Damnificada de Naiguatá: «La única ayuda que tengo es la tarjeta Zinli que me dio la ONU»
¿Cómo se vuelve a empezar cuando no sólo se pierde la casa sino también el trabajo? Para Mirelvis Fuentes la respuesta, por ahora, se resume completica en una tarjeta prepagada. La recibió del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas pocas semanas después del doble terremoto que convirtió a La Guaira en ruinas el 24 de junio. No sirve para retirar efectivo ni para comprar cualquier cosa, únicamente alimentos y medicinas.
En su caso, está recargada con 78,75 dólares mensuales, un monto que, según le informaron, recibirá durante seis meses.
La primera compra que hizo no fue comida. «Compré medicinas para mi mamá en Farmatodo. Le faltaban unas pastillas», dice.
Para entender por qué esa tarjeta terminó siendo tan importante hay que regresar al día en la que el terremoto la dejó sin sus medios de vida. Mirelvis vivía en las Residencias Mónaco, en Naiguatá, uno de los edificios que el doblete sísmico dejó prácticamente destruido. Las dos torres permanecen en pie, pero separadas entre sí, con escaleras partidas, pasillos fracturados y una inclinación que hizo imposible seguir habitándolas.
«Ahí no se puede vivir», cuenta. Pero el apartamento no fue lo único que perdió.
Tiene 55 años, es licenciada en administración y trabajaba de forma independiente llevando la contabilidad de pequeños comercios y emprendimientos. Además, daba clases en un liceo privado de La Guaira. El terremoto también le quitó esas dos fuentes de ingreso.
«Todos mis clientes desaparecieron porque estaban entre Caribe y Caraballeda. Entonces ya por ahí no tengo ingresos». Además, el liceo donde daba clases sufrió daños. Aunque la institución se prepara para retomar actividades para el próximo año escolar, ella ya tomó una decisión y es «no vuelvo a Naiguatá».
Ahora vive en Caracas, en el apartamento de su mamá, de 86 años, junto con su hermana y su cuñado, quienes también perdieron su vivienda. Mientras intenta reorganizar su vida, administra el estacionamiento del edificio donde reside temporalmente y consiguió un trabajo contable, para el mientrastanto, gracias a una amiga.
«Aquí en el edificio donde vive mi madre, los vecinos me dieron para que llevara la administración del estacionamiento. Y ya esta semana cobro mi primer sueldito. No es mucho, pero me ayuda. No sé todavía qué voy a hacer. Tengo que buscar cómo volver a empezar».
Folleto proporcionado por beneficiaria de la tarjeta Zinli para medicinas y alimentos
Una tarjeta para resolver
Semanas después del terremoto, el Programa Mundial de Alimentos arrancó en Naiguatá un plan de transferencias monetarias. A diferencia de otras emergencias, donde distribuye directamente alimentos, el organismo optó por entregar dinero a las familias para que pudieran decidir qué necesitaban comprar con mayor urgencia, aprovechando que los negocios seguían funcionando.
Según Mirelvis, el operativo se organizó utilizando un censo previamente elaborado por los jefes de calle de los consejos comunales. «Ellos (los agentes del PMA) daban una charla explicando cuál era el sentido de la ayuda, por qué lo hacían y cómo se manejaba».
Ella recuerda que todo el proceso fue dirigido por personal del organismo internacional. «Todo eran ellos. Estaban uniformados con chalecos azules. Fueron los que dirigieron todo».
Después de la charla, las familias pasaban por distintas mesas donde verificaban la información del núcleo familiar y el jede de hogar era registrado en la plataforma Zinli, que es donde se entrega la ayuda económica.
«Pasábamos por ahí, nos confirmaban cuántos miembros había en la familia y nos inscribían al sistema Zinli. Ahí mismo nos entregaban la tarjeta», que por cierto no permite retiros en efectivo.
«No tiene clave. Solamente tiene un pin con el que podemos pedir saldo por WhatsApp. Hicieron mucho hincapié en que era únicamente para alimentos y medicinas porque es un plan de ayuda que tienen para los países donde ocurren grandes terremotos», explica Mirelvis.
La tarjeta la recibió el lunes 20 de julio. Tres días después llegó el primer depósito: «Nos dijeron que el jueves hacían el depósito y efectivamente ese día estuvo disponible en la tarjeta en horas de la tarde». Hasta ahora, dice, esa ha sido la única ayuda económica que ha recibido desde el terremoto.

Dos respuestas para una misma emergencia
Mientras Naciones Unidas desplegaba su programa de transferencias monetarias, la administración interina presentó su propio esquema de asistencia para los damnificados.
