Adiós a Manare
De 1830 es el documento del archivo histórico del estado Falcón, antiguo archivo histórico de Coro, que contiene la compra. El sefardí Josué Levy Maduro López-Fonseca adquirió la casa de hato ubicada en las inmediaciones de Miraca, Parroquia Baraived, Paraguaná, que estuvo bajo censo de la Iglesia y donde él habitaba desde 1828.
Josué Levy era hermano de Débora, Samuel, Jacobo, Salomón e Isaac Levy Maduro López-Fonseca, parte de la Comunidad Judía asentada en Coro a partir de 1824.
La hermana era casada con Joseph Curiel Suárez, quien se desempeñaba como patriarca -junto a David Hoheb- de aquel grupo trasladado desde Curazao. Fueron los abuelos de los poetas José David y Elías David Curiel. En 1831 y 1855 los comerciantes y sus familias sufrieron los embates de la repulsa local.
En «Manare» se dedicó Josué Levy a las labores de comercio -punta de lanza al tráfico caribeño-, pero también al trabajo de la agricultura y la cría. No sería un paraíso de tranquilidad la península para el emigrante. En julio de 1833 fue demandado por injurias por Benigno Camacho, y en junio de 1836 él querellaría contra Eusebio Dávila por derribar montes en las cercanías del hato. Todavía en 1845 hubo de pleitear con José Antonio González por robo de una vaca.
Sin embargo, allí formó un hogar y allí crecieron sus hijos. Con Juana Sánchez tuvo a Leoncio, Pacomio, Felipe, Eloísa y Nicanor López Sánchez. El desprender a sus hijos de sus nombres judíos manifestaba su decisión por quedarse, por dejar atrás la diáspora, por hacerse coriano, paraguanero. Su hermano Samuel fue de los que regresó a Curazao en 1855 tras recibir golpes y ser saqueada su tienda.
El General Leoncio López, hijo de Juana y Josué Levy, se distinguió por su participación política en las décadas finales del siglo XIX. Fue encargado de la Presidencia de la Sección Falcón del Gran Estado Falcón-Zulia y aparece en proclamas y pronunciamientos políticos, expresión de la beligerancia de aquellos años. En «Manare» hizo su hogar con Emeranza Primero, de cuya unión nacieron Josué Máximo y Eloísa que murieron de pocos meses, e Isaac Santiago y Eloísa Guadalupe que vivieron hasta la segunda mitad del siglo XX.
En «Manare» se desarrolló la siembra y la cría, pero también la doma de bestias caballares y mulares, y la afición por las peleas de gallos, que casi cien años después todavía le dan fama.
Isaac Santiago López Primero incrementó en «Manare» no sólo la crianza de vacas y de cabras, y la siembra de diversos rubros, sino también el almacenamiento y tráfico de especies como el dividive y el ajonjolí. Como su padre y su abuelo, Isaac López fue concesionario o agente de casas comerciales corianas como De Lima hermanos para el comercio en Paraguaná.
Contrajo matrimonio en 1929 con la joven descendiente de arubianos Eufrocina Geerman Hernández, y con ella tuvo a Emeranza, Antonieta, Leoncio, Felipe e Isaac Segundo. Mis abuelos, mis tíos, mi padre.
«Manare» era la casa de mis abuelos y como ya he relatado perteneció a mi familia desde 1828. En la década de los setenta del siglo XX la propiedad se concentró en Leoncio López Geerman, quien la mantuvo casi cincuenta años.
Durante más de dos siglos «Manare» perteneció a los míos. En 2019 Leo López hubo de vender. El avance de su edad y el no contar con recursos económicos para mantener casa y conucos, asegurar el transporte desde Punto Fijo a Miraca, el no encontrar una familia que pudiera tenerla «al cuido» y el inicio de robos y saqueos que amenazaban arruinarla lo hizo decidir por cerrar ese cofre de vivencias de varias generaciones.
Vivimos en «Manare» una temporada de nuestra infancia. Allí las presencias fundamentales de José Peniche, Juana Bustillos y Marcelino Ramírez, Mario y Dominga Martínez, Juana Josefa Martínez y Ana Luisa Mujica, gente leal, servidora y amiga. Gente nuestra para siempre.
Aunque mi vida se llama «Guaruguaja», yo podría andar con los ojos cerrados los corredores y estancias de «Manare». Parte de mi memoria quedará allí. La casa de mi abuela. El olivo donde está enterrado «el judío», su mujer y su caballo. La tierra de los conucos que más de una vez tuvimos que recorrer revisando empalizadas o arriando vacas con papá.
Allí se guarda parte de nuestras risas y sudores, dolores y alegrías, también las de nuestros ancestros, las marcas forjadoras de nuestra querencia por la tierra que somos. Los hijos de Josué Levy, los hijos de Leoncio, los hijos de Isaac nacieron en esos espacios.
¿Cuánto cuesta encarar la pérdida? ¿Cómo llevamos cada ausencia, cada despedida, cada final? ¿Cuánto de nosotros ha cercenado este tiempo terrible que nos ha tocado vivir? ¿Cómo llevamos en el alma este país donde cada día perdemos un poco más del mar de los afectos?
Una casa no es sólo barro y madera, cumbrera y horcones, solera y postigo. Una casa es vivencia, sentido, identidad, arraigo. Memoria de los abuelos. Una casa de hato es formas de trabajo y relaciones entre gentes, cuidado de animales y siembra para la subsistencia. Cuando una casa muere también muere parte fundamental de nuestra vida.
Somos desterrados, aún sin salir de las fronteras de lo que un día nos enseñaron a llamar patria. El paisaje subsiste en la añoranza, en los amores que no podrán arrebatarnos, en el empeño por quedarnos así sea con un pedazo de cielo, con un metro de playa, el aprecio por los gestos nobles. Somos la temperatura del recuerdo.
Esta es una despedida que le debía a una casa entrañable, una notación más en un extenso inventario de nostalgias.
Isaac López


