Opinión

Desnuda sin zarcillos, por Ana Cristina Chávez

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Los accesorios que utilizamos son símbolo de estatus, vanidad y sentido de la estética, pero también se constituyen en una forma de protección. Muchos de los amuletos para atraer la buena suerte y alejar las malas vibras vienen en forma de collares, dijes, cadenas y pulseras. Igualmente, algunas piedras a las que el imaginario colectivo le atribuye determinados poderes, suelen prender de nuestras orejas, cuellos o muñecas. No soy muy dada a creer en eso, pero hay que estar atenta, porque «de que vuelan, vuelan».

Un buen accesorio puede darle vida a un atuendo, o por el contrario, si no sabemos seleccionarlo, puede arruinar el mejor de los vestidos y denotar mal gusto. En mi caso, salir sin zarcillos es como andar desnuda. Siento que algo me falta y me resta seguridad.

Ciertamente, tuve mi época de usar varios anillos a la vez, luego largos collares y grandes aretes, así como forrarme con brazaletes, según lo marcara la tendencia, pero ahora, aunque los accesorios llamativos siguen en boga, junto con las uñas kilométricas y las pestañas de cortina, he descubierto que menos es más, o simplemente he aceptado que el presupuesto no me alcanza para esos lujos.
Sin embargo, el brillo de las joyas auténticas o de la bisutería fina nunca sobra. Varios siglos han pasado desde los primeros accesorios utilizados por los seres humanos, elaborados con restos de madera o huesos de animales. En la antigüedad, los ricos y poderosos ostentaban trabajados adornos con materiales y piedras preciosas, detalle que permanece como signo de riqueza. Supongo que así mismo ha ocurrido con los colmillos de los tiburones de las casas de empeño, siempre deslumbrantes y bien afilados.

Solo recordemos que no todo lo que brilla es oro, y con frecuencia habrá alguien por allí que a punta de labia, acertada mercadotecnia y un chispeante copywriting querrá cambiarnos espejos por auténticos tesoros.