Miel y Salmuera: La importancia de soñar

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 _“Nunca sueño cuando duermo sino cuando estoy despierto”.  J. Miró._

Desde niña y durante mi adolescencia siempre tuve sueños extraños. Cuando no eran monstruos horribles los que me perseguían, eran vuelos interminables los que se apoderaban de mí cada cierta noche. Estos últimos sueños eran mis preferidos. Desde la tranquilidad de mi habitación me preparaba para surcar el cielo. Casi siempre salía por el balcón de mi apartamento, ese por el que me asomaba para presenciar a diario el atardecer, y desde allí –sin barrera alguna- me disponía a sobrevolar la ciudad entera; la cual, en mi mente noctámbula, no se mostraba tan árida, calurosa y conflictiva como era en realidad.

Al contrario, mis fantasías oníricas la dibujaban en calma, apacible, completamente verde, florecida, hermosa y repleta de colinas. A veces la metrópoli se presentaba totalmente gris, llena de cemento, con edificios y rascacielos por doquier, pero manteniendo a pesar de todo, un dejo de sensibilidad humanitaria.

La ciudad cambiaba a su antojo y según su estado de ánimo -o el mío, tal vez- pero siempre se dejaba admirar como lo que era: una urbe de ensueño. Mientras tanto, mi cuerpo ligero seguía arriba, feliz, con los brazos extendidos y una destreza de ave experta. El aterrizaje era previsible; luego de recorrer el espacio aéreo marabino, sabía el momento exacto cuando debía regresar, y así sin trauma alguno, volvía con una sensación de paz, pero llena de deseo por emprender un nuevo vuelo y soñar a gusto un rato más.

Treinta y tantos años después sigo volando y soñando, pese a que la realidad actual me golpea el rostro con regularidad y últimamente me sienta con las alas rotas. Como soñadora profesional, mucho de lo que imagino trato de cristalizarlo y la mejor manera de darle forma a las ideas, es escribiendo. Pensamiento y palabra, palabra y pensamiento se funden en alquimia perfecta y ¡sorpresa! todo lo que revoloteaba desordenadamente en mi cerebro, casi de inmediato toma sentido para ser develado al universo, el cual lo asume como cierto y lo muestra ante nuestros ojos, tal como lo experimentamos en aventuras oníricas.

Por eso escribo, porque todo lo que crea mi mente puedo transformarlo en mi verdad y en la de mis lectores, apegándome a los principios éticos de quien conoce el inmenso poder de la palabra y cómo una frase bien hecha, expresada en el momento oportuno, puede contribuir a que el mundo gire a favor de un colectivo de personas, multiplicando los sueños en común.

Me alquilo para soñar

(Fragmento. Gabriel García Márquez)

Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.

         —Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.

         —Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.

         —Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?

         —Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.

         Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.

         —Soñé con el poeta —nos dijo.

         Asombrado, le pedí que me contara el sueño.

         —Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.

Ana Cristina Chávez – [email protected]

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