Opinión

Cuando el hermano escogido se va

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   En mi reflexión de la semana, comienzo por decir que no es una reflexión más, sino atípica e inusual en mí, porque se trata de exteriorizar un sentimiento sobre el hermano escogido que se me adelantó, en el entendido que la mayoría de la gente sabe, que hay hermanos que no son amigos, pero hay amigos que son como hermanos. Juan Fabian Reyes Arcaya (mi Compita) y este humilde servidor, nos escogimos como buenos amiguitos en la infancia, usábamos en ese entonces, pantalones cortos y un corte de cabello tipo totuma. Luego, en la adolescencia, nos escogimos como hermanos, cuando usábamos pantalones botas de campanas, diseñados y elaborados por nuestra hermana Carmen Yolanda (Nena) y llevamos el cabello tipo afro. En esto, no puedo dejar pasar, una frase que escuché en la primera y última estrofa de una canción que la interpretan los cantautores y  poetas argentinos, Alberto Cortez y Facundo Cabral, la misma dice lo siguiente: «Cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo». Aquí está la base de mi profunda y dolorosa reflexión de la semana: Cuando el hermano escogido se va… Pero pa’lante, con la ayuda de Dios.
   Así que, sin más preámbulo, CUANDO UN HERMANO ESCOGIDO SE VA, significa un duelo profundo y un cambio que marca un antes y un después en nuestra vida. Pues bien, de manera diferente a un hermano de sangre, un hermano escogido es esa persona que hemos elegido voluntaria y reciprocamente, por lo que su ausencia física genera un vacío único y especial, más aún, cuando ese compañerismo fraternal,  pasa de seis décadas, como es mi caso con Juan Fabian Reyes Arcaya (para unos Juancho Reyes y para otros Compita), quien falleció el pasado viernes 4 de este mes, en los brazos de su esposa, mi cuñada y comadre, Martina Vicent de Reyes (Tina), en horas del medio día de un súbito miocardio, cuando lo llevaban al hospital Dr. Rafael Calles Sierra, Punto Fijo. 
   En lo personal, debo empezar por decir, que Juan Fabian Reyes Arcaya, no éramos hermanos de sangre, pero eso sí, cumplíamos con el rol emocional, como sí fuésemos hermanos de sangre, nos tratábamos como hermanos verdaderos, unidos a través de una concordia fraternal de lealtad amplia. Cuántos secretos y alcahueterias se llevó de mí y los que me dejó y, precisamente, por ser secretos y respetando su memoria, mueren conmigo. Sin duda, que fuimos incondicional, siempre estábamos presentes en esas circunstancias fueras de series que tiene la vida, sobre todo, en las malas.
   Unas lineas aparte me merecen, por la misma situación país, las famosas colas, porque ellas nos convirtieron en compañeros, amigos y hermanos inseparables, primero, las famosas colas llamadas: «de la harina pan». Luego, desde mayo del 2020, hasta el pasado lunes 31 de agosto, que hicimos la cola para surtir gasolina, él con el número 73 y yo, con el 72. En cuanto el inicio de las primeras colas, cuántas peleas enfrentamos juntos para que no se nos colearan y en las segundas; aún vigentes, al inicio peleábamos para que otros carros no se nos metieran, pero hoy por hoy, todos nos conocemos y esas peleas cesaron. Es aquí, donde la mayoría lo conocen como «Compita»; de esto, nace una anécdota. Resulta que al inicio de la cola nos decían los cabezas blancas; porque a ambos no nos quedaban pelos negros, luego una mañana, que estábamos a una separación de más o menos 20 metros, cuando me tocó llamarlo, le digo en voz alta por la distancia: «Compita» y quienes escucharon le colocaron ese nombre y, así se quedó, para los de la cola de la gasolina con las placas terminales en 3 y 4 de la E/S Texaco.
   Para finalizar, perder mi único hermano escogido, es para este humilde servidor que aquí escribe, un dolor profundo y sin igual que me sacude toda la vida. Mi Compita, era mi amigo del alma, mi hermano escogido, que deja en mí, un espacio que nadie más puede ocupar. No sé cuánto tiempo va durar este dolor, pero sí estoy seguro que mientras Dios y el tiempo me permiten tener memoria, honraré la de él, manteniendo vivo su recuerdo a través de palabras y acciones, que reflejen lo que mí Compita, significó para mí. Además, seguiré cultivando y practicando día tras día, el legado de valores morales que me dejó, como: la lealtad el agradecimiento, el respeto, la responsabilidad, la humildad, la prudencia, entre otros valores. Ahora me corresponde ir sólo por el camino de la vida, luchando día tras día, por mejorar y crecer. Y, jamás me dejaré de preguntar: ¿ Dónde estará mi Compita».
   Pido a Dios que lo acoge en su bienaventuranza eterna y que brille para él, la luz perpetua. 
   Paz a su Alma.
   Cuánto le agradezco que me ayude a compartir mi reflexión de la semana.
   ¡Un abrazo en la distancia lleno de paz e infinitas bendiciones!
 Por Fredis Villanueva.