Las pilitas de la plaza de Cumarebo, por Ernesto Faengo Pérez
Ahora que el acueducto de Cumarebo no funciona, la escasez de agua se agudiza y la sed azota a todos los cumareberos es bueno recordar cuando el pequeño pueblo con sus habitantes ubicados en sus tradicionales sectores y calles se abastecía de agua de la fuente del guiní ubicada en la parroquia pueblo Cumarebo.
A través de un acueducto artesanal rural construido a mano por los propios habitantes pudo establecerse una aducción con el agua de ese manantial que llegaba a varios sitios del puerto, la tubería entraba por la calle central de barrialito hoy conocida como prolongación calle Bolívar, había un deposito mediano conocido como “pila”, otro en las calle unión cruce con Urdaneta y en la placita padre Román en el lateral derecho del templo de nuestra patrona habían aproximadamente unas ocho “pilitas” donde se almacenaba agua que posteriormente los vecinos la recogían en unas famosas “latas” que originalmente eran usadas para almacenar manteca de marrano o aceite de comer marcas famosas como “manteca los tres cochinitos” o “aceite diana” que almacenaban 12 litros y luego de desocuparlas en las bodegas las vendían y se usaban para almacenar agua, y los muchachos de la época preparábamos una especie de cargador que denominamos “balance” compuesto por una barilla medianamente gruesa casi siempre de “caujaro” de un metro y medio de largo aproximadamente y en cada punta o lado colgábamos con un pequeño mecate, alambre o cocuiza una de esas latas, para amortizar la molestia en la parte entre el cuello y la espalda revestíamos con un pañito la varilla, a medida que pasaban los días más nos acostumbrábamos al balance y el peso del agua y las latas
Ese trabajo se hacía regularmente desde la madrugada, a la una de la mañana los “celadores” u ”ordenadores” Que así les decían al viejo Toyo, y otro llamado Perucho dos señores mayores de edad responsables de controlar equitativamente el servicio comenzaban a abrir las llaves que permitían el pase del vital líquido, nosotros de manera ordenada y respetuosa íbamos llenando nuestros envases en estricto orden de llegada, en mi caso con mi hermano Edgard teníamos que hacer doce viajes todos los días para llenar dos “pipas” antes de las siete de la mañana porque a las ocho debíamos estar en la escuelita de la noble, exigente y bien recordada maestra Margarita Reverol .
No faltó la discusión por reclamos de viveza, por adelanto a coleo de alguna lata, entre mayores, los jóvenes matábamos el tiempo mientras se despejaba la cola jugando metras, o ensaltando alguna perinola construida rudimentariamente a mano por nosotros mismos, igual que los mayores tuvimos diferencias que muchas veces terminaban a puño limpio, lo que nos garantizaba unos cuantos correazos al llegar a la casa y enterarse nuestros padres de estos deslices propios de adolescentes pero imperdonables en las costumbres y fundamentación familiar de aquellos tiempos


