Opinión

Hambre no tan santa, por Ana Cristina Chávez

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Confesión: Ni pescado, ni ayuno; en Semana Santa -como todo el año- soy pecaminosamente seducida por la tentación de la carne a la plancha, del pollo en todas sus variaciones, la pasta y los postres. La gula se viste de Nazareno y sale en procesión al ritmo de salsas barbacoa y pesto. Me persigno ante un dulce cremoso y las Palmeritas más crocantes, que no necesitan del Domingo de Ramos para hacer su entrada triunfal al templo de mi cuerpo curvilíneo y rollizo. Padre, he pecado. Por mi culpa, por mi gula, por mi gran gula.

Mandamiento: «Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si uno ha comido mal.» Virginia Woolf, Una habitación propia.

Revelación: «Como no puede alimentarse de piedras, vidrio o tierra, el ser humano tiene que comer indefectiblemente a otros seres». Han Kang, La vegetariana.

Pecado: «Él estaba cada vez más relajado y más congestionado al mismo tiempo, su cara progresivamente sudorosa, sus mejillas progresivamente encendidas mientras engullía todo lo que ella ponía en su boca, un pastel de espárragos con mayonesa, una taza de gazpacho, una quiché lorraine, un poco de lubina al horno, unas gambas con gabardina todavía calientes, un diminuto chorizo frito envuelto en una punta de pan, una pechuga fría de pollo asado, unas albóndigas de cordero con mucha salsa, tanta que resbaló desde las comisuras de sus labios para manchar su pecho más allá del babero, pero todo daba igual, él comía, era feliz, y ella recobró en un instante la lucidez, y decidió que no se mataría nunca, que no se suicidaría jamás…» Almudena Grandes. Malena, una vida hervida. 

Acto de contrición: «Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana.» Isabel Allende, Afrodita.