Opinión

Miel y Salmuera | Voto en blanco: la elección de Saramago

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Por: Ana Cristina Chávez Arrieta

   Cada vez que se aproxima un proceso electoral en Venezuela recuerdo un libro de José Saramago que aborda el tema del voto y la decisión de los habitantes de la capital de un país de no elegir a ninguno de los candidatos como su nuevo gobernante. En «Ensayo sobre la lucidez» (Editorial Alfaguara, 2004), la historia transcurre en torno a una elección donde prevaleció el voto en blanco como expresión del pueblo.

   Efectuaron las elecciones dos veces con una diferencia de siete días y el resultado fue el mismo. En la primera jornada «los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco». (Pág. 31) Mientras que en la segunda elección los resultados fueron más contundentes: «partido de la derecha, ocho por ciento, partido del medio, ocho por ciento, partido de la izquierda, uno por ciento, abstenciones, cero, votos nulos, cero, votos en blanco, ochenta y tres por ciento». (pp. 45-46)

  Ante esta realidad el Primer Ministro junto con el presidente y todo su gabinete decidió instaurar un estado de excepción y trasladar de ciudad la figura del gobierno central, no sin antes amedrentar a la población: «los votos en blanco, que han asestado un golpe brutal a la normalidad democrática en que transcurría nuestra vida personal y colectiva, no cayeron de las nubes ni subieron de las entrañas de la tierra, estuvieron en el bolsillo de ochenta y tres electores de cada cien de esta ciudad, los cuales, con su propia pero no patriótica mano, los depositaron en las urnas… Todavía estamos a tiempo de enmendar el error, no a través de nuevas elecciones, que en el estado actual podrían ser, aparte de inútiles, contraproducentes, sino a través del riguroso examen de conciencia al que, desde esta tribuna pública, convoco a los habitantes de la capital, todos ellos, a unos para que puedan protegerse mejor de la terrible amenaza que flota sobre sus cabezas, a otros, sean culpables, sean inocentes de intención, para que se corrijan de la maldad a que se dejaron arrastrar a saber por quién, bajo pena de convertirse en blanco directo de las sanciones previstas en el ámbito del estado de excepción…» (pp. 46-47)

   Igualmente, durante su alocución el presidente manifestó: “votar en blanco es un derecho irrenunciable, nadie os lo negará, pero, así como le prohibimos a los niños que jueguen con fuego, también a los pueblos les prevenimos de que no les conviene manipular la dinamita. Voy a terminar. Tomad la severidad de mis avisos, no como una amenaza, más sí como un cauterio para la infecta supuración política que habéis generado en vuestro seno y en la que os estáis revolviendo. Volveréis a verme y a oírme el día que hayáis merecido el perdón…” (pág. 127)

   ¿Pero qué pensaban los ciudadanos que votaron en blanco? Los militantes de los tres partidos se mostraban incrédulos, algunos fuertemente decepcionados, otro grupo salió en caravana detrás de los funcionarios de gobierno para instalarse en otra ciudad y en el recorrido insultaban a los “insurrectos”, quienes en su gran mayoría celebró la huida y tomó las calles con ánimo festivo, sin saber lo que se avecinaba gracias a la acción de las fuerzas gubernamentales.

   En la novela, Saramago muestra que una parte de la población buscó aliarse con la dirigencia municipal en su afán de mantener el orden y el estatus quo: “otros decían, tenemos que organizarnos, pero no sabían cómo se hacía eso, ni con quién ni para qué. Algunos sugirieron que un grupo fuese a hablar con el alcalde, ofreciéndole leal colaboración y explicándole que las intenciones de las personas que habían votado en blanco no era derribar el sistema y tomar el poder, que por otra parte no sabrían qué hacer luego con él, que si votaron como votaron era porque estaban desilusionados y no encontraban otra manera de expresar de una vez por todas hasta dónde llegaba la desilusión, que podrían haber hecho una revolución, pero seguramente moriría mucha gente, y no querían eso, que durante toda la vida, con paciencia, habían depositado sus votos en las urnas y los resultados estaban a la vista. Esto no es democracia ni es nada…” (pág. 133)

   “Ensayo sobre la lucidez” me parece una obra de extraordinaria franqueza, espejo de la realidad política de muchos países con gobernantes fuertemente aferrados al poder y que desarrollan prácticas dictatoriales solapadas. También muestra la decisión de un pueblo valiente y la cobardía de unos funcionarios públicos, tiene un final sorpresivo, como un hacha que atraviesa la mente del lector, quien debe mantenerse atento al ritmo discursivo característico de Saramago y a sus juegos de hechos y frases superpuestas e inesperadamente entrelazadas. Lectura recomendada para la época electoral, por si aún tiene dudas de cómo funciona la política y a quién darle su voto.