Opinión

Miel y Salmuera Escribir y tejer

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Por: Ana Cristina Chávez Arrieta

                                                               Texto: Del latin textus; propiamente ‘trama’, ‘tejido’. (RAE, 2022).

Quien escribe teje una manta para arroparse con historias, tenderlas al sol y dejarlas volar al ritmo del viento. Quien escribe construye puentes, levanta estructuras para habitarlas, darle calor y convertirlas en hogar. Quien escribe ofrece pan, lo multiplica, siembra ideas y las ve florecer.

Quien escribe espera, no como Penélope a su amado, pero igual teje y desteje el texto, afina puntadas, las deshace y perfecciona hasta saciarse. Para escribir hay que ser un poco Waleker, unir hilos, urdir trampas, caer en ellas, liberarse y saber esperar; esperar hasta alcanzar la otredad y mirarse en esos ojos que aprenden a leerte.

Escribir es sinónimo de entrega, de darse, agrietarse, romperse y rearmarse. Es permitir que la luz se cuele en las rendijas del cuerpo para que lo ilumine todo, por dentro y por fuera, que se haga sombra, día y noche, muerte y vida, pena y alegría, letra y palabra, oración y pecado.

Escribir es cerrar los ojos, hurgar en lo más profundo, tomar oxígeno, batir la alas, planear el horizonte por largo rato, perder altura, sentido de la orientación, recibir un disparo, quebrarse en el aire, cicatrizar la herida, regenerar plumaje, mantener la perspectiva, perder el rumbo y retomarlo, morir de a ratos, revivir por cuenta propia, pensarse Dios y crear el mundo, una y otra vez, por los siglos de los siglos.