Indecisión, por: Ana Cristina Chávez
Miel y salmuera
Cada semana es un nuevo reto para esta columnista, debo definir el tema a tratar y el tono que tendrá el escrito. A veces lo tengo establecido con antelación, sé que quiero abordar un tópico en particular y la idea central fluye sin inconvenientes. En mi mente visualizo el párrafo de inicio y el resto va brotando.
En mi caso, las primeras palabras son fundamentales y marcan el ritmo en todo el cuerpo. Luego el texto se va orientando solo, él me dice qué rumbo tomar, y se constituye en un tejido de ideas que se entrelazan firmemente a medida que avanzan.
Si son asiduos lectores de Miel y Salmuera, saben que en esta temporada me he dedicado a varios temas e incluso a diversos géneros. Esta columna es mi ejercicio semanal de escritura y con ella aprendo continuamente. Me motiva la cotidianidad en la que habito, lo que me ocurre, y lo que pienso y siento acerca de ese acontecimiento.
Moisés Chirino, docente falconiano con el que he compartido en varios talleres desde el rol de formadores, explica que el proceso de Escritura Creativa pasa por tres grandes momentos: 1) Introspección, 2) Contemplación activa y 3) Reflexión, lo cual implica afinar la mirada interna, descubriéndonos con nuestros miedos, fortalezas, sentimientos, emociones, ideas, para luego reconocer su vinculación con el mundo externo y su observación desde la reflexión.
En palabras de Chirino, «la musa no llega por azar, llega por transpiración», ¡y cómo hay que sudar para lograr escribir algo medianamente aceptable y que resulte interesante! Aunado a eso, hay que cumplir con la fecha y entregar el material en una hora que permita publicarlo temprano; es una carrera contra el tiempo. Mis editores son pacientes y se los agradezco, muy comprensivos y atentos.
Durante días voy pensando en qué escribir, pero no siempre lo tengo claro. A veces hay diversos temas y ninguno me convence. En esta oportunidad fue así, primero quería hablar de los sueldos en el ámbito universitario. El profesor Humberto Trómpiz es muy acertado al afirmar que los trabajadores de las universidades conformamos «un gran voluntariado», porque nuestros salarios son ínfimos, «son sueldos de hambre», asegura el reconocido historiador. Además de Trómpiz, quería citar a otros investigadores venezolanos que han aportado propuestas en el sector económico, como Pascualina Curcio y Tony Boza, reflexionar acerca de los testimonios expresados por docentes y personal administrativo universitario en las redes sociales, e incluso apoyarme en algunas estadísticas, pero la visita al supermercado en horas de la tarde, me dejó con la empalizada por el piso y las cuentas bancarias en menos cero. Sé que era un buen momento para gritar mi inconformidad ante estos salarios de burla a los que nos tiene sometidos el gobierno, pero prefiero trabajar mejor la idea.
Luego me detuve frente a la biblioteca, rogándole al universo una señal. Pensé en escribir sobre la crónica como género periodístico cuando vi el libro «Imagen literaria del periodismo», de Humberto Cuenca y estuve tratando de ubicar «La magia de la crónica», de Earle Herrera, pero el texto se me escondió, debo buscarlo y revisarlo a profundidad, si quiero usarlo como referencia en un próximo artículo. Tengo tarea para el confinamiento.
Allí, con la biblioteca delante, el Gabo se me presentó. Tomé «12 cuentos peregrinos» y «Me alquilo para soñar», debía releerlos. ¿Y si escribo sobre los sueños? pensé. Recordé el relato «El avión de la bella durmiente», y me imaginé al premio Nobel colombiano en la fase de contemplación activa de la vecina de asiento entregada a los brazos de Morfeo. Luego me dije que debía buscar la teoría de Sigmund Freud acerca de los sueños y preferí dejar la temática para otra ocasión.
Ya estaba preocupándome, había culminado la tarde y no tenía artículo para hoy. Como cada miércoles, la electricidad se fue por hora y media, de 7 pm a 8:30 pm, lo que confirma la teoría que Corpoelec no es fanático de la programación de VTV.
Sin electricidad y sin tema aún, me venció un dolor de espalda y me acosté a dormir, pidiendo que la almohada me susurrara qué escribir. Estaba equivocada, me desperté al cabo de dos horas totalmente confundida, pensando que ya era jueves y no había enviado la columna, para colmo, soñé que en la semana escribía tres artículos y no había hecho ninguno y me estaban reclamando. Fue tan real el sueño (¿o pesadilla?), que empecé a dudar acerca de las entregas literarias pendientes.
Pasado el sobresalto, inicié la escritura, así, sin un tema, sin nada qué decir ni qué contar, por lo que me atrevo a desempolvar un relato de algunos años atrás y que espero disfruten, para tratar de solventar este espacio vacío que hoy iba a ser mi columna en el periódico.
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La búsqueda
Por: Ana C. Chávez
Cinco y media de la mañana, agotada ya, mis ideas se entremezclan en un caldo frío de palabras. Es angustiante buscar el vocablo preciso, el más adecuado, el que le dé sentido al texto.
Al inicio, cuando me senté frente al computador recién comprado, me encontraba plenamente emocionada. Escribía y pensaba, pensaba y escribía… las ideas fluían como un caudal incontenible. Las páginas se iban agotando con el pasar del tiempo; me olvidé de comer durante horas.
Transcurrió la mañana, la tarde y cayó la noche. Se acercaba la hora de entrega del informe final:
– Ocho de la mañana, ni más ni menos… dijo mi jefe.
Y entonces ocurrió algo inexplicable: ¡las ideas que horas antes llegaban a mí como un tsunami, con la misma velocidad del viento y la inmensidad del agua, fueron arrasadas sin ninguna explicación!
Mi mente estaba en blanco como esta hoja de papel en la que escribo. El informe, el informe… era lo único en lo que pensaba. ¿Qué digo?, ¿qué invento?, ¿qué hago?
El cansancio me estaba venciendo y yo tenía que seguir plantada frente al monitor, buscando oxígeno para respirar y salvar mi vida, mi trabajo… ¡Coñooo!, expresé. Piensa, piensa, piensa… Algo se te tiene que ocurrir…
Pasó una hora, luego dos, tres… Doce de la noche, una de la mañana, tres y veinte… ¡y por fin! Como una luz al final del túnel surgió una idea, temerosa, diminuta, pero definitivamente salvadora, de ella se colgó otra también pequeña, delgada, casi transparente. ¡Auxilio! –grité- por allá en mi mente difusa apareció una más, pero esta vez venía empapada de un líquido pegajoso, de un color oscuro y de un olor extraño. Me di cuenta que como esa había otras más, nadando en el mismo consomé putrefacto. El asunto era rescatarlas, limpiarlas y organizarlas… ¿Pero cómo lo hago en poco tiempo si se acerca la hora?
¡Carajo!, el gallo del vecino cantó y de mi cuerpo emana un raro olor a madera, mientras mis pies se tornan largos como raíces de árboles… Pronto amanecerá y yo sin ideas concretas.


