Todo lo Chavista que somos, o nosotros y Blanquita
Isaac López (06 de agosto de 2020)
Hoy las noticias anuncian la muerte en Caracas de la señora Blanca Rodríguez de Pérez, esposa de uno de los líderes que marcó con su impronta la historia reciente de Venezuela. En «lo bueno» y en «lo malo». Esa calificación la damos desde este terrible hoy, no era nuestra opinión para 1982.
En los meses finales de aquel año me tocó graduarme de bachiller en un pequeño pueblo de Venezuela. Había sido dirigente o parte de una dirigencia que había paralizado mi liceo por dos meses -mayo y junio de aquel mismo año- contra la actitud despótica del subdirector y sus manejos «políticos».
La antipolítica marcaba y ser político asqueaba.
Quisimos mantener aquella lucha fuera de la incidencia de los círculos partidistas locales y regionales, y tanto dirigentes de la localidad, como del estado que quisieron influenciarnos y direccionar nuestra protesta, fueron rechazados. De «El Gocho» Herrera a Zenaida Romero y Rafael Guiñan Guiñan, de Luis Jiménez a Julito González. Copeyanos y adecos. A todos les dijimos No.
Por supuesto yo jamás estudié en Punto Fijo, jamás milité en Ruptura, y hasta entonces la policía no me había torturado, como propagaron aquellas toldas partidistas para que los compañeros renegaran de mi.
La protesta se resolvió con una actividad mediadora de la administración municipal y terminamos el año escolar mientras el subdirector acudía a asuntos propios de su partido en España.
En las reuniones del Comité de Graduación de julio de 1982 se presentó un día una compañera de cuarto año, dirigente apasionada y discurseadora también de aquella huelga, trayendo un supuesto mensaje enviado por el ex-presidente Pérez.
Según la compañera el hombre aquel había seguido el desarrollo de nuestro movimiento y quería respaldarlo, proponiéndose como Padrino de Promoción; para lo cual también ofrecía una importante cantidad de dinero para los gastos del acto y fiesta.
La emoción del respaldo económico ganó a cualquier resquemor y crítica, y Carlos Andrés fue entonces nuestro Padrino de Promoción.
Ni Carmen Nieves Exposito, ni Enedeisa Gómez me dejarán mentir cuando digo que me opuse tenazmente a aquella designación. La ingenuidad de mis dieciocho años no daba para creerme el cuento del seguimiento y admiración por nuestra pequeña y torpe gesta.
Nosotros que habíamos esgrimido como una actitud ética alejar la política partidista del Liceo, terminábamos graduándonos con semejante padrino. Aquello me parecía una mascarada, un actuar oportunista y demasiado descarado. Pero ganó la democracia, la mayoría quería aquello.
Dije que no iría al acto, y que si iba no daría la mano a aquel hombre que para mi significaba la corrupción, el desbordamiento, lo peor del país. Mis compañeros más cercanos trataron de convencerme de que no hiciera eso, que debía ir y darle la mano al tipo.
Fui al acto de grado por darle el gusto a mi mamá, recuperada de un cáncer que terminó matándola, y me alegro de haberlo hecho por ella. Mi papá no iría, pues lo estaban operando de «corazón abierto» en los Estados Unidos, y para ella aquella actividad era «una ilusión».
De eso hace ya cuarenta años, y sigo pensando lo mismo. Pero la democracia manda, la mayoría. Y yo no era mayoría.
Al final Carlos Andrés no fue a la graduación. Envió a su señora esposa y a su secretaria privada, Teo Camargo. Ellas presidieron el acto en el antiguo Centro Social y Cultural Paraguaná. Le di la mano a Blanquita y también a Teo Camargo.

Los años pasaron. La compañera que hizo la propuesta y algunos de aquellos que votaron por el tachirense para padrino se hicieron furibundos chavistas. Ahora Chávez era el hombre.
En las promociones de bachilleres siguió ocurriendo lo mismo. Se buscaban padrinos -fuera quien fuera: patrones del mal, candidatos de cualquier pelo, «empresarios» exitosos- solo para que pusieran la fiesta.
Allí, en esas actitudes está el hondo país que somos. El de la dádiva, el de la ética como accesorio incomodo, el incoherente y grosero. El que se merece la hora de si mismo que vivimos.


