Periódico de ayer, por Ana Cristina Chávez

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De un tiempo para acá hay algo que no me deja dormir -además de los zancudos nocturnos, los apagones de Corpoelec siempre vigentes, la carne sin digerir de la cena o las vueltas continuas en la cama buscando acomodo, a alguien a quien patear o en el mejor de los casos, poder apapachar- y es la duda de cómo ha resuelto la gente las actividades cotidianas sin contar con un periódico a la mano.

Sí, ese mismo, hecho de tinta y papel, con titulares a ocho columnas o menos, dependiendo del formato impreso. Quienes conocimos los diarios tradicionales sabemos que servían para otras cosas además de hacernos despertar temprano tras su pista e informarnos de los acontecimientos del mundo, ni se diga
de la posibilidad de pasar todo un domingo disfrutando de sus suplementos culturales y revistas.

Por ejemplo, las noticias de un periódico de ayer podían usarse para madurar más rápido el aguacate (vaya usted a saber si también contribuían a desarrollar el pensamiento crítico del fruto en cuestión, antes de transformarlo en guacamole o coronar la ensalada del almuerzo con sus trozos cuidadosamente alineados). Así mismo, a la receta de la pirámide invertida perfectamente memorizada por los periodistas, se le agregaba un chorrito de vinagre y limpiabas ventanas, espejos y mesas de vidrio sin ningún problema. Por si fuera poco, la página de sucesos y la de política eran el retrete adecuado para las mascotas de la casa, y si la noche de fiesta se prolongaba hasta el amanecer mezclando abundante licor y comida, la sección de economía se convertía en el lugar indicado para vomitar el mal recuerdo de la parranda, si no lograbas llegar al baño.

Anualmente, al culminar la temporada navideña, los avisos comerciales en los periódicos cubrían con delicadeza las piezas del pesebre y le advertían al Niño Jesús que fuera ahorrando, porque el siguiente diciembre los precios se triplicarían. Ay, pero qué orgullo era ver tu propia foto o la de algún conocido en las páginas del diario, allí ibas tú a recortar la nota de prensa o el artículo de opinión y a guardarlos como toda una joya que con el pasar de los años se tornaba amarillenta, o en su defecto era destrozada por algún insecto o plaga. Cuando se trataba de reparar la casa o pintarla, las hojas eran de gran utilidad y se convertían en una alfombra interesante, haciéndote dudar entre lanzar el primer brochazo o zambullirte de cabeza en el crucigrama que dejaste incompleto.

¿Cómo olvidar el kiosko de periódicos de la esquina?, que sin importar su dimensión era centro de encuentro de los aficionados a la información periodística y al chismorreo popular, simulando la sala de redacción u oficina de prensa de cualquier medio de comunicación o institución de gobierno.

Pero esos tiempos no volverán. Ante el auge de los medios digitales, así como de las plataformas y redes virtuales, aunado a los altos costos de impresión y la escasez de papel, entre otros factores, los periódicos se han adaptado a la nueva era, al igual que lo ha hecho la manera de informar y ejercer el periodismo. El bombardeo continuo de noticias en las multiplataformas hace que esto de mantenerse informado y «leer el periódico» sea un asunto de nunca acabar. Hoy estamos más expuestos a noticias falsas y a contenidos vacíos e inútiles que se viralizan, contaminando en consecuencia, el intelecto de quien los consume. En vez de usuarios frente a multipantallas muchos pudieran transformarse en seres usados, que como los periódicos impresos del día anterior, pierden utilidad y luego de sacarle un último provecho son desechados, no en el cesto de la basura, sino para flotar tal vez -ahuecados y taciturnos- en el metaverso, girando alrededor de un click.

Ana Cristina Chávez Arrieta

IG: @anachavez28