Dos días después de los terremotos comenzó la entrega del Bono de Contingencia 2026 a través del Sistema Patria. Según la información oficial, las asignaciones fueron entre 93.000, 186.000 y 465.000 bolívares, que, calculados a la tasa del Banco Central de Venezuela vigente para ese entonces, equivalían a unos 149, 300 y 749 dólares, respectivamente. El monto variaba de acuerdo con la evaluación realizada a cada familia.
El Ejecutivo también habilitó un formulario digital para que las personas afectadas reportaran el estado de su vivienda, las condiciones de su grupo familiar y las pérdidas ocasionadas por los sismos.
Días después, el 4 de julio, Delcy Rodríguez anunció además un programa de asignaciones mensuales durante seis meses para las familias más afectadas. La medida posteriormente fue oficializada por el Ministerio de Economía y Finanzas en su portal web. Sin embargo, no todos los damnificados lograron acceder a esos beneficios.
«La única ayuda que tengo es la tarjeta Zinli que me dio la ONU», dice Mirelvis con orgullo y agradecimiento y hace chistes con que es «damnificada VIP» por recibir ese subsidio económico internacional. Porque sí, así es la naturaleza del venezolano.
Asegura que actualizó toda su información dentro del Sistema Patria y respondió el formulario. «Supuestamente al censarse automáticamente llegaba un bono. Yo me censé como damnificada porque mi vivienda tuvo daños. Igualito no me llegó nada».
Y su hermana tampoco recibió ayuda.
«Yo tengo Sistema Patria, actualicé todos mis datos, respondí toda la encuesta y nunca me llegó nada. Sigo esperando. Ellos piensan que como uno vivía en Caribe tenemos dinero, pero no nos quedó nada», cuenta la familiar de Mirelvis, que prefirió no compartir su nombre.
Ella tampoco pudo acceder al programa del Programa Mundial de Alimentos porque no residía en Naiguatá, donde se desarrolló ese operativo específico.
Las dos hermanas viven hoy bajo el mismo techo y sostienen a su mamá, una mujer de 86 años con diabetes e hipertensión.
La situación refleja una realidad que la organización Convite venía documentando incluso antes del desastre. Según sus estudios, 82% de las personas mayores necesita medicación diaria para tratar enfermedades como esas, mientras 62% enfrenta grandes dificultades para costear esos tratamientos. Además, 63% dependía económicamente del apoyo de familiares. Sin embargo, cuando quienes sostenían ese hogar también pierden sus medios de vida, incluso comprar unas pastillas deja de ser una certeza.
El Programa Mundial de Alimentos informó que, a un mes de los terremotos, ya ha brindado asistencia a más de 100.000 personas afectadas y espera ampliar esa cobertura hasta alcanzar a 500.000 más durante los próximos dos meses, siempre que obtenga el financiamiento necesario. 80 millones de dólares es el monto a recaudar.
«Ninguna familia afectada está viviendo esta catástrofe de la misma manera, y la asistencia debe moverse tan rápido como cambian las condiciones sobre el terreno», afirmó la representante del PMA en Venezuela, Stephanie Hochstetter.
El organismo explicó que durante las primeras 72 horas posteriores al desastre hizo evaluaciones rápidas en comunidades de siete estados para identificar las necesidades más urgentes y definir la respuesta. Dependiendo del contexto, distribuye comidas calientes en refugios, raciones listas para consumir para personas desplazadas y transferencias monetarias en aquellas zonas donde los mercados siguen operando.
Como parte de esa respuesta, Naciones Unidas liberó 15 millones de dólares de su Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia (CERF) y activó el Fondo Humanitario para Venezuela. Hasta ahora, la respuesta internacional ha movilizado 300 millones de dólares, aunque la organización calcula que todavía hacen falta 296 millones adicionales para asistir a 1,3 millones de personas durante los próximos seis meses.
Pero mientras organismos internacionales y autoridades calculan presupuestos, anuncian programas y proyectan la reconstrucción, miles de familias siguen resolviendo una pregunta mucho más inmediata: ¿cómo se vive después de perderlo casi todo?
Mirelvis todavía no tiene claro cómo reconstruirá su carrera. Y sabe que la tarjeta del Programa Mundial de Alimentos no le devolverá su apartamento ni sus trabajos. Tampoco resolverá la incertidumbre de empezar de cero, pero sí le permitió hacer algo que, después del terremoto, volvió a ser una prioridad; el comprar las medicinas de su mamá sin tener que preguntarse de dónde iba a sacar ese dinero.
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