Abogar por la memoria, la poesía y el amor, por Ana Cristina Chávez Arrieta
(Dedicado a Yiyo y a todos los Chávez López que se fueron)
A lo largo del tiempo la memoria nos puede jugar malas pasadas, desde el olvido más sencillo como un producto faltante en la compra de comida, el sitio donde dejamos las llaves, o el nombre de esa persona que con tanto entusiasmo te saludó al pasar. Hay olvidos voluntarios producto de la memoria selectiva, para evitar que las heridas sigan supurando y hay olvidos que se dan por causas físicas o la edad avanzada.
Los recuerdos pueden encarnarse en objetos, lugares y gente: al ver la sonrisa de la abuela en el rostro de la niña que aprende a caminar, sentir el hogar familiar en la ventana de algún caserón antiguo, saborear la sazón materna en la malagueta y el clavito de olor, o al reconocer las pasiones que un tío plasmó en un libro de poesía; entendiendo el libro como activador del proceso de evocación y descubrimiento del otro, el libro como sujeto al margen de las leyes de la existencia y como principio constitucional del acto creador. Pero también como un trabajo de carpintería, a la medida perfecta del grupo lector que se topa en el camino; un libro que se convierte en puerta y en ventana, en timón de barco, en viaje y en chinchorro.
Y aunque poseer un libro es casi un derecho humano universal, no será en un tratado jurídico donde develaremos el lado más sensible de un abogado. Víctor Hugo Bolívar Graterol lo sabía y en el año de 1990, gracias a Ediciones El Cerro publicó «Los abogados en la poesía falconiana», una selección de poemas de 19 profesionales nacidos en tierra caquetía o vinculados a ella.
A modo de prólogo, aunque el compilador prefiere llamarlo «a manera de explicación», influenciado quizá por la lógica jurídica, Víctor Hugo argumenta: «Si alguna profesión está desprestigiada en la opinión pública es la abogacía. Es un hecho lamentable, pero hecho al fin. Es una realidad reconocida por directivos del gremio y por colegas en diversas esferas. El colectivo social tiene en la mente al abogado tracalero, al deshonesto, al saca neveras a los trancazos, al que abusa de las medidas de secuestro y, en fin, la sociedad tiene una visión generalizada de nuestra profesión, que no se corresponde con lo que realmente es. Por esta razón precisamente se me ocurrió que de alguna manera se podía presentar a los ojos de la comunidad una imagen distinta del abogado, y me pareció que nada mejor para tal propósito que recopilar los trabajos poéticos de numerosos colegas, en su mayoría nacidos en Falcón o que han hecho vida jurídica en la región… Los abogados en la poesía falconiana es una vieja idea que nos daba vueltas en la cabeza y que al fin aterrizó; se trata de una antología en la que se ven envueltos y se encuentran diversos estilos literarios, variados modos de concebir la poesía, y distintas generaciones de poetas. Es una recopilación de poemas o textos poéticos escritos por egresados de las facultades de derecho de las universidades del país, fundamentalmente; que nacieron o se radicaron en Falcón y que al escribir con el corazón han demostrado que los abogados no son seres fríos aislados del mundo que les rodea.»
En tal sentido, 19 profesionales del derecho compartieron sus creaciones, ellos son: Ramón Pulgar, César Arteaga Castro, Mario Briceño Perozo, Pedro Luis Bracho Navarrete, Otón Chirino, Rafael José Hernández, Pedro Gamboa Marcano, León Izaguirre, Jesús Bello García, Pedro Roberto Velazco, Luis Alfonso Bueno, Luis Barreno, Otto Graterol Betancourt, Jesús Oduber Delgado, Víctor Hugo Bolívar Graterol, Pedro Luis Bracho Grand, Pedro Sierra Graterol, Camilo Hurtado Lores y Virgilio Chávez López (Yiyo Chávez, Punto Fijo 1946-2022).
Y es por Yiyo que llegamos a este poemario, donde presenta tres textos que hablan del encanto femenino y de la lucha por una sociedad igualitaria, en versos que invocan la utopía y el afán de alzar el vuelo como signo de libertad.
SOY
Bañándome en la soledad
del mar de carretillas,
sintiendo el calor de
la arena.
Llegó ella en un vuelo
de golondrinas
para decirme: -soy el amor.
Posó sus senos en mis labios.
Sus labios acariciaron mi corazón.
Y abrigada en un manto
de orquídeas
cual corriente de un
río bravío,
desapareció cantando: – Soy
patrimonio de la humanidad.
Miel y Salmuera


