Chismea, que algo queda, por Ana Cristina Chávez
«Prohibido venir con chismes», advierten en el letrero ubicado en un salón de belleza de mi localidad, justamente un sitio donde el chisme circula entre maquillaje, tintes para el cabello, esmaltes para uñas y cera depilatoria, como su hábitat natural. Nada cohibido, el comentario se acicala para multiplicarse y transformarse en medio de un proceso de adaptación constante y crecimiento continuo de boca en boca. Antes muerto que sencillo, es su lema.
Un buen chisme vecinal es aliado de una ventana ubicada estratégicamente, que al mejor estilo de Hitchcock siempre es indiscreta, aunque camuflajeada con una buena cortina que se desliza de madrugada bajo el resguardo de las luces en descanso.
Las paredes no son impedimento cuando el afán de chismear es auténtico, pues se rinden ante el viejo truco del vaso de vidrio. Solo es cuestión de concentrarse, ajustar los oídos y apoyar el recipiente contra el muro.
El chismoso mayor sabe cuándo aflorar sus encantos. Ante la leve sospecha de la existencia de una jugosa historia, hace gala de su histriónica empatía con quien considere una fuente de información confiable.
Si el chisme fuera deporte, los gimnasios, pistas y canchas no se dieran abasto, y los batidos de proteínas se convertirían en el plato nacional, desplazando al pabellón criollo. El cotilleo de sobremesa se prolongaría hasta bien entrada la noche y la lengua en salsa encabezaría las entregas a domicilio.
La frase «chismea, que algo queda», no es cuestión de géneros. Chismean por igual hombres y mujeres, solo varían en el enfoque e interpretación de tal o cual detalle, porque para ser chismoso hay que desarrollar las habilidades de observación, de hacer preguntas, practicar la escucha activa y atar cabos, emulando a los clásicos Hércules Poirot y Miss Marple, sin olvidar el rastreo digital por redes sociales, mediante una justa dosis de stalkeo investigativo unido al uso de tecnología para la grabación y proyección de imágenes y audios que sustenten el brollo (así, a lo maracucho).
Expertos consideran al chisme como una forma de socialización y de educar acerca de las normas y costumbres de una comunidad. Con esta visión, nada malsano acompaña al chismorreo, aunque desprestigie al protagonista del cuento, revelan los estudiosos.
Martha Bernal (2013), (Etnografía de la vida cotidiana: el chisme en la vida familiar, estudiantil y laboral. Palabras en permanente construcción), afirma que el chisme se entiende de dos formas: la primera, como un canal de información que cohesiona a través de la interacción oral a un grupo de personas en un contexto específico. Mientras que en la segunda interpretación, se ve al chisme como un discurso que emerge en la oralidad de los sujetos cuando la conducta de determinada persona o grupo viola las normas morales y éticas compartidas por la mayoría de la comunidad. «Es decir, el chisme es un tipo de comunicación y socialización que se vuelve discurso moral, en tanto que, juzga determinadas acciones al tiempo que aprueba otras», asegura la investigadora.
Bernal aclara que chismear implica también el hacer memoria colectiva a un acto censurable que surge en una situación específica. Para la antropóloga, el chisme es un acto informal de reproche y señalamiento de lo no aceptado socialmente, que tiene el propósito colectivo de enseñar a los miembros de una comunidad sobre los actos moralmente mal vistos, con el fin de que no se repitan o no se vuelvan públicos.
Parece entonces que de músicos, poetas, locos y chismosos, todos tenemos un poco, porque la cultura del chisme existe y está bien arraigada para desprestigiar, socializar o educar, según nos convenga. Al fin y al cabo, contar un buen chisme es todo un arte. Artistas somos.
Por: Ana Cristina Chávez Arrieta


