por las que atraviesa alguien con un zapato roto en medio de la calle, porque también nos ha pasado y conseguimos a una persona que nos tendió la mano. Ponerse en los zapatos del otro es lo que se entiende como empatía, la cual es definida por la Real Academia Española como la capacidad de identificarse con una persona y compartir sus sentimientos.

En medio de la vorágine de la sociedad actual es necesario convertirnos en seres humanos más empáticos, que se pongan en el lugar del otro, reconociéndose como iguales y compartiendo sentimientos. Si muchos estamos inmersos en la crisis económica, hasta el punto de afectarnos en lo emocional, ¿por qué los venezolanos se siguen perjudicando entre sí?, basta dar una vuelta por la zona comercial de nuestras ciudades y lo comprobaremos.

“Falta empatía”, es una frase que he leído con frecuencia en las redes sociales, que guarda estrecha relación con el concepto de solidaridad y comprensión, valores tan necesarios en la era postpandemia. Tratemos de ponernos en los zapatos de los otros, entender la situación negativa por la que pudieran estar atravesando y que los obliga a actuar de una determinada manera, para ello practicar la escucha activa es necesario. Ahora que caminamos más y notamos el deterioro progresivo de las calles y aceras de muchas ciudades del país, se eleva nuestra propensión a sufrir accidentes con los zapatos, ojalá llegue una alma empática que se suba a nuestros calzados, nos ayude y entienda. ¡Nos seguimos leyendo!                                                                                                           

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