Cumarebo en 4 calles
Dr. Ernesto Faengo Perez
“Cumarebo en 4 calles”, es una síntesis de relatos y hechos anecdóticos, son 35 crónicas ilustradas de verdades que ruedan por estas calles donde el calor humano, el atractivo de sus mujeres, el afán de superación de su gente no se ha perdido nunca, a pesar de los atrasos, de los errores históricos, de encuentro y desencuentros el cumarebero, la cumarebera, ha sido y es una persona íntimamente, absolutamente, profundamente arraigado en las costumbres forma de ser y querer a este pueblo bendito de Dios, No es lo mismo comerse un carite frito en cualquier puerto o ciudad que comérselo en Cumarebo, no sabe igual un mondongo elaborado con las mejores especies que el que nos comemos en cualquiera de nuestras casas, aquí en Cumarebo, no sabe igual la conserva del leche de cabra hecha aquí que la más sofisticada en cualquier ciudad del mundo, es decir tenemos certificado de autenticidad, tenemos una identificación propia. Cuando aquí se hablaba de seretones que fastidiaban mujeres y azotaban hogares, no eran cualquier seretón, los nuestros tenían distinción, incluso un amigo, vecino me cuenta que uno de esos seretones llego a transformarse en un gato y le dañaba la comida al marido de la mujer que perseguía, para que se enfadara, se fuera de la casa y así, él entrar y hacer sus fechorías
Cuando mi hermana Josefa se dio el lujo de sentir a la llorona ese espanto cruel del llano venezolano, de sentirla cerca, de enfrentarla, hasta concluir que no era ninguna llorona, sino una vecina pasada de tragos que buscaba desconcertada su pequeña niña perdida en la oscuridad de la noche, eso solo pasa en Cumarebo,
Un pueblo de gente trabajadora, parrandera, hospitalaria, por eso nos duele cuando un cumarebero en contra de su voluntad, por razones de supervivencia económica, tiene que ausentarse de su pueblo sufriendo esa lejanía tan perjudicial, manifestando su nostalgia, su desespero y añoranza por volver a las calles de esta su Perla de Falcón
Un pueblo hermoso que se hace querer, que identifica a sus habitantes más por los apodos que, por sus nombres originales, al extremo que muchos comúnmente son identificados con sus apodos, no tan suaves o gratos, como boca e rache, culemba, pata e croche, cara e diablo, cara e concha, cara e palo, borra de cache, culo malo, el zamuro, medio suiin, fosforito, pata e loro, trapiche, punto y coma, chivo salao.
Cumarebo sigue aquí, en el trajinar día a día de sus habitantes, en sus alborotadas calles intercambiando relaciones que afirman nuestro gentilicio, los progenitores de la mano de sus pequeños hijos para guiarles con el mejor ejemplo, el maestro que orienta generaciones, el comerciante formal e informal que provee los bienes para sobrevivir en decencia, el sacerdote o pastor cristiano que conduce el alma espiritual, el pescador que noche y día vigila el mar para aprovechar el mejor momento y obtener su bastimento, el profesional que enaltece nuestro gentilicio, el obrero cuyo sudor invoca el esfuerzo duro para el sostén de la familia, el transportista que se ingenia para surtir la gasolina y movilizar al pasajero en el confín de su destino, todos ellos confundidos en el ánimo humorístico y cordial que se hace familiar saboreando una bien fría entre el remate de caballos, el juego de domino apasionado y confrontante, el béisbol menor en el estadio Hipólito González, alguna escapadita con pastor y sus vallenatos, rematando con unas dos hamburguesas por los lados del cerro o una exquisita parrilla en el internacional Dajoco.
Dr. Ernesto Faengo Perez
“Cumarebo en 4 calles”, es una síntesis de relatos y hechos anecdóticos, son 35 crónicas ilustradas de verdades que ruedan por estas calles donde el calor humano, el atractivo de sus mujeres, el afán de superación de su gente no se ha perdido nunca, a pesar de los atrasos, de los errores históricos, de encuentro y desencuentros el cumarebero, la cumarebera, ha sido y es una persona íntimamente, absolutamente, profundamente arraigado en las costumbres forma de ser y querer a este pueblo bendito de Dios, No es lo mismo comerse un carite frito en cualquier puerto o ciudad que comérselo en Cumarebo, no sabe igual un mondongo elaborado con las mejores especies que el que nos comemos en cualquiera de nuestras casas, aquí en Cumarebo, no sabe igual la conserva del leche de cabra hecha aquí que la más sofisticada en cualquier ciudad del mundo, es decir tenemos certificado de autenticidad, tenemos una identificación propia. Cuando aquí se hablaba de seretones que fastidiaban mujeres y azotaban hogares, no eran cualquier seretón, los nuestros tenían distinción, incluso un amigo, vecino me cuenta que uno de esos seretones llego a transformarse en un gato y le dañaba la comida al marido de la mujer que perseguía, para que se enfadara, se fuera de la casa y así, él entrar y hacer sus fechorías
Cuando mi hermana Josefa se dio el lujo de sentir a la llorona ese espanto cruel del llano venezolano, de sentirla cerca, de enfrentarla, hasta concluir que no era ninguna llorona, sino una vecina pasada de tragos que buscaba desconcertada su pequeña niña perdida en la oscuridad de la noche, eso solo pasa en Cumarebo,
Un pueblo de gente trabajadora, parrandera, hospitalaria, por eso nos duele cuando un cumarebero en contra de su voluntad, por razones de supervivencia económica, tiene que ausentarse de su pueblo sufriendo esa lejanía tan perjudicial, manifestando su nostalgia, su desespero y añoranza por volver a las calles de esta su Perla de Falcón
Un pueblo hermoso que se hace querer, que identifica a sus habitantes más por los apodos que, por sus nombres originales, al extremo que muchos comúnmente son identificados con sus apodos, no tan suaves o gratos, como boca e rache, culemba, pata e croche, cara e diablo, cara e concha, cara e palo, borra de cache, culo malo, el zamuro, medio suiin, fosforito, pata e loro, trapiche, punto y coma, chivo salao.
Cumarebo sigue aquí, en el trajinar día a día de sus habitantes, en sus alborotadas calles intercambiando relaciones que afirman nuestro gentilicio, los progenitores de la mano de sus pequeños hijos para guiarles con el mejor ejemplo, el maestro que orienta generaciones, el comerciante formal e informal que provee los bienes para sobrevivir en decencia, el sacerdote o pastor cristiano que conduce el alma espiritual, el pescador que noche y día vigila el mar para aprovechar el mejor momento y obtener su bastimento, el profesional que enaltece nuestro gentilicio, el obrero cuyo sudor invoca el esfuerzo duro para el sostén de la familia, el transportista que se ingenia para surtir la gasolina y movilizar al pasajero en el confín de su destino, todos ellos confundidos en el ánimo humorístico y cordial que se hace familiar saboreando una bien fría entre el remate de caballos, el juego de domino apasionado y confrontante, el béisbol menor en el estadio Hipólito González, alguna escapadita con pastor y sus vallenatos, rematando con unas dos hamburguesas por los lados del cerro o una exquisita parrilla en el internacional Dajoco.


